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Hoy tengo que decirte papá

Con motivo de la celebración del Día del Padre, Yeni Rueda López escribe sobre su relación con el suyo. Muestra cómo la figura paterna puede ser ambivalente entre la ternura, el cariño y el amor, mientras que hay otra parte relacionada al miedo, la ira e incluso el alcohol.

I

Foto de la autora.

¿Recuerdas esa escena en la que Mufasa reprende a Simba después de desobedecerlo deliberadamente? La voz del León Padre, que antes había sido sumamente dulce, acogedora y tranquila, se convierte en un trueno que rompe la tranquilidad de la noche. Dice contundentemente: “Tengo que darle a mi hijo una lección”. La melodía compuesta por Hans Zimmer marca dos compases, como sutiles y contundentes tambores que remarcan la gravedad de la escena. Luego se incorporan otros instrumentos, pero el sonido sigue siendo lastimero, quizás para mostrar el miedo de Simba o para realzar la vulnerabilidad que Mufasa mostrará más adelante.

Cuando el cachorro avanza sobre las huellas de su padre se da cuenta que sus patas se hunden. Mufasa es mucho más grande. Simba se sienta a un lado de él con las orejas echadas para atrás, en una clara señal de arrepentimiento. Luego Mufasa, con severidad, le hace ver que no sólo lo desobedeció, sino que de manera irresponsable puso en peligro su vida y la de su amiga. El padre está decepcionado del hijo. El hijo dice que lo único que quería era ser valiente como el padre. Y, entonces, una verdad se revela: Mufasa acepta frente a su hijo que, aún siendo valiente, sintió mucho miedo. En su cuerpo se manifestó el mayor temor que un progenitor puede tener, el de perder a su hijo. Luego viene una lección cursi sobre la valentía, pero cuando menos lo esperamos, Mufasa ríe y juega con el cachorro, para luego observar el cielo nocturno.

El rey león fue la primera película que vimos juntos, aunque no la vimos solos. Mamá iba con nosotros. A pesar de eso, no puedo dejar de relacionarla con tu figura, al mismo tiempo imponente y cariñosa como la de Mufasa. Puedo verme claramente, yendo en tus brazos hacia el cine de Las Plazas, en el centro de Cuernavaca. ¿Fue a ti a quien pregunté si Mufasa realmente estaba muerto o sólo se había dormido? Luego, me regalaste un libro con un reloj de la película. Me lo leías por las noches, me enseñaste a “decir la hora” con ese reloj. Luego compramos el VHS de la película y la vimos varias veces. También cantábamos Ciclo sin fin y Esta noche es para amar. En esos días, el paso del tiempo era mucho más lento, para ambos.

El año que se entrenó El rey león yo tenía 4 y tú tan solo veinte más. Quizás, ambos compartimos esa película no como padre-hija, sino como dos niños con una imagen difusa, complicada pero amorosa de su padre. ¿Fue por esa película que comenzaste a llamarme cachorrita? ¿Fue por esa temporada que aprendí a temerte al mismo tiempo que amarte?

Foto de la autora.

II

Foto de la autora.

El otro día te pregunté qué pensaste cuando me viste por primera vez. Como siempre que intentamos ponerte al centro de la conversación, evadiste la pregunta y solo me dijiste que feliz. Como una respuesta parca no basta, me sigo preguntando: ¿qué sentiste al ver un diminuto y arrugado bebé sobre la cama de la casa de la abuela? ¿te sentiste decepcionado porque no era un varón? ¿te sentiste arrepentido de ser papá a los 20 años? Yo creo que tu primer pensamiento fue: “con ella no voy a poder jugar fútbol”.  

Tampoco siento que me hayas amado desde el primer instante en que me viste. Al contrario, creo que aprendiste a quererme. Aprendiste a tocar con ternura el pelo de tu hija mientras convalecía de fiebre, a cargarla delicadamente entre tus brazos cuando sus pulmones estaban llenos de flemas, a sobarle las piernas cuando gritaba de dolor en las noches de invierno, o a tranquilizarla cuando tenía miedo por los truenos.

Seamos honestos: no eres precisamente la persona más cariñosa de la familia. Y, sin embargo, no tuviste reparo en darme abrazos fuertísimos que a veces me hacían sentir como un patito de goma. Y los besos, miles de besos siempre en mi rostro, en mis manos, en mi cabello. Mi mamá me contó que siempre que me cargabas en la cangurera te daba miedo que me cayera por alguno de los costados y me sujetabas con mucha fuerza. Tu propósito era no dejarme caer. No dejarme caer.

Tus brazos, siempre han sido tus brazos. Tus manos de jardinero, marcadas por las ramas de las buganvilias y los piquetes de avispas. La fuerza de tus abrazos, de tus besos, de tus destellos de ternura hacia una hija a la que nunca has terminado de comprender. No importa cuánto hayamos discutido, cuánto me hayas lastimado, cuánto hayas gritado o puesto tu cara de oni, cada que me abrazas el mundo se desdibuja, mis dolores y miedos se apaciguan. Nadie como tú para darme protección. Cada que me abrazas y me dices que me amas, soy esa niña a la que cargas con todas las fuerzas de tus veinticinco años. Pero también, nadie como tú para hacerme sentir amenazada.

III

Foto de la autora.

Si mi corazón fuera una caja de latón que almacenara recuerdos, tendría estas imágenes guardadas:

  • El día que te vi en la cocina de lámina con una herida que te atravesaba la cabeza. Tus manos llenos de sangre. Tu miedo transformado en ira.
  • La tarde en la que veíamos Los Supercampeones en la recamara. Me preguntaste algo y contesté de mala gana. El peso de tu mano cae en mi rostro y una pequeña fisura sanguinolenta aparece en mi labio.
  • La tarde después del catecismo que pasamos escalando árboles en el Parque Chapultepec.
  • Todos los hot-cakes que me compraste en la feria de San Francisco de Asís y que terminaban en el piso por mi torpeza.
  • El día que me rompiste un diario en el que escribí que me gustaba un niño de mi salón para luego prohibirme la amistad con los varones.
  • Tu ausencia la noche que me picó un alacrán y por primera vez sentí miedo a la muerte.
  • Aquellas noches de lluvia en la que prendías tu grabadora y me cantabas: Café con piquete, En mi viejo San Juan, El chorro de voz y El oso carpintero.
  • Las tardes después de la escuela durante el 2003, nosotros comiendo chucherías mientras veíamos los partidos de la Champions League o capítulos de Dragon Ball Z.
  • La noche patética en la que despedazaste los nervios de mi madre y amenazaste con suicidarte frente a mí.
  • Todas las noches en las que mamá y yo nos íbamos a la cama con la plena certeza de tu ebriedad violenta.
Foto de la autora.

Cuando Leonardo Favio canta “pobrecito, pobrecito mi padre tan niño muerto. No sé, yo lo hubiera criado de otra manera”, pienso, I really feel that.

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