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Crazy (Ex) Singer

Crazy (Ex) Singer

Adela Herrera P.
Crazy ExGirlfriend

(O la historia completa de por qué no hice carrera en canto aunque sí quería y qué relación tiene todo ese rollo con una de mis series favoritas de toda la vida).

Hay varias o muchas personas que me han preguntado por qué no estudié música o por qué no soy cantante profesional si me gusta tanto y lo hago tan bien aunque no tenga preparación musical, y la verdad es que hay varias razones por las que no es así. Y sí, es una deuda que tengo conmigo misma pero que he intentado subsanar en años recientes.

Desde niña me imaginaba en un escenario cantando. Hacía mis shows como Selena Quintanilla y bailaba todas las canciones armada con mi traje de brillitos. En mi escenario yo era feliz. Después, cuando empecé a cantar en el coro de la primaria, descubrí que me gustaba un chingo, y durante muchos años no lo consideré como algo para dedicarme sino solo un hobbie. Mi meta principal era y es ser escritora, pero nunca pensé que hacer las dos cosas al mismo tiempo era siquiera posible.

Cuando en la adolescencia realmente medité en la idea de que podía cantar en público sucedieron dos situaciones, separadas por dos o tres años entre sí.

La primera fue que participé en un concurso de canto en la secundaria, sintiéndome más chingona que los demás porque yo sí había tenido clases de canto antes…  Y resultó que ganó otra morrita que era mi compañera, a la que alabaron por cantar una canción en español y de música regional mexicana (yo canté “You’ll be in my heart”, de Phil Collins).

Sin embargo y unos días después del dichoso concurso, en una clase se les ocurrió que cantáramos una canción todas las que habíamos participado y mi ya de por sí lastimado ego terminó por hacerse añicos: a mis compañeras se les ocurrió dejarme cantar una parte de la canción sola y desafiné de puros nervios.

Probablemente mis compañerxs de clase ni lo notaron o fingieron demencia, pero si de por sí ya tenía pánico escénico y era muy consciente de mi cuerpo (tenía doce, era comprensible), eso acabó por dinamitar mis deseos de cantar en público durante toda la secundaria.

Lo segundo fue que, en la preparatoria, me enrolé con un vato que era músico y pues aunque yo era muy supportive con él, él no lo era mucho conmigo. Tuve ese problema durante buena parte de mi juventud y early twenties: la tendencia a salir con vatos que necesitaban un chingo de encouraging, una cheerleader que les ayudaba con sus metas y creía en ellos… Pero yo, la porrista estrella, nunca era ni apoyada ni tomada en cuenta. Era como una especie de manager sin paga ni prestaciones ni nada.

En esa época, el vato en cuestión, pese a que tenía sus pros (la mayoría del tiempo me trató bien y nunca me faltó al respeto o fue violento conmigo físicamente), tenía varios contras y uno de los más grandes era que quería que yo fuera su cheerleader 24/7.

No puedo culparlo enteramente porque al parecer, consciente o inconscientemente, quería repetir el mismo patrón de sus padres: el wey músico, la mamá cuida a los hijos y apoya al marido en todo, aunque eso signifique vivir en algo muy cercano a la precariedad y lidiar con las adicciones de un músico muy talentoso, pero muy poco propenso a tener un trabajo fijo por continuar “la vida bohemia”.

Varios años después, me di cuenta que esa relación no estaba yendo a ningún lado, esto se debió principalmente porque me había construido metas muy diferentes a ser solo la cheerleader/manager sin paga que él quería o esperaba que fuera.

Estaba en mi segundo año de universidad, haciendo amigos y contactos diversos y escribiendo mis primeros textos, además de que leía muchísimo y en general la vida escolar me mantenía ocupada la mayor parte del tiempo. Ya no tenía oportunidad de ir a vitorear por las canciones que hubiera sacado, por el nuevo gig que le hubiera salido en un bar o por cualquier otra cosa que tuviera que ver con su profesión.

