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Crónica navideña: lo que sucede después de perder tu vuelo

“Ya hemos cerrado la puerta de embarcación”, nos dice la mujer de Air France desde su escritorio. “Pero el avión sigue ahí, ¿no pueden decirles que abran de nuevo? ¡Es Navidad! ¡Por favor!”. “No podemos, lo siento, son las reglas”. El matrimonio francés de Toulouse está molesto, a la otra chica mexicana le escurre sudor por la frente (llegó corriendo) y yo siento en el estómago objetos afilados que me trituran desde dentro. Los cuatro perdimos el vuelo. 

La brecha de lenguaje es terrible en el aeropuerto Charles de Gaulle, el hombre del matrimonio de Toulouse habla español, así que la otra mexicana y yo nos cobijamos en ellos y los seguimos para intentar buscar una solución. Él será nuestro traductor gratuito, pero, ¿con quién? No hay nadie. Casi son las 23:00 horas, falta poco para que sea 24 de diciembre.

Los escritorios de Air France están vacíos. Nos cambiamos de piso y encontramos un escritorio con el personal que sirve para estas situaciones. El matrimonio corre con suerte y es atendido por una mujer amable que les da otro vuelo al instante, les dice que no fue su culpa, la conexión llegó tarde, en cambio a mí y a la otra mexicana nos atiende un señor que se molesta desde el momento en que le hablamos en inglés, nos dice que fue nuestra culpa (sí que lo fue) y que no puede hacer nada por nosotras, que debemos salir del aeropuerto y ver en los escritorios de Air France si nos dan otro boleto o compramos uno.

Mi mente ingenua se rehúsa a la posibilidad de comprar otro boleto, yo quería que me lo dieran. “¿Cómo crees? ¡Si pierdes un vuelo compras otro boleto!”, me gritó mi abuelo por el teléfono. “¿Te cae?”, pensé. Yo ya había perdido una vez un vuelo en Estados Unidos y me dieron otro, con miles de escalas pero me lo dieron.

Cuando el señor de Air France nos mandó a los escritorios de afuera del aeropuerto mi voz interior intentó detenerme: “No te salgas del aeropuerto, Sujaila, luego cómo le vas a hacer para volver a entrar si ya no tienes boleto, si ya no puedes comprar uno (porque claro que no podía comprar uno, no tenía dinero), ¿dónde vas a pasar la noche si te sales? ¡No te fkn salgas! ¡Chingadamadre!”. Nos dirigimos hacia migración para salir.

Le explico a un señor de migración que perdimos nuestro vuelo y debemos salir a los escritorios de Air France para intentar solucionar nuestro problema, le pregunto si podemos volver a entrar aunque ya no tengamos vuelo, él me contesta con un clarísimo “Sí”. Su respuesta me parece poco confiable, le insisto para que confirme “¿Seguro? ¿Aunque no tengamos vuelo porque lo perdimos, ¿podemos volver a entrar para pasar la noche aquí?”, él me contesta: “Claro, claro, son mexicanas, ustedes no necesitan visa, pueden entrar y salir”.

Al salir del aeropuerto nos encontramos con todos los escritorios de Air France vacíos, supuestamente deberían seguir trabajando por 15 minutos más, eran las 23:45 horas. Dimos media vuelta, regresamos a migración y ya no nos querían dejar entrar. “No pueden pasar si no tienen vuelo”, nos dice una señora, comenzamos a explicarle que antes de salir preguntamos si podíamos volver a entrar para pasar la noche aunque no tuviéramos vuelo y nos habían dicho que sí, la señora nos mira con preocupación pero vuelve a negarnos la entrada.

Tuvimos que rogarle, no había de otra, nuestra consigna era: “por favor, perdimos nuestro vuelo para Navidad”. Ocurrió el milagro: nos dejaron entrar sin boleto. Mi pasaporte ahora tiene tres sellos por haber entrado y salido de Francia en un solo día. Volvimos al mismo escritorio donde el matrimonio de Toulouse consiguió otro vuelo y nosotras habíamos conseguido que nos mandaran al diablo. Ya no había nadie… La mujer amable que atendió al matrimonio salió por una puerta con sus cosas, ya se iba a descansar.

Bon nuit” la saludé, “Oh, ¿aquí siguen? ¿Qué les dijeron?”. La mujer hablaba perfecto inglés, su nombre era Melinda y se sintió fatal por nuestra situación. Nos llevó ella misma a otro escritorio de Air France que atendía 24/7 (en donde no nos ayudaron para nada), nos pasó su contacto y nos dijo que podíamos escribirle durante toda la noche y que ella respondería porque de todas formas se la pasaría en vela trabajando en casa, también nos recomendó hablar con nuestras familias para que se comunicaran con las aerolíneas y vieran si podían darnos soluciones.

