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¿Aborto legal para no morir? Una reflexión sobre el discurso pro-aborto en Latinoamérica

¿Aborto legal para no morir? Una reflexión sobre el discurso pro-aborto en Latinoamérica

Adriana T.
FemFutura Adriana Tolteniuk

Hace unos días la Suprema Corte de Justicia de la Nación, ante una iniciativa que salió de la lucha de la Marea Verde en Veracruz, decidió negar la apertura de una puerta legal y jurídica para la despenalización del aborto en el país. El tema del aborto volvió a ser trending topic, y se dieron las típicas confrontaciones cibernéticas (y algunas en vivo) entre manifestantes mal llamados “pro vida”, a quienes nombramos como lo que realmente son: antiderechos; y las feministas de la Marea Verde.

En estas discusiones es muy común que se utilicen consignas y argumentos que satanizan el aborto clandestino para defender el por qué de su legalización. En este artículo quiero reflexionar sobre por qué, quizás, esta puede parecer una buena estrategia política, pero lo que realmente logra es infantilizarnos y borrar el trabajo de las muchas redes de acompañantes que existen en Latinoamérica y que brindan acompañamientos de aborto seguro desde hace años, aunque sea clandestino.

Como feminista que ha abortado en casa con medicamentos y que también acompaña a mujeres que desean abortar, he reflexionado mucho sobre el tema y todas sus aristas. Sin embargo, las reflexiones han sido inspiradas y nutridas por mujeres que llevan mucho más tiempo y reflexiones en esta lucha que yo. 

Mi reflexión consta de dos partes y cada una viene de enseñanzas compartidas por compañeras de dos distintas corrientes feministas: el lesbofeminismo y el feminismo decolonial. Es importante nombrar a las creadoras (si no individuales al menos colectivas) del conocimiento que nos sirve para entender la lucha y posicionarnos, no porque haya una jerarquía que debe respetarse, sino porque la genealogía importa y el conocimiento es situado y hay cuerpos históricos y actuales que lo sostienen y, muchas veces, somos otras quienes gozamos de sus beneficios o recibimos el crédito. 

“Aborto legal para no morir”

Las compañeras lesbofeministas me hicieron cuestionar por primera vez el activismo pro-aborto institucional, que habla del aborto como un problema de salud pública, no de violencia masculina y patriarcal, además, hace mucho énfasis en los peligros del aborto clandestino.

También me hicieron cuestionar por el placer de quién abortamos las mujeres, pero eso da para otro artículo y considero que no es un tema en el que esté tan preparada para abordar al no ser lesbiana.

Ellas me enseñaron consignas donde habían cambiado la frase “en abortos clandestinos quienes mueren son mujeres” a “en abortos inseguros las que mueren son mujeres”. Porque muchas mujeres mueren después de haber acudido a algún tipo de médico o pseudomédico, mayoritariamente hombres, y que en muchos casos son públicamente pro-vida y esto no nos sorprende cuando vemos cuánto cobran por “traicionar a su conciencia”. 

Entonces la clandestinidad es peligrosa, como sucede con otras prácticas que se vuelven peligrosas al ser clandestinas, sólo por el hecho de que la Ley Escrita (herramienta del Padre) así lo dicta, no porque el procedimiento en sí sea peligroso. Esa penalización criminaliza a las mujeres y cobija a los violentadores (en vez de penalizar las malas prácticas médicas o la violencia sexual que se ejerce en pareja, o el fundamentalismo religioso que impide la educación sexual, o los pederastas que embarazan niñas, permite que estos violentadores sean los que quedan impunes). ¡Vaya! ni siquiera entran al debate.

El aborto es un tema de mujeres por excelencia, no se ve como un problema donde un hombre eyaculó en una mujer y cuyas consecuencias pesan prácticamente solo sobre ella. Y claro que también muchas mujeres mueren por intentar hacerlo solas, SIN ACOMPAÑAMIENTO Y SIN INFORMACIÓN, siendo esto, no su decisión e intención de tomar el asunto en sus propias manos, el problema.

La retórica de la clandestinidad (asociada al punitivismo), muestra lo clandestino como sucio y peligroso, no como autónomo y revolucionario. Además, nos sigue colocando en un imaginario gore, de terror, y esa consigna es un suplicio victimista: “por favor Padre Estado, apiádate de nosotras, necesitamos aborto legal para no morir”. Esencialmente es una validación de que nuestros cuerpos estén literalmente en sus manos. Si se sataniza el aborto clandestino, se glorifica el aborto legal. 

El aborto no es algo que el Estado ni el pueblo nos vaya a dar porque seamos pobres y lo necesitamos, es una deuda que tiene el Estado y el pueblo con las mujeres y no nos tienen que dar nada, únicamente deben permitirnos comunicarnos entre nosotras y tomar nuestras propias decisiones, sin usar todos los aparatos de violencia en nuestra contra desde distintos frentes de manera constante.

Los abortos inseguros son el problema, no por clandestinos sino por inseguros. El problema no es hacerlos solas, el problema no es la falta de médicO. El problema es no tener un aparato crítico sobre estos temas, el problema es desconfiar de nosotras mismas, tener miedo, no poder hablar del tema por la penalización social además de la legal.

