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Diamantina y revolución

Hace unos meses tenía mis dudas sobre las marchas feministas, incluso sobre nombrarme a mí misma como una. Apareció #MeToo y me dio el valor de aceptar que durante mucho tiempo fui víctima de una relación violenta y denigrante. Escribí sobre esa relación y fue muy parecido a destapar la caja de Pandora (bendita sea).

Me descubrí valiente y decidida, dueña, ahora sí, de mi vida y mi forma de vivirla. No lo sabía aún pero ese orgullo, esas ganas de pelear y decir la verdad, eran una pequeña semilla que iría creciendo en los meses por venir y que explotaría un 16 de agosto al grito de “no se va a caer, lo vamos a tirar” y un puñado de diamantina.  

Hasta hace una semana me consideraba una observadora social, compartía pocas cosas en redes, casi todas relacionadas con el trabajo, y me abstenía de hacer cualquier comentario, pelear me parecía absurdo. El 12 de agosto seguí las noticias sobre la marcha y en cuanto escuché la palabra “provocación” algo en mí prendió fuego. ¿Provocación? ¿Reclamar la violación de una niña, de miles de niñas, es provocación?

Sentí la misma furia que cuando descubrí que S. se había acostado con una menor de edad. Era momento de hacer algo, ¿qué? No tenía idea. De observadora me convertí en activa en Twitter, donde no están ni todos mis conocidos ni toda mi familia, reclamé a Sheinbaum, a Tatiana y a uno que otro pendejo atreviéndose a descalificar el movimiento. Deseé con todas mis fuerzas que hicieran otra marcha, que esto no se quedara así, en silencio, como siempre.

Cuando convocaron, invité a dos grandes amigas para ir juntas, sería mi primera marcha en años (desde el desafuero de López Obrador) porque consideraba que al estar sola en este país era muy arriesgado ir. Esta vez decidí que iría porque no hacerlo era permitir que la violencia que vivimos día a día continuara sin decir nada, era mucho más inseguro que arriesgame a ser detenida. 

Vestida de negro, con mi paliacate verde amarrado al cuello (prestado porque no tenía uno), una bolsita con diamantina rosa y mi nombre y teléfono de contacto anotados en el brazo izquierdo, empecé tímidamente a repetir las consignas que no conocía. Me sentía un poco farsante ¿quién era yo, ahora, para decidir que sí tenía algo que decir? Me intimidaba estar entre todas esas mujeres que se veían tan fuertes, tan enteradas, tan decididas. Todo en ellas exudaba seguridad, aunque todas hablaban de miedo. Ahí, amontonadas en la Glorieta de Insurgentes, estaban todas las mujeres que siempre había querido ser.

La concentración empezó a avanzar y yo empecé a envalentonarme. Su, que es muy joven pero a su edad ha entendido muchas más cosas de las que yo había entendido hasta ahora, me susurraba las consignas para que me las aprendiera y me iniciaba en esto de pelear por tus derechos, ser escuchada y ser mujer en un mundo que sigue negándose a dejarnos serlo. 

Me gustaba especialmente gritarles a los transeúntes que nos miraban: “Señor, señora, no sea indiferente, se matan las mujeres en la cara de la gente”, creo que porque al gritarles a ellos también me regañaba un poco a mí, ¿cómo había dejado pasar todo ese tiempo sin decir nada? Empecé a no sentirme aislada, aunque nunca lo estuve, y creo que entendí eso de la sororidad que tanto repetían Daria y algunas de sus amigas y que yo rechazaba porque “hay muchas mujeres que también son malas”.

La semilla que planté en mí al ser valiente meses antes brotó, el feminismo era eso, ser parte inalienable de un grupo al cual defendería con mi vida y que me defendería con la suya. 

Dimos una vuelta a la glorieta, el tráfico estaba detenido, el metrobús se había quedado parado. Éramos dueñas de la calle, intocables (siempre deberíamos serlo). Así, rodeadas por nuestra multitud estábamos al fin seguras en cada paso que dábamos, los cuerpos que nos rozaban en la muchedumbre no eran cuerpos enemigos, las manos que sin querer nos tocaban no eran amenazadoras.

El tamaño de nuestros cuerpos no estaba siendo juzgado, ni si teníamos maquillaje o nos habíamos peinado. Uniformadas de negro, sí: cubiertas de pies a cabeza, en brassiere, en top, tanga encima del vestido y debajo de él, falda, pantalón, botas, tenis, pelo negro, pelo verde, pelo rosa, axilas depiladas y no, ojeras, estrías, gorditos… Diamantina, paliacates y búsqueda de justicia en todas. Entendí que la belleza era eso. Es abrumador estar en un momento de belleza pura e irrepetible, de unión y fuerza, de amor. 