Luego Melinda revisó en el sistema de Air France y descubrió que el siguiente vuelo a la Ciudad de México costaba 21 mil pesos, salía a las 11:00 horas. “No estaba nada mal”, pensé, “pero a veces baja el precio si lo compras en el mero momento” nos dijo Melinda, y yo confié en su frase. Aunque era contraria a todo lo que el mundo te enseña sobre comprar boletos: “hazlo con antelación porque si no, sube el precio”. Melinda se despidió angustiada por nosotras, ella misma fue la que comenzó a escribirnos mensajes durante toda la noche. 

La otra mexicana se llamaba Alejandra. Las dos subimos al tren para ir a la terminal L, yo estaba hablando por teléfono con mi abuelo (el hombre que más nerviosa me pone) y antes de que las puertas del tren se cerraran recordé que había una sala de estar donde podríamos pasar la noche en la terminal K, que era donde estábamos, así que nos salimos disparadas del tren justo antes de que cerrara sus puertas.

Subimos hacia el piso de la sala y me di cuenta que había olvidado la bolsita donde tenía mi pasaporte en el tren. Se lo dije a Alejandra y ambas corrimos de vuelta a la estación, cada que llegaba un tren revisábamos entre los vagones buscando la bolsita con el documento más importante para un ser humano cuando viaja.

Mientras buscábamos desesperadas, llegó un señor a decirnos que la estación ya iba a cerrar, le expliqué que dejé mi pasaporte en un tren, me dijo que los trenes ya estaban estacionados y que debía esperar a que volviera a abrir la estación a las 4:30 horas. Eran las 00:30, a las 22:35 había perdido mi vuelo a México, algo que, dentro de todo, me parecía una cosa “normal”, ya que un porcentaje considerable de la población le ha ocurrido.

Perder un vuelo tenía una solución próxima, pero que en menos de dos horas posteriores también hubiera perdido mi pasaporte ya era demasiado, pensé: “ahora sí me mamé, estoy muy pendeja”. No sé cómo no me hice bolita y me puse a llorar en el piso, creo que fue porque estaba en survive mood.

Intenté pensar en soluciones, París estaba paralizado por las protestas, no había transporte público, llegar a la embajada de México sería una odisea, la única opción sería pagar un taxi que seguro me saldría en más de ciento cincuenta euros, ni siquiera sabía si podía salirme del aeropuerto sin mi pasaporte, Melinda me dijo que tenía que levantar una denuncia.

Era mucho más sencillo planear un suicidio… Y más barato. El dinero no era uno de los temas, era el tema. Solo me quedaban cinco mil pesos en mi cuenta, ya no tenía efectivo y aún soy un ser libre de las tarjetas de crédito. No había de otra, mi familia tendría que ayudarme a pagar un boleto. “20, 22, 23… tal vez hasta 25 mil pero más caro no puede ser”, me dijo mi abuelo sobre el presupuesto que tenía para comprar otro vuelo, pero había vuelos hasta en 160 mil pesos para el 24 de diciembre de París a México.

“Busca vuelos a Madrid o a Barcelona, si vas a estar varada en Europa, que sea en cualquier lugar menos París”, pasar Navidad en Europa era algo que NO quería hacer, me resistía a buscar vuelos, además, ni siquiera podía volar sin pasaporte, era la 1:00, faltaban más de tres horas para poder intentar recuperarlo, si no, tendría que levantar la denuncia y salir hacia París en pleno 24 de diciembre.

Decidí darme un respiro, no había nada que pudiera hacer en esos momentos, mejor hacer una pijamada navideña con Alejandra. Ella estaba enfermándose de gripe, tenía los ojos llorosos y le dolía la garganta, le di una de mis pastillas, obviamente yo también estaba enferma, es de ley enfermarte si eres latina y viajas a Europa en diciembre.

Las dos nos apapachamos y nos compartimos galletas de frambuesa y macarrones, nos contamos sobre nuestros viajes, ambas habíamos sufrimos por romances europeos, la verdad su historia estaba mucho más trágica que la mía: su novio holandés la terminó 5 días antes de que ella se fuera y el resto de los días que vivió con él fueron más que incómodos.

“¿Por qué lo hizo así? Me hubiera cortado hasta que me fuera, no desde antes.” “No lo sé”, le digo: “los europeos son otro pedo”. Tuve que contarle poquito sobre mis desamores, en esos momentos no estaba contenta con el tema amoroso (creo que nunca lo estoy), acababa de escribirle una canción a uno de los chicos que me gustan y se la había mandado hacía más de 15 horas y el muy cruel aún no me respondía.

