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Historia de una pandemia

Historia de una pandemia

Marianna
Woman holding bull skull

⚠️⚠️⚠️ Esta historia se escribió en 2015 y su autora decidió publicarla por primera vez debido a la pandemia que se vive actualmente. Sin embargo, los personajes de esta historia no expresan el sentir de la autora respecto a lo que sucede en este momento y lamenta si lo aquí descrito puede herir a personas que han vivido una situación cercana o personal con esta enfermedad.

I

Nos acostumbramos a esa manera de morir: de pronto, sin advertencia ni explicación. Nadie se salvaba: mujeres, ancianos, jóvenes, niños, cualquiera podía morir de manera repentina. Le pasó a artistas famosos, a sacerdotes en medio de la misa, a deportistas en los estadios. Le pasó a las madres y a los asesinos, a los billonarios y a los indigentes.

Adentro o afuera, en las casas, en la ciudad o en las montañas, no había ninguna acción, lugar o condición que pudiera ayudarte o protegerte.

Cuando sucedieron las primeras muertes, el mundo entró en pánico, todos corrían preocupados a auxiliar a los caídos, los videos mostraban gritos y llantos ya que nadie comprendía qué pasaba.

No se pueden ni imaginar la crisis causada por las primeras noticias de las muertes fulminantes. Las personas se desesperaron, culparon al gobierno, a Dios, a los otros humanos, al calentamiento global, a los animales. Y sin embargo no había nada horrible en esas muertes salvo el hecho de que eran repentinas.

Yo vi a mi primer muerto cuatro meses después de que anunciaron la pandemia. A pesar de que ya había visto esa escena en la televisión, vivirlo en carne propia fue algo que me estremeció. Me había quedado a dormir en casa de Tristán, la mañana era fría por la lluvia de la noche anterior.

Caminaba hacia el metro cuando sucedió, solo vi cómo alguien en la calle se desplomó. Nadie lo ayudó, las personas lo vieron con indiferencia y siguieron su camino. Corrí hacia la persona pero ya no respiraba. En la esquina, un vendedor de comida me dijo: “solo hazlo a un lado para que no estorbe. Al rato vienen los de la basura y se lo llevan”.

II

Aún con la súbita convulsión de la vida cotidiana causada por estos hechos, y al ver que no había cura ni medio para evitar que esto sucediera, en algunos meses todo había regresado a su curso habitual.

Las personas se acostumbraron a esa escena y al sentimiento de que podías ser el siguiente sin signos ni advertencias. La pandemia dejó de ser relevante para los medios y ya ni siquiera era noticia para las familias. De pronto ya nadie ayudaba a los fallecidos, a lo mucho los movían junto a la acera para que no estorbaran a media calle, o los sacaban de las casas para que pasaran por ellos.

Los muertos podían quedarse hasta tres o cuatro días pudriéndose en la calle. Es por esto que el gobierno creó un servicio de levanta muertos. Usan uniformes naranjas, cubrebocas y guantes, y se mueven en camiones parecidos a los de la basura. Se dedican a llevarse a los cadáveres y los tiran en fosas comunes afuera de la ciudad, aunque hay denuncias de que también se llevan a cualquier borracho o vagabundo que encuentren tirado aunque no esté muerto. 

Los familiares pueden hacer una solicitud para que les devuelvan al cadáver y enterrarlo, pero es un proceso burocrático que lleva tanto tiempo que hasta ahora nadie ha recuperado nada. Probablemente si devuelven algo, sea el cuerpo putrefacto de alguien más.

Ahora que lo pienso, a mi tampoco me llevó tanto tiempo en superar la experiencia de mi primera muerte. Para cuando vi a la sexta persona caer muerta sin ningún motivo, ya ni me sorprendía ni me daba miedo. Nadie sabía quién podía ser el siguiente, no había síntomas, no era por contagio, no era un virus, no era una bacteria, solo era un azar inexplicable que tenía a los científicos confundidos y decepcionados.

Personas que habían convivido con los muertos seguían vivas, pero se registraban muertes en absolutamente todo el mundo. Los doctores habían descartado la sangre, la saliva, el agua, el aire, la comida, microorganismos diversos, y nada de eso era la causa. Al mismo tiempo, estas muertes no se parecían a nada que hubieran visto antes.

La población disminuía cada día más, por primera vez en muchos años la cantidad de muertes era radicalmente mayor a la de los que nacían. Algunos veían en esto un signo de que el mundo necesitaba librarse de la población humana. Aún así faltaba bastante para acabar con los 10 mil millones de habitantes del mundo. 

III

Desde que empezó la pandemia, las personas tienen comportamientos inusuales respecto a cómo era la vida antes de esto, pero supongo que es normal considerando lo que estamos viviendo. Confiesan su amor de un día para otro, piden disculpas de la nada, despilfarran todos sus ahorros, dejan de ir a trabajar. Algunos van a la iglesia todos los días, mientras que otros se juntan para hacer fiestas masivas sin ninguna clase de consecuencias.

Yo continuo mi vida normal, salgo con Tristán al cine o al parque y nunca hablamos de la enfermedad. A veces veo a mi familia, a veces salgo a caminar por la ciudad. No me preocupa mucho morir de repente, solo me preocupa que esa muerte sea dolorosa, aunque no lo parece, nadie grita ni hace gestos de sufrimiento. Es solo como si de pronto alguien desenchufara a esa persona. 

Lo que sí me preocupa, especialmente mientras tengo sexo con Tristán, es que caiga fulminado sobre mi cuerpo y yo no sepa qué hacer. O que me duerma y cuando despierte él ya se haya ido. Procuro caminar a todos lados y evito manejar, ya que la muerte súbita de los conductores ha causado diversos accidentes en la ciudad.

