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La indiferencia ante la crisis de Pantelhó y Chenalhó

La indiferencia ante la crisis de Pantelhó y Chenalhó

Alto al fuego Chenalhó Pantelhó

Tras años de omisión y corrupción por parte de las autoridades, y detonados por el asesinato de Simón Pedro Pérez López de la Sociedad Civil de las Abejas dos días antes, el 7 de julio el grupo de autodefensa “El Machete” decidió confrontar a los sicarios del crimen organizado que están más empoderados desde las últimas elecciones. De ahí se detonó un conflicto armado que resultó en el desplazamiento forzado de más de 2 mil personas de la cabecera de Pantelhó y comunidades aledañas. Miles huyeron hacia otros pueblos y municipios y otros tantos más a las montañas, corriendo por sus vidas sin poder llevar nada ni para protegerse de las lluvias. Entre ellos hay niños, niñas, mujeres embarazadas, ancianos, enfermos. No se sabe cuántos fallecieron ni cuándo podrán volver a sus casas y hasta el momento no hay ni un detenido por los asesinatos. El hecho no está teniendo mucha cobertura mediática a nivel nacional y prácticamente nula a nivel internacional. ¿Por qué no parecen importar las vidas de comunidades originarias? Este ensayo-crónica de reflexión personal intenta hacer un análisis de la sensibilidad blanco-mestiza que no ha servido y sigue sin servir para transformar esta realidad. Pueden leer más sobre los hechos en esta nota de la Jornada.

 

Foto de Shelby. Acción por los desplazados el domingo 18 de julio por parte de la Asamblea Feminista de San Cristóbal y mujeres autoconvocadas

En la ciudad de México nunca escuché sobre estos lugares. Como si fueran cualquier pueblito en medio del desierto producto de diásporas y saqueos sin ninguna gran particularidad, como si fueran lugares poco remarcables o memorables o históricamente relevantes. De Chamula sí, hasta visité con mi familia a los 14 años cuando hicimos un viaje en carro desde Cozumel de vuelta a la ciudad. No sabía casi nada sobre Chiapas ni la historia de México en realidad, más que el típico chismerío sobre los despapayes de un puñado de hombres a quienes les gustaba jugar con armas y constituciones.

En mi casa no se hablaba mucho sobre los procesos de los pueblos ni sobre el Sur ese con mayúscula ni sobre los movimientos sociales. Se hablaba sobre la verdad, la justicia, el bien y el mal, la culpa, el deber ser, y muchos conceptos abstractos y filosóficos; pero no había una oralidad viva de resistencia o lucha social mas que la propia de mi contexto: nuestros antepasados han luchado y sobrevivido mucho para llegar hasta acá, hay que trabajar y estudiar.

Lo que recuerdo que me enganchó cuando me platicaron a dónde íbamos lo puedo resumir en estos discursos: “son indígenas de verdad, como más tradicionales y paganos y usan su traje típico”, “no se puede tomar fotos porque piensan que les vas a capturar el alma, son supersticiosos”, “hay mucha miseria y mucha injusticia y mucha decadencia: pobreza”. Mis recuerdos de ese viaje son borrosos, recuerdo la juncia en el suelo, el pox adentro de la iglesia, las caras de los santos y de los niños vendedores.  

En 2013, mi yo de 22 años se vino a vivir a San Cristóbal de las Casas, que ya estaba en el camino de ser la Disneylandia hippie que es ahora. Como buena mujer privilegiada y citadina con mentalidad occidental llegué sintiendo que “descubría” algo, y así lo comunicaba en mis redes a mis contactos que no conocían otra realidad que la carrera vertical de la ciudad (“no van a creer cómo son las cosas acá, no saben de lo que se están perdiendo”).

Empecé a idealizar las formas de vida que percibía acá: más comunitarias, más autogestivas, más conectadas a la tierra, más espirituales. Aquí había músicos, escritores, poetas, libreros, yogis, activistas y, más en la periferia, también había personas de pueblos originarios (aquí aprendí a no usar tanto el término “indígena” y a nombrar a las personas más bien por su etnia), tsotsiles y tseltales en su mayoría, abriendo caminos en el arte y la cultura y la resistencia desde los barrios y desde las comunidades. Yo vivía en esa burbuja del centro y veía que el mundo del arte y la cultura acá no se basaba tanto en trabajar en instituciones ni exponer en los lugares más “top” como en la Ciudad, sino en ser artista callejero o dar talleres, y que las disciplinas y las luchas se entrecruzaban y mezclaban, a veces hasta en una persona. 

Fui a una fiesta tradicional en Aldama a las pocas semanas de llegar y esa fue mi primera probada de algo que me emocionaba incluso más que mi fantasía del pueblito progre cultural y espiritual. Me convencí de que iba a aprender tsotsil y encontrar la forma de vivir en y con alguna comunidad en algún momento: yo ya me veía ahí, encontrando alguna forma de ser útil y desarrollarme, porque las personas me parecieron tan amables, interesantes, fuertes, creativas, conocedoras, inspiradoras.

