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El solar de la tía Juliana ¡Que en paz descanse!

A lo lejos, jadeante, se ve a Petra subiendo el cerro con una pierna, en las casas de adobe y lámina desciende un calor de cuatro demonios. Se cumplen cuarenta años de la muerte de la tía Juliana, Petra visita la tumba de su madre y enseguida mira a su tía, y le dice:

– ¡Ay tía! Lástima que los muertos no recuerdan, porque sentirías este dolor pegado en tu pecho, así como yo lo siento. Todos allá en el pueblo dicen que por tu maldición mi madre murió, un rayo cayó encima del tamarindo y de ella. Los pedazos del árbol chamuscaron mi pierna izquierda, desde tu maldición, la canija suerte nunca estuvo de nuestro lado.

En el más allá, lejos de la tierra, el recuerdo se hacía más profundo. La tía Juliana pensaba en la tierra quebrada y en el solar tan triste que hacia emigrar a la gente. 

En mi solar las piedras son mudas, todas tumbadas, no producen ni dejan huella de algún frondoso fruto. Los constantes sismos en la sierra zapoteca atormentaban al pueblo viejo, por eso la gente se fue hasta los valles de la cañada, en donde no crece ni una ilusión. 

¡Ay, cómo recuerdo el pueblo viejo! Ahí sí había tamarindos y éramos ricos. Mi madre, antes de irnos del pueblo viejo, me ordenó subirme al árbol de tamarindos para bajarle frutos. Tomé la rama más tupida del árbol y recogí más de un puño. Eran días de lluvia cuando mi mamá mascaba trabajosamente un tamarindo del pueblo viejo y que, sin cuidado, la semilla salió disparada como un cañón de fuego hacia el solar del nuevo pueblo, ahí la semilla pronto sucumbió como una pequeña esperanza.

Un día, saliendo de cuidar la vaca, vi un brote de tamarindo en la esquina del corral, toda pequeñita y tímida, tambaleándose por el viento de la mañana. Tomé el pequeño brote de la tierra, lo abracé y lo sembré en otro lugar, un espacio en donde la vaca no lo aplastara de una patada. Mi padre y mis hermanas decían que sembrar tamarindos era de poco fiar, a menos que Dios se apiade de uno, podríamos ver sus frutos.

El tamarindo significaba la esperanza de mi madre por tener algo que comer en casa, había fallecido sin ver ninguno en el solar. Por otro lado, para mí significa la lucha por contemplar lo único fértil de esta tierra. Los años pasaron y me volví vieja, con dificultad salía alimentar a las vacas, Petra, mi sobrina, ya caminaba.

Un viernes por la tarde, estando en el solar, la mamá de Petra intentaba subirse al único árbol de cuhachepil para cocinar sus flores con huevo y salsa, de puntillas se esforzaba para alcanzar las flores del cuhachepil, pero el tamarindo le estorbaba el paso. Por esto, quiso arrancar al tamarindo de un sopetón.

La velocidad impresionante con que se lo impedí permitió que no lo hiciera, mi ira descendió enseguida hacia sus ojos y la miré con fuego. Con todas mis ansias de agarrarle por los cabellos, de manera incontrolable, la maldije diciendo: ¡Maldita serás tú si este tamarindo se muere en tus manos!

Palabras que ahora a lo mejor ella no recuerda, pero yo que estoy en los cielos sí…

A Petra se le resbalaron las lágrimas por la mejilla, como si la tía le contara en silencio la historia. Era tan difícil pasar por la tumba de su madre sin poder decirle en vida que en el solar de la tía Juliana había nacido otro tamarindo, y que este comenzaba a tener frutos.

Así fue como Petra continuó su camino hacia el solar de la tía Juliana, aliviada, exhaló y dijo:

– ¡Que en paz descanse, tía!

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