Ahora me da risa pensar en todos aquellos que vieron muchas películas y creyeron que era el inicio de una epidemia zombi. Pero es cierto que hay grupos que siguen esperando en los tiraderos humanos a que alguien se despierte para darles un balazo en el cerebro. Mientras tanto, otros se han atrincherado en sus casas por si acaso un día despiertan, aunque ya ha pasado demasiado tiempo como para que eso suceda. 

Los científicos insisten en buscar razones, pero yo a veces dudo si exista alguna. ¿No podría la vida solo empezar a desaparecer así cómo fue creada? Que nuestra energía vital cese de pronto en nuestros cuerpos humanos sin ninguna explicación. No me parece descabellado.

Algunos quieren ver en esto una prueba de que Dios está enojado con nosotros por nuestros pecados, pero más bien parece una invitación a disfrutar más la vida. Un carpe diem obligatorio. Siempre supimos que íbamos a morir, pero nunca estuvimos tan conscientes de ello como ahora. 

IV

No lloré el día de la muerte de Tristán, aunque era la persona con la que más disfrutaba pasar el tiempo. A mi familia la veía, pero poco, no hablábamos mucho, mientras que él había sido mi principal compañía durante varios años.

Sucedió una mañana, como cualquier otra, hacía frío, había llovido la noche anterior, habíamos dormido juntos. Nos sentamos a desayunar mientras veíamos la televisión, ya no se hacían programas en vivo porque se podían morir los camarógrafos, los conductores, los actores, era complicado.

En vez de eso las televisoras optaron por transmitir programas de hace muchos años. Estábamos viendo un documental sobre animales de África. Recuerdo que Tristán me contaba sobre los elefantes, decía algo así que ellos se alejan de la manada cuando están a punto de morir.

Me levanté para ir por un vaso de agua y en ese momento lo escuché. El ruido había sido muy claro, algunos platos se habían caído y el sonido metálico de la cuchara en el piso me dio a entender lo que acababa de pasar. Me quedé un momento en silencio oyendo la voz del narrador del documental. Me concentré en esa voz porque sabía que Tristán ya no me respondería, quise decir su nombre para comprobar que todo estaba bien, pero en el fondo sabía que estaba muerto. 

No me pude mover por varios minutos, no sé cuántos, la única imagen que recuerdo es haber visto su cara en el plato de cereal. Lo cargué como pude y lo senté sobre el sillón. El documental había acabado y comenzaba un programa de comedia de los años cincuenta, el clásico programa que después de cada escena graciosa tiene risas grabadas.

Pensé que las risas de los programas de televisión son de personas que ya están muertas, se grabaron para algún programa que ya nadie recuerda y desde ahí seguimos reproduciendo ese sonido una y otra vez. Nos reímos junto con los muertos. Constantemente estamos conviviendo con ese mundo que nos llena de incertidumbre, pero que al mismo tiempo es la parte medular de nuestra existencia. Era tan claro ahora, tan claro como ver a Tristán muerto a mi lado, cuando apenas hace unas horas todavía existía.

Estuve dos días sin dejar el departamento. Tuve una breve intención de pasar mi tiempo ahí para que si yo moría, pudiera quedarme con la persona que más había querido hasta entonces. Pero me resultó un poco cursi e innecesario: era mejor salir a caminar, ver el sol, convivir con aquellos que todavía estaban vivos.

Escuché al servicio de levanta muertos acercarse, así que lancé a Tristán por la ventana, me estremeció el sonido de su cuerpo al caer contra el pavimento. Miré esa última escena desde el balcón, mientras el vecino me daba los buenos días. 

La vida había cambiado, ya no había tiempo para perder el tiempo, había que vivir y no otra cosa. Después de experimentar la muerte de Tristán, pensé que no había ningún problema con la muerte, el recuerdo de su sonrisa me hacía saber que, a pesar de todo, no tenía miedo. Aunque lo había querido, no sentía pena, y la poca tristeza que sentía sabía que iba a cesar en cualquier momento. Mientras caminaba por la calle de su casa, sabía que yo podría ser la siguiente a la que arrojaran en un camión.

V

Poco a poco todo se fue quedando vacío, ciudades enteras dejaron de tener sentido, ¿quién las construyó y por qué? Las autopistas y los rascacielos ahora se veían inútiles e innecesarios, pero algunos todavía podíamos recordar que habían tenido un propósito, aunque cada vez era más una idea lejana. Como cuando te despiertas de un sueño y tienes tan solo unos segundos para recordarlo.

Entre más fue avanzando la muerte, menos desesperados estábamos. En el fondo presentíamos que ese era el fin de la humanidad y estábamos bien con esa idea.

Los meses pasaron, sin ninguna solución, cura o explicación. No presencié la muerte de mis padres, pero un día llegué a su casa y nadie abrió la puerta. Asumí que había sucedido lo inevitable y no me dieron ganas de descubrirlo. 

La única frase que consolaba a los que quedaban era que teníamos que seguir disfrutando la vida. Pero ya no la disfrutaba, algunos pensamientos me llenaban de temor; ¿por qué habían pasado tantos meses y yo seguía aquí? ¿por qué no fui de los primeros en morir y tuve que ver morir a Tristán, saber que mis padres también habían muerto? Empecé a beber más para olvidar esos temores. 

Las otras personas también estaban desesperadas, habíamos pasado de una euforia por vivir lo más posible a la tristeza de no haber sido los primeros en morir y ser incapaces de hacer algo a estas alturas. ¿Y si de pronto alguien descubriera una cura? ¿seríamos capaces de volver a empezar? ¿y si algunos de nosotros éramos inmunes a esa enfermedad? ¿y si todavía nos faltaran muchos años por vivir? Sentí terror de solo pensarlo.

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