El problema es la culpa que traemos interiorizada y el miedo que sentimos tan solo por pensar en tomar una decisión sobre nuestro cuerpo por razones “egoístas”, porque se nos ha prohibido ser egoístas mientras que a los hombres se les perdona hasta la violación y el asesinato.

No es regulación, ni “legalización” lo que se busca, es despenalización, libre flujo de la información, medicamento subsidiado y disponible en cualquier clínica, sin filtros ni obstaculizaciones. 

Defender el territorio y defender el cuerpo

Las feministas decoloniales a su vez me hicieron cuestionar por qué las feministas blancas solo hablan del derecho al aborto y no el derecho a la autonomía reproductiva en general, lo cuál puede incluir el oponerse a una esterilización forzada e incluso negarse a los anticonceptivos hormonales, defender la medicina y herbolaria tradicional, la lengua que por algo se llama materna, el territorio y todo un abanico de resistencias sobre la vida que el patriarcado colonial capitalista nos arrebata y ha arrebatado.

Específicamente, las mujeres originarias de Abya Yala, las mujeres africanas y afrodescendientes, las mujeres asiáticas, mujeres presas de todo el mundo, mujeres encerradas en instituciones psiquiátricas y a mujeres pobres en general, han sido sujetas de experimentos médicos brutales por parte de hombres e instituciones patriarcales y coloniales alrededor del mundo para que podamos tener anticonceptivos (sí, nosotras debemos tomarlos aunque los hombres sean fértiles todos los días y nosotras sólo unos días al mes).

La violencia obstétrica no es nada nuevo sino medular en la medicina patriarcal y la atraviesan atisbos históricos, geográficos, de raza y de clase. En resumen, me enseñaron que no sólo se trata de rebelarte en contra de lo que el patrón o el patriarca te prohíbe, sino de una emancipación completa a nivel cuerpo, pueblo y territorio, con todas las vidas que estos contienen. 

En este sentido, la lucha por el aborto tiene menos que ver con un proyecto emancipatorio de corte invidualista para las mujeres donde se reproducen las aspiraciones masculinas y capitalistas, y más que ver con una reapropiación del cuerpo y los procesos reproductivos de las mujeres como casta sexual.

Por ejemplo, el movimiento de la defensa de la partería que está más activo que nunca en la cultura occidental, que es justo donde se origina la hipermedicalización del parto. Y son las feministas decoloniales quienes nos enseñan que la lucha contra el patriarcado no es de cien años atrás, sino de muchos más, y por lo tanto las mujeres siempre hemos abortado, basta hablar en un espacio seguro con las abuelas.

Fueron principalmente mujeres indígenas y afrodescendientes quienes abortaron a los productos de violación colonialista en tiempos de esclavitud.

Unir la lucha por el aborto con la defensa por el parto humanizado, la crianza con apego y crianza comunitaria con los ideales de la economía feminista y la lucha antiracista, equivale a un giro eco-feminista emancipatorio donde se parte de que las mujeres en sí sostenemos la vida y contenemos entre nosotras la información y las herramientas para su (auto)gestión. 

Las intersecciones entre extractivismo, penalización del aborto, feminicidio, capitalismo, colonialismo, despojo, esterilización forzada, vientres de alquiler, control e hipermedicalización del nacimiento, dolores en el ciclo menstrual, alteraciones menstruales en las mujeres, violencia obstétrica, hipersexualización de las mujeres, extinción de la biodiversidad, racismo, y otros fenómenos, son mucho más estrechas de lo que parece.

Siempre se nos presentan como problemas aislados o desvinculados de sus verdaderos agentes cuando es que no son invisibilizados o negados por completo. Todos esos elementos están relacionados al control de la fuerza reproductiva que pertenece a la naturaleza y a las mujeres, tienen que ver con su saqueo, su prostitución, su tergiversación, su apropiación. Tiene que ver con la avaricia, la envidia y el rencor, todos estos fundados en un profundo miedo.

Es ese miedo que el Patriarcado se encarga de transmitirnos; quienes sostienen este saqueo son quienes nos infundan la culpa. A nivel micro, es tu pareja hombre que espera que le des hijos, comida, cuidados y satisfacción sexual y te violenta para controlarte. A nivel macro, son los comerciales y las telenovelas y las revistas y las personas ricas y “bellas” que constantemente te bombardean con mensajes de aspiracionismo e indirectas sutiles o simbólicas de que tú no vales nada. Es la maquinaria de todo lo que nos separa, anula, fragmenta, nos quita nuestro poder y libertad.

Las aborteras autónomas no estamos en contra de que las clínicas de salud pública ofrezcan el servicio, ni mucho menos, sólo queremos que el enfoque sea despenalizar facilitando el flujo de la información y dejando de estigmatizar y de negarnos nuestro autoconocimiento. Queremos cambiar el discurso en torno al aborto clandestino desde la raíz, no sólo buscamos medidas regulatorias. 

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