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Criar

Criar

Para criar hay que tener brazos, multiplicar los dos tan limitados, una espalda de junco que se elevará y doblará incesantemente durante todo el día, ojos que nunca más se cerrarán por completo, oídos de animal al acecho, a salto de mata, piernas minerales para sostener y otras de hamaca para mecer, garganta recién nacida para cantar canciones que le inventas y dulcificar el gruñido, el llanto iniciático. Senos sin mengua. La mente y el lenguaje se vuelven entonces personajes secundarios. El ego se hace añicos y eso de darse sin medida es la lámpara de aceite que se prende a las tres, cuatro de la mañana, antes si es necesario. El ego viejo se resiste pero el cuerpo brega hacia adelante porque esa otra vida, indefensa, depende de tu cuerpo, de la columna que debe estar de pie sin mengua. Cuando duermes, con un ese Ojo medio abierto, y sabes que el cachorro también duerme, piensas en la otra tan lejana que fuiste y abrazas al mamífero que eres ahora, el que desde siempre te dormía adentro. Nada es idílico en el mundo lácteo pero, al verlo a los ojos, empiezas a comprender la frase “es lo mejor que te puede pasar”. Criar no es para todos, es un rito de paso que implica una renuncia y una metamorfosis brutal. Es la vida, filuda y gozosa. Es el amor encarnado, el cuerpo.

Foto: Lauri y su hijo en la playa El Zonte en La Libertad, El Salvador, tomada por su hermana Elisa García.

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