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Caminar libre y segura: lo que aprendí en las calles de Alemania

Estuve de curiosa plagiando mis textos viejos, tareas de preparatoria, clases de filosofía donde siempre sacaba diez, la nota más alta en México. Son terribles, la redacción es mediocre y los pensamientos revueltos, no hay introducción ni desarrollo de ideas en esos miserables ensayos. Se lee a una adolescente confundida que desde sus 15 años quería salir a explorar el mundo para encontrarse. Puede ser la trama principal de la historia de cualquier adolescente hasta que “sienta cabeza”, encuentra un trabajo decente, se casa y forma una familia. A la larga uno cree que ya sabe quién es.

En mi caso fue todo al revés. No he terminado una carrera y es lo que más vergüenza me da, no lo puedo superar, no seré alguien hasta obtener un título universitario. Continué con mi propia búsqueda, pues me creí el cuento de la libertad existente. Hubo muchos daños, la mayoría ya superados. Ahora me leo como una mujer madura y amargada por la vida. Ya he conquistado varios países y voy por más. Tengo 26 y grandes ambiciones.

En mi infancia deseé haber sido un hombre, parecía la mejor opción, ellos podían hacer lo que fuera, no estaban tan limitados. ¿Por qué yo no puedo? Estaba mal visto, no era de señoritas o era cosa de hombres. Sí, soy una mujer y no me enorgullecía, al contrario, detestaba haber nacido niña. Las puertas se nos cerraban más rápido y el maldito uniforme de la secundaria era un infierno cuando estaba en mis días.

Fue hasta mi adolescencia que pude ser, según yo, libre. Al entrar a la Nacional Preparatoria Tres el mundo se me abrió de golpe. Disfruté mucho aquella etapa de mi vida, sin tanta amargura. Durante mis años de universitaria adquirí las peores experiencias necesarias que me llevaron a buscarme de nuevo y prepararme para la aventura, hasta ahora (y después del matrimonio), más extrema: mudarme a otro país.

Vivo en el país de los castillos, las casitas de muñecas, los relojes cucú y las cervezas. Suena muy bonito hasta que uno llega aquí y descubre que es más bien el país donde la gente, en invierno, te saluda malhumorada con un “moien” bien forzado. Así es la vida con mi amante Alemania, madre del amor de mi vida.

Foto de la autora

Me casé a los veintidós por amor y para matar la distancia. Considero que la virginidad y la maternidad están sobrevaloradas, una se pierde, la otra se elige y ese es el drama de mis días como mujer casada porque a todos se les antoja bebé menos al marido y a mí. El instinto maternal es un invento; y si no, en mí nunca se desarrolló. Estar en un matrimonio internacional no es fácil, lo escucho y leo por todos lados: los choques culturales, la integración, la adaptación, el idioma. Cuando escuchaba el “choque cultural” pensaba en comer pan en vez de tortillas y se me hacía fácil.

La forma en que fuimos educados nos ha ayudado para integrarnos, pues ni yo tuve una educación machista ni él creció con esa mentalidad; al contrario, para él las mujeres representan libertad, son seres fuertes capaces de tomar sus propias decisiones y de enfrentar este mundo con carácter. Sin embargo, nunca me había detenido a pensar en cuáles son en realidad las diferencias entre nuestras culturas. Con frecuencia olvido que mi marido es la persona más sensible que conozco, no debo estar a la ofensiva; aunque no termino de asimilarlo, no es un macho mexicano.

¿Imaginaron alguna vez un paraíso donde exista la libertad? Me refiero a la libertad de verdad y no a tener que cuidarse las espaldas de que alguien te siga en pleno día porque por el calor y por error se te ocurrió ponerte una blusa tan escotada que te sientes avergonzada y tienes que comprar una bufanda para disimular la tenue línea del comienzo de tus senos porque ya estás harta de las miradas morbosas y las groserías que te dirigen hombres asquerosos en la calle. Esa no es libertad, eso es lo que nos han hecho creer. Si te bajas un poquito la falda o vas de la mano de un hombre, estás segura.

