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Crecida en selva: Poemas de Estefanía Yetzel Navarro, Pte. 2

LA SÉPTIMA INFANCIA

Nos encontramos en la séptima, a orillas del lodazal; las risas quebrantan el aire, ellos bordan las conversaciones nocturnas de los amantes, de mis abuelos y mis padres, de los que se desnudan a tropezones, juegan a las canicas y se divierten al romper máscara tras máscara de barro.

Vía muerta, día de domingo, intuición le llamarán.

Te dirán que en cualquier momento tu mundillo se quiebra.

Que existe una realidad que no soportamos y tú lo sabrás cuando tengas tus botas puestas y no puedas más con aquella colina, y ya en tu segunda infancia no soportarás el ruido de los semáforos simulando aves selváticas que te cantan no cruces la calle, no cruces la calle, tampoco soportarás la brisa del viento que te desvanece el segundo rostro y te pide te pongas el tercero para beber cerveza.

Y ellos, tan ligeros jugando a ser conejos.

Y ellos, tan ligeros bailando de noche alrededor del fuego. Y ellos, tan inmaduros viviendo su quinta infancia.

Te dirán vive todas las posibilidades y no sabrás lo que significa hasta que llegue tu quinto rostro y camines de la orilla de un puente a la otra orilla, y no sabrás bajar las escalera porque tus pisadas aún son muy pequeñitas y te quedarás viendo las escaleras pensando en que tal situación ya la habías vivido antes; mientras, tu mamá pedirá monedas y le darán una botella de coca-cola a medio vaciar, y justo en ese momento entenderás lo que significaba todas las posibilidades. Entonces querrás bajar las escaleras a como dé lugar y bajarás tu piecito izquierdo y sentirás el vértigo y te reirás de él de tan profundo y lila que es. La tercera vez que intentes bajar, un kodama te dirá que no se trata de bajar sino de subir, y tú verás el cielo preguntándote a dónde subir.

En tu tercera infancia te romperás un brazo y desde ese día no soportarás el olor de las clínicas ni del flúor.

En tu cuarta infancia nadie te dirá que las semillas de la sandía no se comen y tú te las tragarás, entonces prestarás atención a todo aquello que no esté escrito y preguntarás qué es lo que me rodea, qué es ese olor salado. Pero esta infancia no es ninguno de los hechos aquí sucedidos ni compone las demás infancias; sin embargo, no hay más que esto, no eres más que esto.

En la sexta infancia te llamarán poeta y en la tercera niño, sin embargo tú te aferrarás a las siete posibilidades, sobre todo a la que dice eres un pez, sobre todo a la que dice eres Morena, sobre todo a la que dice eres la niña de leche, sobre todo a la que te dice eres la niña a la cual nunca le mintieron, sobre todo a la que dice eres Krishna de niño, sobre todo la que dice estás en Atenas, sobre todo la que dice eres Walt Whitman, sin embargo de las siete no eres ninguna.

Sin embargo sabes jugar a que eres un volcán sepultando florecillas, sin embargo tú no estás contaminado, sin embargo tú comprendes su lenguaje, sin embargo tú ya has olvidado tu lenguaje, sin embargo sabes nombrar las cosas en tu propio lenguaje, abriendo una infinidad de mundos.

Nóicneta a ol euq on átse otircse. Aba

Obnaliab:

este es mi mundo, este es mi sitio,

cueva de cien ecos,

Tata iteita.

Soy una niña lá lá lá

Soy una mujer lá lá lá

Despacio siente el desprendimiento de la carne, deja que la vida se vaya para verla pasearse.

Vuelve lo posible en la vida misma.

Y te dirán que no sabes nada de la vida y será cierto, tan cierto que sabrás ver el camino, tan cierto que sabrás descifrar las realidades. Quizá regresarás como un elefante, en tu recorrido las piedras te guiarán hacia la colina y ya de noche verás aquello que buscabas y serás aquella que ve lo que otros no, sin embargo no sabes nada de la vida, sin embargo no cabes en nadie ni en nada, sin embargo cabes en ti misma.

¿Escuchas? Estás naciendo.

BIGIDI BEELA

El tres, el tres siempre presente, cabeza de vaca, sus ojos atraviesan el campo dorado. Recostada, enferma, estás sobre la arena movediza. Las estrellas nos reconocen, tu madre te despierta del sueño y dice que tu bisabuela murió de cáncer de matriz. Tú, serás tú, descalza de madrugada caminas, no, no de madrugada caminas descalza, descalza de madrugada caminas, no, no manchas el piso con gotitas sino a borbotones, a tropiezos llegas al baño y quebrada vomitas. Quién es y cómo logró tomar tu cuerpo. Cierras los ojos y recuerdas a ella, despiertas porque las ciruelas maduran de golpe, arrojas un corazón y viene otro en camino; son coágulos te dices. Regresas a tu habitación, pero él ya está debajo de tu cama, ahí, con una lluvia de ratones negros acechando. Rezas para que sea tu brasier de encaje negro. Y tu mano fría nadie la tomará y tu tercer ojo se lo comen con sal y tú y tú y tú no están, en la esquina de la habitación un cabeza de burro te sonríe, regresas a la cama y lloras para que te oigan, pero quién, quién si yo gritara. Recuerdas que Virginia se acercó a ti en pasta dura y roja, pronunciaste el Wolf como loba y ahora que las voces del silencio te aturden entiendes que Lapinova también fue una liebre que nunca engendró, un ciempiés luminoso llama tu atención, detrás de él un grillo fluorescente, parece traen un batallón: te vienen a salvar. Pero pronto te das cuenta que es la vida, que se escapa, que salta. Provienen de tus manos, los quieres retener, cierras el puño pero entiendes que los espíritus atraviesan tus dedos y de pronto se convierten en piojos, chinches, sanguijuelas que saltan por toda tu cama. Lloras, niña, lloras, ¡ojalá las lágrimas lavaran! Sin embargo ya es tarde demasiado tarde, entonces salen de su escondite, se escuchan sus alas golpear las paredes hasta que de pronto uno de ellos, de dos metros, te mira fijamente y atraviesa. Centenares le siguen, hay de todos tipos: murciélagos lisos, murciélagos con sombrero, murciélagos rotos, murciélagos chillones, murciélagos bebés, murciélagas sedosas, murciélagas gigantescas, murciélagas ciegas y al final, muy al final, murciélaga embarazada.

También lee: Crecida en selva, primera parte.

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