Nunca tuve claro qué quería conseguir él con todo ello más que lo que quieren todos: ser famosos y firmar contrato con alguna discográfica para grabar un álbum. El pedo es que no veía que se moviera mucho para conseguir un record deal, sino como que esperaba que le cayera del cielo. Quienes estamos dentro del mundo artístico en general, sabemos que las cosas no se dan por sí solas, sino que hay que trabajarle un chingo para llegar hasta donde unx quiere estar. 

Antes de que yo entrara a la universidad, brevemente sugerí ayudarle con algunas canciones y hacer los coros aunque mi conocimiento era limitado en ese momento.

Hasta recuerdo haberle regalado algunas canciones que según yo había compuesto, sintiéndome la gran Linda Perry o alguien de ese estilo (temo decir que seguro eran muy malas, pero algo de valor tendrían).

La respuesta siempre fue el avionazo, pese a que recuerdo que sus hermanas le decían que yo cantaba bien, que por qué no me daba chance. Igual no quería tener a la novia ahí cuando tuviera sus conciertos o lo que fuera. Cuando crecí entendí que no solo era que no quisiera que me inmiscuyera en su vida de músico, simplemente no quería que alguien le quitara el spotlight y menos que esa persona fuera yo.

Para cuando por fin me armé de valor para terminar esa relación, pensé que el daño ya estaba hecho. Había escogido otra carrera y a esas alturas ya no podía cambiarme de Letras, y la posibilidad de estudiar dos carreras era imposible, no solo por el tiempo sino por lo monetario.

Ya me costaba sacar adelante una, ya no digamos dos. La vida de un músico es muy difícil, yo lo sabía perfectamente, y requiere mucha dedicación y paciencia. Por si fuera poco, no sabía tocar ningún instrumento y nunca había tenido enseñanza profesional, ¿cómo chingados me iban a aceptar en una carrera que exigía mínimo el solfeo y conocimientos básicos? Lo dejé ir con todo el dolor de mi corazón y me resigné a la idea de que mi vida estaba en el mundo literario.

Pero no dejé de cantar y mucho menos de practicar mínimo una vez a la semana. Aprenderme canciones enteras de principio a fin, ensayar con el karaoke y en algunas que así lo requerían, aprenderme la coreografía básica (sobre todo si eran de teatro musical). Después de haber visto Glee, tenía la aspiración de ser parte de un coro y cantar canciones chidas con un montón de compañeros.

Ese sueño no se cumplió sino hasta hace un año. Nunca dejé de buscar pero fue hasta el 2019 y después de haber pasado por un proceso terapéutico que me ayudó muchísimo y con el que pude volver a enfocarme en las metas que había olvidado.

***

Para cuando llegó el momento en que pude pararme en un escenario de manera semi-profesional, había dejado la docencia de manera definitiva tras haber pasado casi seis años en ello y sobrevivía de mis ahorros.

Pasé casi ocho meses de ese último año siendo maestra con insomnio y cuando lo dejé, me di cuenta que tenía burnout, ataques de ansiedad casi diarios, síntomas de depresión, agorafobia y pensamientos suicidas.

Pero sobre todo, me sentía física y mentalmente exhausta. Salí adelante con mucho esfuerzo y una de las primeras consignas en la terapia fue justo volver a hacer las cosas que me gustaban, las que me hacían feliz. Volver a redescubrir una vida donde no todo era trabajo y exámenes, calificaciones, planeaciones y cuentas qué pagar. Mi vida era mucho más que eso y la música y el canto me ayudaron muchísimo a volver a encaminarme.

No recuerdo si fue en esta parte de mi recovery cuando empecé a ver Crazy Ex Girlfriend. Probablemente sí o al menos, comencé a verla cuando llevaba unos meses en terapia porque recuerdo haberle preguntado a mi psicóloga por ella.

Mi reticencia a ciertos aspectos del personaje me los reviró diciendo: “Pero ella tuvo la valentía de perseguir su sueño, por muy loco que fuera. Se atrevió a dejar lo que no la hacía feliz.” Entonces me di cuenta que ella tenía razón y fue justo por esa época en que me hice de todos los ovarios que tenía para renunciar a mi trabajo de maestra, a pesar de lo aterrorizada que me sentía.