También hablamos sobre la copita menstrual, era la primera vez que Alejandra la estaba usando, le dije que era como una frienemy, porque sí que era cómoda pero siempre corres el riesgo de mancharte, le confesé que yo tengo una relación muy tóxica con ella de amor/odio. Cuando por fin llegó la hora de que abrieran la estación de tren, un señor nos dijo que lo mejor era ir a la cabina de seguridad para ver si alguien había devuelto el pasaporte.

Nos mandaron a tres sitios distintos, por fin dimos con el correcto y, después de haber sido ignoradas por muchas personas porque no querían tomarse la molestia de intentar entender nuestro español o inglés, salió un hombre grande con el cabello blanco, en sus manos tenía una bolsita de plástico, adentro estaba mi pasaporte. ¡HURRA! 

La felicidad de encontrar mi pasaporte duró poquísimo: mi familia ya había contactado a Aeroméxico y no iban a reponer mi vuelo sino que me haría pagar una multa de 40 mil pesos (tremendo putazo) si es que quería salir en el siguiente vuelo a la Ciudad de México. Eso no era opción, tenía que comprar otro boleto y para eso debía salirme de nuevo del aeropuerto. Cuarto sello en el pasaporte. 

Los boletos estaban inmamablemente caros. Melinda se equivocó, cada vez subían más y más de precio y bajaban hasta la próxima semana, iba a tener que estar mínimo 4 días más varada en Europa, pero mi abuelo tenía razón, cualquier lugar era preferible en vez del puto París.

Volar hacia Barcelona o Madrid era la opción, en Barcelona podría tomar un camión a Perpiñán y pasar Navidad con Raúl y Rosi (una especie de tíos putativos), o en Madrid podría hablarle a unos amigos de mi abuelo que también me darían asilo navideño. Perpiñán fue la decisión final. Alejandra sí consiguió que su aerolínea le repusiera su boleto, así que nos despedimos.

Yo soy hija única, no sé cómo se siente tener una hermana, pero durante esas siete horas de tragedia sentí que ella lo fue, es decir, la mujer corrió por los vagones de tren usando su copita menstrual por primera vez para buscar mi pasaporte. Es una excelente persona.

Mi madre había encontrado un boleto barato de París a Barcelona y otro de Barcelona a México, también compró los boletos de camión de Barcelona a Perpiñán. Ya lo último que me faltaba era no cagarla de nuevo. 

Cuando llegué a Perpiñán, Raúl ya estaba esperándome en el estacionamiento de la central de camiones, corrí a abrazarlo y ambos nos dimos una sonrisa de auténtica felicidad. Raúl es un francés con el que se casó Rosi, una de las mejores amigas de mi abuela, el hombre va a cumplir 90 años y aún así cargó mi maleta de 25 kg a pesar de que yo le insistí para que no lo hiciera.

Ya en el carro me dijo: “Sujaila, sé que lo te pasó ha sido una experiencia difícil pero para mí fue una sorpresa, una buena sorpresa, saber que te volvería a ver y estoy muy feliz de que estés aquí”. Sus palabras hincharon mi pecho con un bello sentimiento, a pesar de todo, también yo estaba muy feliz.

Manejó hacia su casa que está en Sainte Marie la Plage, en el camino Raúl me dijo que él nunca había pensando que viviría tantos años, “vivo todos los días como si fueran un regalo, creo que también es un regalo que estés aquí”. Entre tantas frases cariñosas y plática, Raúl se confundió y nos perdemos en el camino, pero no importa, ya no hay prisas, el reloj es ignorado por nuestra calma y retomamos la dirección correcta. 

Cuando llegamos a casa Rosi ya nos esperaba con una mesa navideña lista para la cena. Rosi es la clase de personas que demuestran su amor mediante la comida, todo está exquisito, Raúl abre un vino y bromea con que es el mejor de la región, digno solo de reyes y reinas. “No, no, más aún, digno solamente de emperadores”, dice.

Después de la cena recogimos la mesa y yo me encargo de limpiar todos los trastes, porque una persona que lava los trastes siempre cae bien. Antes de subir a ver una película con Rosi le digo que veré rápido a un amigo. Explico aquí brevemente la razón por la que tengo un amigo en Sainte Marie la Plage: al principio de mi viaje llegué a este lugar para pasar el fin de semana con Rosi y Raúl y en mi primera mañana salí a andar en bicicleta y a leer a la playa, cuando intenté regresar a la casa que está en Rue Vicentte Scotto me di cuenta que no recordaba el camino.

Decidí pedirle indicaciones a un chico guapo que estaba haciendo ejercicio, era franco-canadiense pero su papá era argentino así que tenía modales de caballerosidad latina y hablaba perfectamente español, me acompañó hasta la calle de mi casa y me invitó esa misma noche a salir y, como diría el diario de Meryl Streep en Mamma Mía: “¡Qué noche! Bebimos en la playa, me besó en la playa y puntos suspensivos”.

