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Bailando mis heridas: la historia de mi cuerpa

Creo que la mejor forma de expresar lo que ha sido mi exploración a través de la danza es contando mi historia, ya que cada vez que reviso la historia de mi vida, cobra más sentido lo que hago ahora. Eso sí, advierto que esta historia no es de hadas ni finales felices, tutús ni mucho menos: es una historia real y sé que seguramente muchxs de nosotrxs nos sentiremos identificadxs.

Desde siempre amé bailar, pero no tuve las agallas de hacerlo plenamente hasta hace cuatro años donde decidí dedicarme de lleno a eso que llamamos danza. Dice mi madre que cuando era niña amaba esta disciplina y que incluso una vez que fuimos a ver un ballet folklórico en Chiapas yo me subí al escenario a bailar como si nada. También me dice que cuando iba en el kinder yo bailaba y que me gustaba girar mucho. Creo que desde siempre relacioné a la danza con un proceso mágico que te ayudaba a conectar con algo más.

Fue hasta unos años después que mis papás tenían entre sus enciclopedias y libros una publicación llamada Mis primeros conocimientos, donde leí la historia de la bailarina Anna Pavlova y decidí entonces que quería ser bailarina de ballet. Mi mamá y mi abuela fueron en su momento bailarinas de danza folklórica y contemporánea por lo tanto me apoyaron.

Entré a clases de ballet en la academia en donde mis papás me metieron a tocar el piano. Amaba tocar este instrumento, aunque me sentía muy presionada ya que mi maestro era muy estricto. A pesar de esto el piano me ayudó a tener un oído musical que hasta estos días me ayuda en la danza.

Cuando iba a ballet me sentía muy contenta, no obstante para los estándares de esta disciplina yo era una niña chaparra y gordita (sigo siéndolo)…de hecho en la primaria me molestaban mucho por mi peso, porque tenía lentes o porque “sabía mucho”. Creo que esas fueron mis primeras lecciones del mundo en el que si no eres “normal” te puedes enfrentar a mucha crueldad, incluida la de otros niñxs.

Aprendí muy a la mala a estar conmigo y me refugié en un mundo muy fantasioso en donde todo era posible para tratar de lidiar con lo que vivía (aún creo en lo fantasioso y lo llamo espiritualidad). A pesar de que tenía mucho amor de parte de mi familia paterna -en especial de mi abuela y mi abuelo-, trataba de cumplir mi sueño de bailar pero no me sentía incluida. De alguna forma mi cuerpa fue motivo de que la maestra me colocara detrás de las niñas altas, las blancas, las delgadas y por más que me esforzaba no llegaba a ningún lado… decidí que el ballet no me estaba dando lo que quería por lo tanto dejé de bailar.

Dibujo: Julenne

Fue en ese periodo donde mi abuelo paterno falleció. A él le debo muchas cosas en especial mi amor por la lectura; hasta el día de hoy siento un vacío muy fuerte ya que era un padre para mi. Mi abuela, tras la muerte de mi abuelo nunca se recuperó, perdió mucha de su luz y su vida se fue con él. Cuando le cuento a mi abuela que aún sigo bailando ella se pone muy contenta y me cuenta la historia de cómo formó parte de un cuerpo de baile llamado el Ballet Bonampak e hicieron una presentación en Bellas Artes hace más de 50 años. La historia se distorsiona cuando me contó que tras casarse con mi abuelo ella dejó de hacer todo lo que amaba, incluso bailar. Ahora que entiendo un poco el feminismo comprendo que mi abuelo fue un macho y mi abuela perdió casi completamente su identidad al estar con él. A veces me pregunto qué hubiera pasado si mi abuela hubiera seguido bailando.

Dejé mucho tiempo la danza, pero cuando entré a la adolescencia empecé a retomar el baile a mi manera…estaba preocupada porque los hombres me hicieran caso y empecé a hacer unas rutinas de ejercicio para bajar de peso y tuvieron su efecto; todo el mundo me decía que “qué delgaba estaba”. Aquí aprendí sobre la crueldad de no aceptar tu cuerpa y ser aceptada socialmente por ello.

No fue mucho tiempo después que dejé mi vida en Chiapas y me mudé a la CDMX junto con mis papás, desafortunadamente su matrimonio se estaba desbaratando y se divorciaron. Fue una época muy dolorosa para mí. Aunado a esto sufrí bullying en la nueva escuela a la que me habían cambiado y en verdad fue muy difícil adaptarme a la CDMX. Aunque en este momento asistí a clases de Jazz y Tap, no conseguí sentir la pasión y la liberación en la danza, la maestra me recordaba mucho a mi maestra de ballet y quizás por eso no sentí mucha emoción al hacer esas disciplinas.

Yo estaba en plena adolescencia y empecé a rebelarme, a sacar malas calificaciones, a molestar, a hacer chistes como mecanismo de defensa… para que me aceptaran, para que no me sintiera excluida.

Fue aquí donde empecé a vomitar.

Quería ser delgada, quería encajar y tenía la herida del divorcio de mis papás, la muerte de mi abuelo, la mudanza, la crueldad de mis compañeros a lo largo del tiempo… y mi espiritualidad muy dormida porque no encontraba nada que me ayudara a calmar mi dolor.

Mi mamá por suerte trabajaba en un centro de rehabilitación y decidió llevarme para hacerme entender que lo que estaba haciendo me estaba matando… conocí comedores compulsivos, anoréxicos, bulímicos como yo… personas con adicciones que contaban la misma historia una y otra vez: entornos violentos, la sensación de no merecer la vida, el no poder entender por qué tanta crueldad en el mundo, por qué tanto dolor.