Al final prevaleció más mi deseo de mejorar que mis preguntas sobre cómo haría para pagar la renta, los servicios, la comida de la gata y un largo etcétera. Esa fue una de las primeras lecciones que aprendí con esa serie y después de esa vendrían muchísimas más.

Crazy Ex Girlfriend tiene un argumento mucho más complejo que Glee y efectivamente, hablaba sobre una mujer adulta con problemas con los que yo me identificaba muchísimo. Ella misma lo canta en la canción de entrada de la primera temporada: 

I was…

Working hard at a New York job

Making dough but it made me blue

One day I was crying a lot

And so I decided to move to

West Covina, California!

Brand-new pals and new career

It happens to be where Josh lives

But that’s not why I’m here!

Como bien lo dice la canción, Rebecca era una abogada neoyorquina que ganaba mucho dinero en una firma, pero que en una mañana particularmente estresante se reencuentra con Josh, el que fue su primer amor durante un campamento de verano cuando ambos tenían dieciséis años.

Al saber que Josh regresará a su casa en West Covina, California, Rebecca decide abandonar su empleo e irse a West Covina también, pensando en que, como Josh le dijo, es el lugar donde podrá ser feliz y hacer realidad sus sueños… Y pues eso sí/no tiene qué ver con que Josh vive ahí y puede que Rebecca tenga sentimientos por él todavía.

A partir de aquí vienen algunos spoilers, así que si no han visto la serie completa, les invito a verla y a regresar para leer el final de este texto.

Conforme va desarrollándose el personaje y por ende avanzan las temporadas, como espectador uno se da cuenta que Rebecca Bunch es más que una persona “loca” con aspiraciones musicales y con una imaginación extremadamente vívida.

Crazy Ex Girlfriend

A la par que Rebecca fue descubriendo cosas sobre sí misma que no sabía (ejem, su trastorno de personalidad límite) y aprendió a nombrar todo aquello que le pasaba, yo estaba yendo a terapia y aprendiendo a sobrellevar la depresión y el desgaste de tantos años.

Si bien no todas las situaciones son completamente iguales, sí puedo entender hasta cierto punto todos los errores y tropiezos del personaje desde que la serie comienza. Aunque no cambié de trabajo por perseguir a mi ex novio de la preparatoria, sí estuve ligeramente obsesionada con la idea del amor durante un tiempo, y eso se dio tras haber terminado una relación larga y violenta, con maltrato psicológico y sexual de la que tardé mucho en recuperarme.

Así que sí, digamos que me dediqué a perseguir a un vato que me gustaba, aunque después identifiqué que no era el vato en sí lo que me obsesionaba sino la idea de volver a tener una relación romántica y validación de mi persona. Afortunadamente aquello no terminó en boda ni mucho menos; pero contrario al carácter de Josh Chan, el que me gustaba a mí no era para nada amable, ingenuo y carismático, sino un tipo egocéntrico y mamila.

Pese a que después el crush se me pasó al darme cuenta de su verdadera personalidad, las cosas no terminaron muy bien porque, como le pasó a Rebecca, el tipo tenía una horrorosa tendencia a tildarme de loca aunque a mí ya no me interesara románticamente (ni de ninguna manera, si a esas vamos). Selfish men stuff, le llaman.

Desde el primer episodio, Rebecca se veía como una protagonista que yo nunca había visto en una serie: alguien que no tenía un cuerpo perfecto y que se salía de la norma de ser flaca, güera e impecable.

Durante las cuatro temporadas se hizo hincapié en que su tipo de cuerpo no era convencional y no por ello es menos bonito o menos perfecto que el de las demás, sobre todo en la primera temporada donde Rebecca se la pasaba comparándose con Valencia, la novia de Josh y posteriormente mejor amiga de Rebecca.

En ningún momento se juzga o se fiscaliza sobre su cuerpo, ni el de Paula, la mejor amiga y sidekick de Rebecca, que es una mujer de mediana edad casada y con hijos; o el de Heather, quien tiene una visión idealizada e ingenua de su vida y se niega a crecer, cursando la universidad una y otra vez.

