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Acerca del otro encierro desde el encierro pandémico

Una cuestión detonó la reflexión presente: ¿cuántas de nosotras todavía apelamos inconscientemente a un pensador si, verbigracia, queremos consultar algún concepto?, en otras palabras, ¿somos referenciadas en la misma medida que los hombres?

Quienes hemos decidido adentrarnos a los feminismos —sobre todo las principiantes, a quienes va dirigido el texto principalmente— y llevar los postulados a la praxis advertimos el problema central de nuestro bagaje intelectual sobrecargado de nombres masculinos, los cuales fueron impuestos a partir de nuestra socialización académica inicial.

La percepción de tal encierro epistémico no voluntario, que por largos años nos ha forzado a cohabitar con lógicas patriarcales, lejos de provocarnos culpa, debe erigirse como un parteaguas de la confrontación aunada a la innovación. 

Las limitantes y posibilidades

A manera de analogía, conviene traer a colación la relación que Yásnaya Aguilar, lingüista mixe, establece entre la conformación del Estado-Nación y la disminución de hablantes indígenas1, puesto que la conformación de la identidad nacional homogeneizadora no solo ha traído consigo protagonismo para el monolingüismo, sino también para la exaltación de la figura masculina.

Por ejemplo, en el libro de texto de Historia de la SEP, destinado al ciclo escolar 2019-2020 de sexto grado de primaria (que por lo demás cuenta con seis autores de los cuales únicamente dos son mujeres), se puede observar que el apartado que versa sobre el humanismo inicia con Leonardo Da Vinci pasando por Sanzio hasta Galileo Galilei, omitiendo entonces nombres como Sofonisba Anguissola, Artemisia Gentileschi o cualquier otro femenino.

El sistema educativo entorpece la difusión equitativa de los nombres clave de la producción científico-artística, reproduce dicho proceso impositivo desde los primeros años del educandx, lxs abandona, generacionalmente, a la normalización del protagonismo varonil o una suerte de resignación, como es posible comprobar a través de fragmentos testimoniales que recolecté, concernientes a la interrogante “¿cómo explicas que se mencione poco o nada a las mujeres en los libros de texto de Historia?”:

Entrevistada 1, 21 años: “(…) la historia se me enseñó así  y dije ‘bueno, así es, así tiene que ser’, o sea, tenía muy internalizado el hecho de que los hombres siempre fueran protagonistas”.

Entrevistada 2, 40 años: “Creía que los hombres eran de mayor importancia que yo”.

Entrevistado 3, 10 años: “No sé”.

Este límite además comunica que la perspectiva de género que yace en el discurso político permanece en un plano demagógico, pese a que hace cinco años el comunicado 095 de la Secretaría de Educación compartía su Proyecto para la Incorporación de la Perspectiva de Género en Escuelas Secundarias. Cabe apuntar al papel de lxs progenitorxs o tutorxs del niñx o adolescente cual acto potencial de resistencia ante la incompetencia estatal cuando lxs primerxs  suscriben al feminismo o nuevas masculinidades:

Entrevistado 4, 11 años (su mamá es militante feminista): “Porque… no sé, ¿por machismo? Porque en esas épocas no se les podía reconocer a las mujeres por ese tipo de cosas”.

Por otro lado, el Acuerdo Educativo Nacional de la 4T, según Esteban Moctezuma, contempla implementar al ciclo 2021-2022 un tipo de pedagogía que integre perspectiva de género, aunque apostar al oficialismo tampoco es la opción, pues considerando la ineficacia de sexenios anteriores —no de lxs autorxs de materiales textuales y modelos educativos en general, quienes seguramente solo acatan los protocolos oficialistas/memoristas, vacíos de espíritu crítico, de la SEP—  sería fundamental diseñar planes alternativos, nacidos de las organizaciones civiles, que localicen puntos de protesta y presentación de propuestas que beneficien los tres primeros niveles educativos, sin olvidar la adecuación de currículos, metodologías, etcétera a los distintos rangos de edades.

Todavía más, se debe poner en tela de juicio la pertinencia y autoridad de la misma Secretaría dentro del contexto de alta violencia simbólica/física que nos persigue nacionalmente. 

Ahora bien, dejando de lado los niveles básico, medio y medio superior, al analizar los variados proyectos independientes surgidos de la autonomía estudiantil de universitarixs volvemos a corroborar que es mediante la sociedad civil y su horizontalidad tácita donde la resistencia despliega su potencialidad: Resistencias Feministas de la Escuela Nacional de Antropología e Historia, que organizan ciclos de lectura de autoras, las sesiones de Nuevas Masculinidades convocadas por alumnos de la UNAM, Voces Femeninas, asociación que da voz a escritoras contemporáneas de Tapachula, Chiapas o Colectiva Perlas Sororas, así también tapachulteca, que gestiona talleres impartidos por especialistas, por citar algunas iniciativas.

Evidentemente, todavía existen obstáculos inclusive en la supuesta autonomía de los recintos universitarios, basta analizar el sostenimiento del canon de las disciplinas sociales/humanísticas o de índole distinta a fin de concluir que las bases de nuestros logos provienen de racionalidades masculinas, pero, insisto, la salida estriba en repensarnos tomando cual punto de partida la capacidad de asombro, la duda que implica revelación, al estilo de Rosario Castellanos:

La revelación

Lo supe de repente:

hay otro.

Y desde entonces duermo solo a medias

y ya casi no como.

No es posible vivir

con ese rostro

que es el mío verdadero

y que aún no conozco.

En este caso existe esa otra, esas otras despojadas a manos de un Occidente del ocultamiento, por lo tanto, de la indignación compartida han de brotar labores arduas de rescate y difusión por parte de medios no oficiales, cosechados desde la otredad periférica que reclama su espacio merecido en la formalidad sistémica. 

Como último punto, resulta vital puntualizar que no hemos de perder de vista la decolonialidad al momento de explorar las aportaciones académico-artísticas de nuestras hermanas en sororidad, lo cual no significa incurrir en una especie de revictimización intelectual, puesto que las reminiscencias colonialistas son involuntarias, devienen producto de una tradición histórica en que la participación de la mujer era nula o ínfima.

De modo que las primeras mujeres con el privilegio del arte y la educación se formaron mediante andamiajes masculinos eurocéntricos, haciendo imposible alguna transmisión oral y escrita que compitiera con la patriarcal. Siguiendo el ya enunciado reconocimiento de los estragos racistas, clasistas y neoliberales, se posibilitan los puentes hacia la vuelta a y elaboración de contraconocimientos, aquellos esbozados desde la interseccionalidad y el ecofeminismo.

Notas

  1. Idea desarrollada en su texto Hablar como acto de resistencia, incluido en la compilación Lo lingüístico es político.
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