Todo ocurrió bajo las estrellas y enfrente del Mediterráneo, fue increíble. Cuando iba en el camión hacia Perpiñán le escribí contándole mi tragedia y me dijo que él también iba hacia Sainte Marie para pasar Navidad con su madre quien es la que vive ahí. Quedamos de vernos un rato después de cenar, platicamos y nos besamos un poco, yo estaba muertísima, llevaba más de 36 horas sin dormir así que pronto me despedí de él y entré a la casa.

Rosi y yo nos pusimos a ver Call me by your name en su cuarto, antes de dormir me dijo que tenía un regalo de navidad para mí, era un suéter, le di un abrazo largo y fuerte, sentí mucha pena por no tener nada para ella. 

Al otro día, 25 de diciembre, me desperté temprano y desayuné solo con Raúl porque Rosi acostumbra a levantarse tarde. Raúl siempre sale a caminar durante dos horas después de desayunar y cuando hay buen tiempo también se mete a nadar al mar, le digo que me gustaría acompañarlo en su caminata, él sonríe y asiente con la cabeza.

El día está deslumbrante, el sol pega fuerte y vuelve más azul al mar y al cielo. Raúl es viudo, antes de Rosi estaba casado con una española, mientras caminamos intento sacarle la plática sobre su romance con Rosi pero veo que es inútil, ya se odian demasiado. Así que mejor le pregunto sobre su esposa española y contesta alegre: “La conocí en París, estábamos en un baile y cuando la vi pensé que tenía que sacarla a bailar, ella no hablaba ni una palabra de francés y yo no hablaba ni una palabra de español”, no puedo creer lo que dice, se enamoraron sin poder comunicarse, comienzo a cuestionarlo “Pero entonces… ¿Cómo lograron…”, Raúl interrumpe mi pregunta: “¡Bailamos! ¡Es un idioma universal!”.

Durante la caminata Raúl se detiene para platicarme cosas sobre su vida, yo soy chismosa y me encanta escucharlo, nació en Líbano, de padres franceses, “los vi nada más tres veces en mi vida, a mí me crió mi abuela y ella era libanesa por eso mi lengua madre es el árabe, después el francés”. Como su familia era judía sabe hablar hebreo, pasó un tiempo viviendo en Alemania, América y en Londres, así que también habla alemán, español e inglés.

Estudió en un internado en París y me dice que “París antes era la cité de la lumière, ahora está acabado, c’est fini, la gente se queja por todo, se queja por trabajar, yo he trabajado toda mi vida, cada verano trabajaba en las granjas para poder tener dinero, trabajaba de cinco de la mañana a ocho de la noche, todos los días, menos los domingos que me daban medio día para descansar”.

A veces me dice frases sueltas mientras caminamos, no logro establecer un buen hilo de conversación con Raúl ya que para hablar debe dejar de caminar, no puede hacer las dos cosas al mismo tiempo porque está un poco sordo, usa un aparato para atrapar el sonido de algunas palabras. “Yo tuve que robar para poder comer”, me confiesa, Raúl ha tenido una vida llena de experiencias duras, también fue soldado, “me metí a la milicia, para tener un lugar donde vivir y me dieran comida, tenía 19 años cuando recibí mi primer salario y lo ocupé para comprar una bicicleta, fui muy feliz, era lo que siempre había querido, anduve por todo París en esa bicicleta”. Después lo mandaron a la guerra de Indochina, estuvo ahí siete años ayudando a descifrar claves morse. 

Atrás de nosotros se ve el Canigó, la montaña de los Pirineos más cercana a Sainte Marie la Plage, está toda nevada. Llegamos a la orilla del mar y ambos nos descalzamos para meter nuestros pies al agua que está bien pinche fría, le digo que no es como el agua de las playas de México y me contesta: “no pienses en México, estás en Francia, piensa en Francia”, el agua no le parece fría a él. “Tú eres una niña consentida”, me dice, “esta experiencia que tuviste te va ayudar a crecer”.

Por la playa, Raúl camina enfrente de mí y yo, como si volviera a tener cinco años, voy pisando las huellas que va dejando en la arena. Cada que pasa alguien lo saludamos y le decimos “Joyeux Noël”. Comienza a platicarme sobre sus nietos, tiene muchos pero no los ve, recuerda un dicho francés y me lo dice: “Loin des yeux, loin du coeur”, “lejos de los ojos, lejos del corazón”. Supongo que para cada regla hay una excepción y yo, aunque tal vez no vuelva a ver a Raúl, lo llevaré muy dentro de mi corazón.

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