En la segunda vuelta nos detuvimos frente a la Secretaría de (in)Seguridad Pública, con el rostro y el cuerpo volteados hacia el edificio exigimos justicia: “Ni una más” mientras los hombres (sí, todos eran hombres) que estaban en ese lugar nos filmaban, se burlaban de nosotras (sí, se burlaban) y nos señalaban. (Sé que esa burla y sus rostros, sus malditos rostros llenos de prepotencia, arrogancia y superioridad, fueron los que desataron eso que después alguien se atrevió a llamar vandalismo).

A lo lejos escuchamos un sonido fuerte. Tratando de saber qué era nos quedamos en silencio, en el cielo apareció un helicóptero de la policía ¿nos haría algo?, ¿vendrían más?, mientras se acercaba nos llenamos de valor y con el cuerpo, el rostro y los puños hacia el cielo gritamos: “¡No se va a caer, lo vamos a tirar! ¡No se va a caer, lo vamos a tirar!” con tanta fuerza y con tantas ganas que el sonido de las hélices se opacó con nuestras voces. Se nos terminó de caer el miedo. Ahí, en ese instante de fuerza, sucedió lo inesperado: el inicio de la revolución.

Por un lado, el destrozo de la estación de metrobús, por otro, el aplauso por el destrozo de la estación de metrobús. Aunque los golpes nos espantaron, los vidrios que caían nos liberaban. Cada una de las mujeres que golpeaba explotaba la rabia que sentíamos todas las demás: rabia por nuestras amigas, nuestras madres, nuestras vecinas; rabia por la chica a la que no supimos defender; por la que apareció muerta; por la abuelita violada, por la niña abusada; rabia por todas las veces (siempre) que caminamos con miedo, por los comentarios obscenos, por el tipo que se cree tu dueño; rabia por la innumerable cantidad de veces que alguien ha tomado por suyo nuestro cuerpo. Rabia, simple rabia acumulada durante generaciones enteras y que algunas tuvieron la valentía de dejar caer en un sistema de transporte. 

Cuando no quedó más que romper nos encaminamos al Ángel (símbolo capitalino en el que quinceañeras, matrimonios, equipos ganadores de futbol y fans de Leo se reúnen a festejar dignos eventos) y en el camino apareció la estación de policía (símbolo mexicano de corrupción, abuso, injusticia y violaciones). 

¿Qué se hace con tantos años de enojo, impunidad, dolor, vejaciones, maltratos, abusos, injusticias? ¿Qué? ¿Dónde se ponen?

Esa noche la estación de policía de la calle de Florencia recibió lo mismo que tantas mujeres sufren porque “estaba borracho”, “tuvo un día difícil”, “está lleno de presiones”, “tienes que entender, es hombre”. Las ventanas y la puerta se resistieron (de haber podido habrían dicho que no), pero las mujeres no querían ni podían entender el mensaje (hay que reconocer que la estación estaba sola a la mitad de la calle, un tanto luminosa y con un letrero llamativo, no podemos culparlas) y la golpearon hasta que cedió. Abrieron las puertas y la hicieron suya (simbólicamente una estación de policía debería ser la justicia) y en ese gesto nos devolvieron a todas un poquito de eso que tanto habíamos pedido. 

Fuimos al Ángel, que precavidamente fue protegido por mujeres policías. Las vimos llegar en fila, muy ordenadas, con firmeza, pero sin gestos de provocación y hacer una línea frente al monumento. Hicimos lo propio y formamos una línea frente a ellas: “Mujer, escucha, esta es tu lucha”.

Pocas veces he visto miedo en la vida real y lo que les estábamos causando a esas mujeres era miedo. Unas compañeras empezaron a correr a espaldas de las policías y a aventarles diamantina. ¡No! ¡A ellas no! Pensé mientras buscaba cómo restablecer la fuerza y la unión que nos habían traído sanas y salvas hasta aquí. “¡No las toquen! ¡No las toquen! ¡No las toquen!”, las voces se multiplicaron y las chicas que las rodeaban se alejaron, el miedo de sus rostros disminuyó.

“¡Luchamos por todas, luchamos por ustedes! ¡Luchamos por ustedes! ¡Luchamos por ustedes!” El feminismo era eso, justamente eso, luchar por todas, luchar por ellas que viven en la cueva del lobo. Nos miramos a los ojos, manifestantes y policías, separadas y unidas por la misma causa. Los ojos se me llenaron de lágrimas y a algunas de ellas también, no hay corazón que aguante. Nos tomamos de las manos y así, como pudimos y sin tocarlas, las abrazamos. La lucha es de todas, aunque tengan que estar del otro lado. La que parecía ser la capitana pasó un par de veces a dar órdenes, la última fue retirarse. Las vimos irse, en línea y en silencio, como habían llegado (sé que se fueron con algo más). Nos apropiamos del Ángel, fue testigo de nuestra furia y de nuestra lucha. 