Al contrario, el personaje a veces hace varios comentarios (y canciones) que tienen que ver con su cuerpo y los imposibles estándares que la sociedad le exige a las mujeres (“Heavy Boobs” que es uno de mis himnos personales por ejemplo, “You Stupid Bitch”, “The Sexy Getting Ready Song”, “Put Yourself First”, etc.).

Más adelante se explica que la fijación que tiene Rebecca con su peso se debe a la exigencia de su madre para que su hija entre en la norma de lo que ella considera una mujer exitosa: delgada, con un esposo maravilloso y siendo socia de una firma de abogados, carrera que su madre identificó para ella como la ideal.

Y aunque a mí nadie me “obligó” a ser maestra, sí noté que mi familia, sobre todo mis padres, estaban extasiados ante la idea, que ser docente da un cierto prestigio que mi madre y padre utilizaron para presumir mis logros, aún por encima de la publicación de mi primer libro.

Aún a mis treinta, sigo recibiendo comentarios por parte de mi madre sobre mi peso, diciendo que “ya no coma”, que me veo “más rellenita”, que haga dieta para no estar cachetona. Así que sí, en ese aspecto también me identifico muchísimo con Rebecca Bunch.

Ni qué decir que la personalidad del personaje principal está lejos de ser perfecta e infalible, y todos los temas que atraviesa el personaje sobre su salud mental son tratados de manera empática y honesta. La serie me hizo darme cuenta que no estaba sola, me dio un consuelo para lo que padezco y la esperanza de que las cosas pueden mejorar. 

La primera vez que escuché “A Diagnosis”, una de las mejores canciones de la tercera temporada, me sentí completamente identificada y recuerdo haber llorado a moco tendido.

Ese debate interno que uno tiene cuando está mal y recibe ayuda por primera vez, cuando sientes que por fin vas a poder llamar a lo que tienes por un nombre y, aunque sabes que el camino no será fácil, te sientes bien porque pediste ayuda, porque lo que padeces tiene una solución.

Sobre todo, unx se siente menos solx sabiendo que hay otras personas, ficticias o no, que atraviesan por situaciones similares que tienen que ver con lo que pasa en sus cabezas.

A diferencia de Rebecca, yo no he considerado en ningún momento ser compositora de musicales. Entiendo por qué el personaje sigue ese camino, pero en lo personal no me considero tan buena compositora de canciones como de novelas.

En la cuarta y última temporada en específico, Rebecca se enfrenta a la decisión de dejar definitivamente la abogacía al darse cuenta que nunca la hizo feliz realmente y solo tomó esa carrera para complacer a su madre y no a sí misma.

Aunque yo ya había dejado la docencia para cuando vi ese capítulo, igual me hizo sentir validada en mi decisión de no volver a hacer algo que no me gustaba y que no me ayudaba a conseguir mis metas. Rebecca se hizo de Rebetzel’s, su tienda de pretzels, y posteriormente comenzó su camino hacia la composición de obras musicales, con lo que la serie puso fin a su narrativa.

El final sí me hizo ver y darme cuenta que no hay una sola manera de vivir la vida, que una no tiene por qué casarse con una carrera, un trabajo o una situación en específico, y que siempre se pueden probar y hacer cosas nuevas.

Estoy convencida de que podré equilibrar mi deseo de cantar con mi trabajo como escritora y con las otras facetas en mi vida. Honestamente no sé si podré encontrar otra serie musical tan buena como lo es Crazy Ex Girlfriend, que haya cambiado la forma de hacer televisión y sobre todo, mi forma de ver las situaciones y mi propia salud mental.

Lo que sí tengo claro ahora más que nunca, es que los límites me los pongo yo y que depende de mí llegar hasta donde quiera. Y que probablemente lo haga mientras canto alguna canción en mi cabeza.

Ver Comentario (1)
  • Esta colaboración me llevó a Crazy ex girlfriend. Ahora soy súper fan. Me parece ge-nial el humor negro, las canciones y los anti-taboos… Gracias por compartir!

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