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Cumplir 30 años

Alguien me dijo que cumplir treinta años está sobrevalorado. No lo creo, más bien pienso que llegar al tercer piso trae consigo una excusa para pensar en lo que ha sucedido durante el recorrido por los pisos inferiores y sobre lo que nos gustaría ver en la azotea.

Yo empecé a cumplir treinta años a los 29. Llevaba ya varios meses con ganas de darle un giro a mi vida, pero no sabía hacia dónde girar. Esa sensación se acrecentó cuando me contactaron de mi antigua escuela para citarme al desentierro de “la cápsula del tiempo”, una caja de plástico que la generación 2005-2008 enterró con memorabilia de aquellos tiempos.

Eso implicaba saludar a personas que no había visto en diez años y sentía que las preguntas que iban a surgir me llevarían hacia el abismo de la crisis existencial que viene con la edad: “¿cómo estás?”, “¿qué has hecho?”, “¿estás contenta?”. Las redes sociales son una maldición y ya había visto fotografías de viejos compañeros y compañeras que ahora estaban triunfando en el extranjero o con maestrías, hijas pequeñas o puestos importantes en empresas de ingeniería. Sentía que a todos les estaba yendo mejor que a mí, que todos habían encontrado su lugar y estaban haciendo ALGO (con mayúsculas).

Llegué tarde a la cápsula del tiempo, seguramente por culpa de mis miedos inconscientes. Una vez ahí, me asombré de enterarme que una compañera que sonreía en sus fotos de triunfo, admitía no sentirse plena. Historias así hubo varias; algo les faltaba. Supongo que siempre nos falta algo a todos. Recuperé mis pedazos de memorabilia: la rama de un arbusto donde me sentaba con mis amigos, mi viejo estuche y unas cartas, entre las cuales había una de mí para mí, versión 2008 a versión 2018.

Estaba segura de que el secreto olvidado de mi felicidad estaría en esa carta. Frecuentemente pienso que tengo muchas cosas que (re)aprender de la Diana de antes, contrario a lo que podría esperarse en la secuencia lineal y ascendente con la que suele calificarse la historia de una vida. Recordaba que mi versión 2008 era idealista, segura (aunque por pura ingenuidad) y alegre (ídem).  Sabía que había escrito convicciones que no quería perder y pensaba que si mi carta demostraba que algo de eso había caído en el olvido, sería sin duda un tesoro digno de recuperar.

Pues bien, leí la carta. Mi letra era la misma; mi tono y chistes eran los mismos; mis gustos también. En esa carta, concluí, no había secreto alguno, más bien encontré un retrato de mí misma que hice mencionando las cosas que me hacían feliz en ese momento: bailar, el agua de horchata, escuchar música, los delfines, dormir y reír mucho. Pensé con cierto humor negro que si la conclusión era que no había cambiado en diez años, tal vez significaba que era momento de madurar. Guardé la carta con cariño pero no con la veneración que le había atribuido.

Ilustración: Jaque Jours.

Pasaron los meses y de esa crisis existencial saqué algo de provecho: “Renuncio. Voy a hacer un posgrado y viajaré por el mundo”. Aunque la decisión no fue tan osada: “Quiero decir que renuncio pero me voy en diez meses, así que mientras tanto seguiré trabajando porque necesito ese dinero”. Por primera vez me resistía a revelar mi edad cuando la gente me preguntaba.

No me angustia cumplir años, lo que me inquietaba era la sensación de no haber cumplido mis metas, esas metas enojosas que uno se fija cuando es joven y no tiene idea de absolutamente nada. Llevaba de consuelo el proyecto de mi posgrado en el extranjero, pero sentía que había perdido tiempo e iba tarde en la vida. A temprana edad mal-aprendí que ser feliz era un objetivo a futuro, lo cual es lo mismo que decir que se trata de algo lejano e incierto.

Lo que más me molestaba eran las otras metas, las que no eran mías-mías pero pululaban en mi cabeza y debían cumplirse para dar la cara en sociedad: “Ya es hora de tener un fondo de ahorros con dinero suficiente, contar con cierto patrimonio (residencia, auto, negocio…), tener esposo o de menos novio. O, si ya estás casada, entonces de menos UN hijo porque si te esperas mucho, después va a ser difícil encargarte porque te vas a cansar más rápido.” Yo soy una persona orgullosa entonces las expectativas que me compré son las que tenían que ver con la autosuficiencia, el trabajo, los ahorros… Quise convencerme de que tenía razones para estar satisfecha con lo que había hecho hasta ahora, pero algo en mí no lo reconocía por la asociación incómoda de la felicidad con las metas cumplidas, tanto las propias como las panorámicas.

Me gusta el teatro, así que cuando llegó el momento de cumplir treinta incluí en mi itinerario una obra que escogí tras leer su reseña. Ésta prometía un monólogo ameno y a la vez agudo para quienes quisieran acordarse de qué razones hay para estar animado en la vida. Ahora veo que era un paliativo para ayudar a la fase de aceptación: “Bien, he llegado a este piso. ¿A qué vine? Creo que se me cayó algo”.

