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Cinco haikus de maíz

Hace un par de años decidí escribir una pequeña historia acerca de la zona pedregosa que inunda las ruinas de la antigua pirámide de Cuicuilco, que es uno de mis lugares favoritos al sur de la Ciudad de México. La añeja presencia de la lava del Xitle, distensa en la dureza que ha cultivado al pasar de los siglos, no ha impedido que el verdor resplandezca entre lo que, rumorean los geólogos y algunos botánicos, es la tierra más fértil para engendrar la vida; justo ahí crece y abunda el tepozán, árbol endémico del Valle de México.

A pesar del caos periférico que acorrala la más álgida nostalgia por nuestro desconocido pasado, autóctono y retraído, el paisaje cuicuilca florece en la vigencia de un axis mundi sagrado, no solo por la belleza de su calendario astronómico tendido al horizonte, sino también por la arquitectónica ofrenda que ha dejado la más devota espiritualidad, tanto como el colérico rugir de la tierra a la que pertenece.

Las imágenes que vienen a mi cabeza luego recordar la catástrofe que dejó a
los habitantes de estas empolvadas piedras la monstruosa explosión del volcán ahora inactivo, favorecen, triste y afortunadamente, la postura del tepozán como el árbol más fuerte de la Ciudad.

Plantita que crece en los rincones y los escombros, paredes macizas, jardineras o entre la misma sequedad de la lava volcánica, emerge ella ante mis ojos como un símbolo inequívoco de la esperanza: del áspero rigor de cualquier oscuridad enraíza su verdor, que de su brillo hecho de ojos de agua, nutre los alientos y hace al viento más transparente.

Fue bajo la forma de cinco haikus como quise imaginar esta historia que
habla de nosotros, cuerpos basálticos con alma de tepozán, que somos los
renegados hijos del maíz y afortunados, habitamos en el ombligo de la luna.

A Ricardo Alí

I
Muere la luz
de tanto ver al sol,
no hay destello

II
un tepozán
en el valle volcánico,
triste guarida

III
reina silencio
en sendero perdido,
brota rocío

IV
bajo la luna
nace una luz verde,
maíz dorado

V
una jacaranda
desamarra su pelo,
llueve morado

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