“México feminicida” dice al centro y la gente se ofende por la forma y no por el contenido. La lucha sigue y seguirá porque las mujeres estamos dispuestas a cambiar las cosas, y eso incluye a los hombres “dice el INEGI por cada mujer hay 10 hombres muertos”. Queremos terminar con la impunidad, con el machismo y con la injusticia, no con su frágil masculinidad que se ve herida cuando tomamos las cosas en manos propias. Queremos redefinir a la mujer y al hombre socialmente porque esos que los roban a ustedes nos violan a nosotras. 

El 16 de agosto, después de mucho tiempo en silencio, las mujeres alzamos la voz. El movimiento feminista, este al que acusan de no tener pies ni cabeza, se está forjando con todas, sin importar quiénes son, qué son ni de dónde vienen.

El movimiento feminista es de las hijas que sí pudieron volver a sus casas y de las madres que se quedaron solas porque sus hijas no volvieron. 

Me siento feliz y orgullosa de ser parte de este momento de la historia y deseo que realmente sea eso, un parteaguas, algo que determine por siempre el futuro de las mujeres de este país y el valor que se otorgan y se les otorga.

Así como le eché a Sheinbaum aplaudo que su estrategia política haya cambiado, aunque lo entiendo como eso, una estrategia y creo que hay que aprovecharla lo mejor posible para sentar bases que no puedan quebrantarse.

A mí nunca me han violado

A trató de bajar mi ropa interior a los 13 años y cuando no lo dejé me engañó con otra, entonces cuando B quiso hacerlo lo permití para que no me dejara. Cuando C me abrazó por la espalda y restregó su cuerpo contra el mío frente a su esposa no volví a ponerme bikini frente a él y nunca quise volver a Cuernavaca. C había enseñado bien a sus hijos así que D y E me espiaban cuando entraba al baño y me golpeaban cuando algo no les parecía. F me abría las piernas frente a sus amigos y G me metía la mano frente a todo mundo. H me llevó de viaje, se puso borracho, me golpeó y me llamó puta por haber ido a un OXXO sin su autorización, I me seguía sin permiso hasta mi casa y gritaba en la calle para hacerme salir. J aprovechó que estaba borracha y me metió a un baño, K ofreció pagarme lo que me daban en el trabajo para salir conmigo. L me hablaba a todas horas y revisaba mi celular. Aunque no conocía a M me metió la mano entre las nalgas cuando estaba abriendo la puerta de mi casa y cuando me defendí me golpeó, N tocó mi vagina mientras caminaba por la calle a plena luz del día, Ñ restregó su cuerpo contra el mío en el metrobús de la Condesa a CU. O, P y Q, me gritaron desde un coche y bajaron la velocidad mientras se acercaban a mirarme, R me persiguió durante todos mis años de facultad, S me golpeaba, me insultaba, me hacía menos y al final me dejó sin trabajo y sin casa. Me acosté con T porque me dio miedo hacerlo sentir mal. U, V y W le contaron a todos sus amigos lo puta que era y cuando X me preguntó con cuántos hombres me había acostado se sorprendió porque no eran tantos como él había escuchado. Y me escribió mensajes ofensivos porque no quise volver a salir con él y Z me ha llamado perra y malcogida por no contestarle aunque no lo conozco. 

Pero no, a mí nunca me han violado.

No tendría que ser necesario hacer un conteo de la A a la Z para saber que todas, de una forma u otra hemos sido y seguimos siendo violentadas. Tampoco tendría que hacer falta hacer un conteo para exigir que cambien las cosas. Pero lo haremos, las veces que sea necesario. Vamos a salir a pintar y gritar hasta que dejen de matarnos. Hasta que entiendan que nuestros cuerpos son nuestros y no de ellos, que nuestras vidas valen más que cualquier monumento.

Estamos y seguiremos furiosas hasta que las cosas cambien. El movimiento feminista, la revolución y la diamantina no tienen marcha atrás. Gritaremos ¡justicia! hasta obtenerla y hasta que se caigan las paredes del sistema que no ha querido tratarnos como iguales. Que les quede claro que “somos malas, podemos ser peores y al que no le guste, ¡se jode!”.

Ninguna mujer morirá sola, ninguna mujer estará sola. Somos muchas, somos amigas y estamos unidas. Quedan avisados: ¡Lo vamos a tirar! #FuimosTodas.

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