La obra se llamaba Puras cosas maravillosas (me disculpo por la traducción cursi, el título original es Every brilliant thing, de Duncan Macmillan con Jonny Donahoe) y habla sobre la lista que una persona escribe desde su infancia para enseñar a su madre, quien ya no quería vivir, todo lo brillante que hay en la vida: el helado, las cosas con rayas, el color amarillo, los viejitos amables, etcétera. Transcurre tiempo, el protagonista crece y construye una vida idónea al estilo tradicional que disfrutaba genuinamente, al menos durante un tiempo. De forma paralela continúa haciendo la lista, primero por el afán de contrarrestar la depresión de su madre y luego como una estrategia entre la afirmación y el autoconvencimiento: las baguettes, recomendarle un libro a alguien y saber que lo va a leer, el sexo, la mirada de triunfo que compartes con un desconocido cuando lo ves entrar al metro justo antes de que se cierren las puertas…

La obra es narrada con humor, de manera que alivia la carga de su trasfondo trágico: la obsesión por mantener una lista ingenua para contrarrestar la duda y el vacío existencial. A pesar de todo, la lista se sostiene con el paso de los años, pues de alguna u otra forma siempre recobraba sentido en sí misma y para la vida de quien la redactaba. Canciones de Daniel Johnston, las motocicletas, dar por terminada una tarea…  bailar, el agua de horchata, escuchar música, los delfines, dormir y reír mucho.

Sucede dentro y fuera de un teatro

“Si vives una vida plena y llegas al final sin sentirte ni una vez deprimido, es probable que no hayas estado prestando atención”, dicen los dramaturgos de Puras cosas maravillosas. Esta afirmación tiene muchas dimensiones, pero aquí quiero enfocarme en la sensación abrumadora de cuestionar la identidad propia, las decisiones, la autorrealización y lo que la sociedad espera de sus individuos.

La tradición social es como una obra de teatro donde cada escena es una etapa de la vida con diálogos perfectos y fines claros. Mientras crecía, fui público de esas puestas en escena. Las adopté y todavía hoy me cuesta trabajo liberarme de esos diálogos que aprendí de memoria. Esta obra de teatro complementó esa idea, pues nos hace parte de los episodios que iban construyendo la vida del protagonista (hombre o mujer de cualquier edad o etnicidad, según las instrucciones de la obra) y, al seguir su relato, podemos comprender un poco sobre la dificultad de encontrar la plenitud, la facilidad de contagiar la duda y, por otro lado, las nimiedades que mantienen todo a flote.

Con eso en mente, me permití reflexionar en mi propia historia, la cual tuvo por escenario el estereotipo de una familia latina, es decir, numerosa, acogedora y católica. Estudié la universidad en el Centro Histórico y entablé amistad con personas de opiniones diversas que hacían de cada clase un debate. Me titulé y exploré diferentes perspectivas laborales sin trazar algún camino seguro hacia el éxito; tuve un jefe que escondía su misoginia con actitudes paternalistas; postergué proyectos personales por la muerte de un ser querido; después de algunos años, empecé a ahorrar para viajar: me llevé a playas de México con viejas amigas, fui a Cuba sin otra compañía que la mi cuaderno y conocí Chicago con mi padre; he estado rodeada de gente maravillosa con ideas tan desaforadas como las mías; una vez fui albañil en un pueblo de Francia; he tenido diez perros en toda mi vida; cada sábado me reúno con mi familia; conocí a alguien a quien le gusta la pizza y las noches de Netflix tanto como a mí…  

A ese relato se suman las noticias que descubrí en la vieja carta que yo había descartado. En ella enlisté las trivialidades que me definían antes de tomarme las cosas demasiado en serio y de temerle a las expectativas. Si la vida está llena de incertidumbre, creo que podemos encontrar pedazos de certidumbre en cosas como la pizza, un perro, el piano y tenerle suficiente confianza a alguien como para preguntarle si tienes un frijolazo en los dientes. Admito que mi nivel de incertidumbre es tal que veo placebos de consuelo en estas ideas, pero algo en mí me dice que es la mejor estrategia para enfocarme en aquello que ha valido la pena (sí, tenerle suficiente confianza a alguien como para preguntarle si tienes un frijolazo en los dientes es algo que vale la pena).   

Hace poco aprendí que en la vida hay experiencias, no éxitos o fracasos. Hago un esfuerzo por hacer a un lado las metas panorámicas para, en su lugar, dar crédito a la persona que construí en los pisos de abajo y dirigirme hacia mis metas personales (las mías-mías). Con eso en mente, trato de enfocarme en aquello que me hace sentir dueña de mí misma, libre y autónoma.

Me cuesta trabajo no pensar en las otras expectativas y admito que cumplir treinta años no trae consigo la revelación de que todo está muy bien, o muy mal, pero invito a toda la comunidad treintañera a ser valiente conmigo y no temer a las convenciones. Mejor esperemos un final divergente −propio− que dé marcha a atrás a toda expectativa en la trama. Finalmente el montaje de una obra de teatro es un acto creativo, no una fórmula rígida.

Ilustraciones: Jaque Jours.

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