La libertad de caminar sin acoso

Los famosos choques culturales en mi aventura por este lado llegaron más adelante. Mi primer verano fue el más fuerte, y no lo digo por los treinta y tantos grados que me agarraron desprevenida, sino porque al fin conocí el verdadero significado de esa libertad que tanto buscaba. Apenas salía el sol, guardé las chamarras de invierno y un día salí a la calle sin pensar, me vestí normal: pantalón de mezclilla, playera y converse. Para mi sorpresa, todas las personas caminaban despreocupadas y medio desnudas por la calle, me sentí fuera de lugar. Estuve sentada en un parque observando el espectáculo que tenía frente a mí, las mujeres caminaban en minifalda o mini vestidos, algunas descalzas y otras más en traje de baño. Nadie se inmutaba, los hombres no las miraban, ellas no se avergonzaban, nadie decía nada. Sonreí tras comprender lo que acontecía y corrí a la tienda más cercana a comprobar mi teoría. Compré un vestido hermoso y tan corto que se me veían las anginas. Salí a caminar bajo el sol que tanto había extrañado. Nada. Silencio. No lo podía creer.

Por primera vez me sentía libre, se me abrió un mundo lleno de posibilidades y escenarios que ya había dado por perdidos. Si bien crecí en una familia donde los roles de mis padres estaban parcialmente cambiados, nadie me enseñó a abrir el hocico y dar mi opinión, decir “no”, reír fuerte y tener conciencia de mi existencia en esta vida como mujer. Es triste admitir que tuve que aprender por mi propia cuenta en un lugar lejano y en la soledad. Mi esposo exigía saber mi opinión, no le era suficiente con que asintiera todo el tiempo. “Estás en Europa”, me dijo una vez, “aquí las mujeres siempre tienen razón”. Ahora ya nadie me puede callar. Descubrí una realidad fascinante en la que salgo sola sin miedo a regresar violada o medio muerta.

Foto de la autora

Comenzó a desarrollarse un orgullo dentro de mi larguirucho cuerpo que apenas lo podía creer. Quiero compartir una experiencia que tuve en mi clase de alemán, donde había hombres sirios y la minoría eran mujeres europeas, Polonia, República Checa, Países Bajos, Rusia y su servidora, la mexicana. En algún punto se tocó el tema de la lectura. “Las mujeres no leen libros, a menos que sean recetarios de cocina…” dijo uno de ellos, “no sirven para nada, no deberían leer ni el periódico”, continuó con su discurso. Más tardó él en mal conjugar los verbos alemanes, que mis compañeras en matarlo con la mirada y comenzó una discusión que la profesora ya no pudo controlar. Las mujeres a mi lado, atónitas, se exaltaron tanto por aquel comentario que me sentí bien de ser parte de ellas porque se defendieron, dijeron lo que pensaban.

Esa es la otra cara de vivir aquí; sí, soy mujer y por fin me enorgullece serlo, pero también soy mexicana y estoy en un lugar donde el color de mi cabello y ojos delata que no pertenezco aquí. ¿Ha sido difícil sobrevivir como mexicana en este país tan lejano a mi hogar? No, al contrario, cada que puedo presumo mi lugar de origen y las reacciones de quienes se enteran son de sorpresa, la gente se alegra y me hacen preguntas sobre nuestra comida, costumbres y hasta desempolvan su español para decirme alguna palabra.

A pesar de no ser originaria de este hermoso país, las personas bonitas que he conocido me han hecho sentir como en casa, hasta me atrevo a decir que tengo amigos quienes me han dado una bienvenida bien calurosa al estilo alemán, porque me enseñan todos los días algo nuevo y valoran el esfuerzo de aprender su idioma y adaptarse a su cultura lo más que se puede. Con esto no quiero decir que me he vuelto por completo alemana, sino que por fin esa adolescente rebelde se encontró a través de la distancia, la nostalgia, la melancolía y la vida en Alemania.

Quise ser guitarrista en una banda y lo fui, a mi modo, pero sí. Quise estudiar literatura inglesa y lo hice, aunque no he terminado. Quería aprender alemán, ahora lo “domino” o al menos mis conocimientos en el idioma me dieron un puesto de trabajo bien chingón con oficina y cafecito que me paga los viajes, los cuales también quería hacer. Soy una mujer mexicana, una maldita soberbia que consigue lo que quiere a como dé lugar, no importa cómo ni cuándo: si lo quiero, va a pasar.

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