Decidí entonces que yo podía rehabilitarme sin necesidad de internamiento y empecé mi largo camino en la terapia. La verdad es que le tengo que agradecer mucho a mi nutrióloga porque me sacó del hoyo en el que estaba, aunque siento decir que ella murió hace poco.

Fui con uno y con otro y otro y otro terapeuta hasta que me cansé; sentí que no necesitaba ya que me recordaran más sobre mis heridas, lo que no había digerido, lo que no había trabajado. Ya no vomitaba pero la herida que quería salir a través de mi vómito seguía ahí.

Foto: Julenne

En ese entonces mi mamá había conocido a mi padrastro y se había casado con él. Empezamos una nueva vida pero honestamente siempre me sentí relegada. En este momento me empecé a refugiar en mis relaciones sentimentales como un escape a mi dolor. Mi primera relación emocional fue con un chico de Chiapas, pero al final nuestra relación resultó tóxica y violenta por lo tanto tuve que volver a ir a terapia para otra vez abrir esa herida que vomitaba en mis relaciones.

Mi mamá, al igual que yo, siempre buscó su camino a través de la espiritualidad y es por ella que empecé a asistir a yoga. Cuando empezamos a hacer yoga puedo recordar que desapareció un poco el malestar y que tuvimos un periodo de gracia como familia reconstruida. Mi maestra era una excelente maestra, se llama Beatriz Guizar, y me ayudó a entender lo importante que es la conexión respiración-mente-cuerpo.

En ese tiempo también recuperé un poco mi autoestima gracias a la Capoeira y al Belly Dance. Estaba muy emocionada por todo lo que mi cuerpa podía lograr y por lo tanto empecé a explotar mi sexualidad. Tuve algunas relaciones y todas parecían repetir la misma historia: no valorarme.

Pasó el tiempo, me fui a vivir a Guadalajara persiguiendo a uno de estos “malos hombres” y conocí las artes. Las artes me llevaron a vivir experiencias muy lindas y extremas, el arte es algo que te lleva a ver la realidad de una forma muy distinta. Me acuerdo que en la facultad también estaban las carreras de teatro y danza. Casi todos los días veía pasar a los alumnos haciendo sus ejercicios y yo con mi tabaco en mano. Nunca me cuestioné si quería bailar ya que recordaba mi experiencia en el ballet y con las artes tenía suficiente. Fue un momento de mucha exploración y libertad en el caballete, en el cuarto oscuro, en todas las formas.

Me rendí a la fiesta, a los compañeros, al tabaco, al alcohol y a los ligues de las pedas.

Estaba en una de mis tantas fiestas y me agradó un chico, resulta que también le había agradado a una amiga y empezamos a pelear por su atención. El chico se fue conmigo y me llevó a la casa de un amigo suyo… estábamos en la sala desnudos y él no tenía un condón, le dije que mejor ahí le paráramos… él no me escuchó y abusó de mí.

Lo que ha pasado desde ese momento ha sido una espiral en la que a veces estoy bien o mal. Tuve después mejores relaciones pero tristemente ya no podía disfrutar de mi sexualidad. Me ha costado, hasta el día de hoy, poder tener sexo con tranquilidad. Aquí empezaron mis ansiedades y mis pensamientos obsesivos que hasta el día de hoy trabajo en ellos.

En una búsqueda desesperada por salir del hoyo encontré el budismo y con ello me sumergí a un mundo mágico que al igual que el arte me ha llevado a experimentar muchas luces y muchas sombras… pude explorar mi mente de muchas formas, conocí también el yoga como una disciplina que une mente y cuerpa y esto me llevó incluso a vivir en Tailandia.

Pero siempre ha habido esta herida primigenia que se encuentra ahí… fue hasta que conocí a mi maestro Namkhai Norbu Rinpoche y a Tenzin Wangyal Rinpoche cuando empecé a entender lo perfecto que es ser imperfecto… lo perfecto que es tener ansiedad y pensamientos obsesivos y pude conocer gracias a una práctica espiritual llamada La Danza del Vajra lo importante que era mover el cuerpo.

A partir de ese momento decidí que era necesario mover mi cuerpa para mover mis heridas, esto me llevó a estudiar Tribal Bellydance y conocer el poder que tiene la danza sobre la reconexión con lo femenino. Conocí la danza de los gitanos de la India o la Tribu Kalbelia y finalmente conocí la Danza Odissi de mano de mi maestro Soumya Bose.

Foto de Julenne

Es para mí el explorar mi propia sanación la forma que tengo para ayudar a otros y lo que me ha motivado a seguir, a aceptar mi cuerpa y mis oscuridades. Esto me llevó a estudiar Danzaterapia, disciplina en la que me sigo formando.

No sé si algún día exista una cura ante el sufrimiento inherente al humano, pero quiero creer que la danza es la medicina para ello. La danza no te juzga, la danza se vive, para la danza no se es gorda, flaca, fea o bonita, la danza baila lo que tu desees abordar: la tristeza, el dolor, la felicidad, todo es válido. Por eso siempre he dicho que el arte es una gran vía de transformación.

Deseo que dentro de nuestras danzas encontremos la perfección del simplemente ser y que cuando estemos en la herida entendamos que es perfecta tal y como es… como dice Tenzin Wangyal Rinpoche: “somos buenas personas en malas situaciones”.

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