Y, sobre todo, los paisajes y la tierra me capturaron y me llamó tanto, que estaba segura que podríamos coexistir en paz y armonía como hermanos del arcoíris. Sentía una pertenencia que nunca sentí en la ciudad y hasta el día de hoy no me lo explico. Porque es claro que no pertenezco ni en la cultura ni en ninguna de estas comunidades que resiste y enfrenta tantas violencias tanto externas como internas. Yo sólo amaba reír con los niños, ensuciarme en la cocina, que a nadie le importaran mis pelos en las axilas porque de por sí toda mi apariencia les parecía extraña, amaba encontrarme en las veredas a ancianos muy muy ancianos que siguen trabajando el campo. Me gustaba lo bonito, lo que me servía, lo que me daba algo distinto a lo que conocía: desde luego no me hubiera gustado enfrentar las carencias ni las limitaciones que se tienen como mujer al interior, ni como personas de pueblos originarios en la urbe, en el banco, en el hospital, en el ministerio público. Yo podía darme el lujo de ser fachosa, de estar “encontrando mi camino”. Las mismas acciones, actitudes, decisiones de vida, eran leídas y tenían repercusiones abismalmente distintas si las hacían ellas o yo. Me cayeron demasiados veintes sobre mis privilegios.

Nunca llegué a presumirme como “ciega de color” ni a negar las diferencias obvias y profundas entre mi realidad y la de las personas que estaba conociendo. Únicamente (y no es nada mínimo) di por hecho una complicidad y conjunción de voluntades por deseo mutuo, entre prácticamente cualquier persona de alguna comunidad y yo. No concebía la posibilidad de más bien un utilitarismo mutuo. Y no sólo esa perspectiva idealizada es profundamente racista, también me expuso a burlas y abusos, y no dudo que también a cometer violencias a pesar de mis buenas intenciones. Los veintes me iban cayendo poco a poco y era difícil reconciliar mis ideales con la realidad.

Creo que en la historia de todas esas interacciones que ha habido entre nosotros los “otros” y ellos, que jamás se confundirían a sí mismos con nosotros, está la explicación de cómo es posible que estas desigualdades puedan seguirse sosteniendo a pesar de que ya se nombraron tantas realidades, ya se derramó tanta sangre y ya se extendieron buenas voluntades para cambiarlo. Con nosotros me dirijo a mis semejantes que no somos de alguna comunidad originaria, los pueblos de acá nos nombran kaxlanes, sobre todo a quienes también gozamos de privilegios raciales o de clase.

Mi propia buena voluntad para cambiarlo y genuino interés en hacerlo y además admiración real por la cultura, la cosmovisión y la lengua me llevaron por caminos que fueron muy dolorosos pero me permitieron reconocer que (obviamente) ser tsotsil o tseltal o campesino maya no te salva de poder ser un asesino, un mafioso, un macho, un capitalista, y lo que quieran agregar a la lista. Lo que más me llevaron a aprender fue sobre mis propias contradicciones y limitaciones. Entre mis experiencias, di clases alrededor de tres años en Yochib, que es una comunidad tseltal igual de las más afectadas por la violencia. También me enamoré de un hombre chenalhoense justo de la región de Acteal, que es lo que me lleva por fin al tema de Chenalhó y Pantelho. Mi viaje de seis meses a San Cristóbal se ha convertido en una estancia de 8 años hasta la fecha, donde varias veces me he encomendado en cuerpo y alma a los grandes espíritus de estas montañas. Y esa relación fue el parteaguas. 

Cada vez que iba a las comunidades sentía que ya no estaba en México, aunque más bien la idea misma de México comenzaba a desdibujarse. Las montañas eran las soberanas de la existencia y lo habían sido desde que el pueblo tsotsil se estableció ahí y durante todos los siglos que se han resguardado en ellas resistiendo a la colonización.

Para mí era un lugar sin ley, donde pasaban Nissan de radilla, donde podían ir paradas hasta 20 personas, con bebés en brazos y niños colándose del barandal. En esas montañas chenalohenses ya cerca de Pantelhó conocí las maravillas de la milpa, vi que ahí era más importante saber usar el hacha y el machete e identificar las plantas comestibles y medicinales y saber desgranar maíz y tortear y lavar la ropa a mano y hacer pequeñas obras de infraestructura que leer o cualquier cosa que se enseña en la escuela.

Llegué a coincidir con que todo esto era más importante que esas pendejadas de la literatura y la filosofía que me habían obsesionado en mi juventud y que en mi casa eran tan importantes. Aprendí (no al cien) a caminar por veredas empinadas y angostas que se volvían toboganes en temporada de lluvia. Quise probar que yo no era pura palabrería y mamonería de ciudad y me esforzaba siempre por hacer todas las cosas que hacían mi pareja y su mamá y sus hermanas.

Al principio no me era tan claro, pero cada vez era más evidente que se removía en mí mucha culpa. ¿Por qué nunca supe de esta realidad ni valoré todo lo que ellos y sobre todo ellas hacen y sostienen? La diversidad de semillas, esta agua limpia, esta montaña poderosísima, esta lengua tan antigua y cargada de sabiduría, el calendario agrícola, tantos conocimientos. Ellas lo valoran. ¿Por qué a mí no me enseñaron a valorarlo? Lo peor empezó cuando me di cuenta que no sólo era una familia humilde que se mantenía con poco pero era feliz.

Descubrí que sus sonrisas y aparente comodidad con la sencillez de sus vidas escondía mucho dolor y angustia por deudas, marginación y opresión. Las empecé a ver como víctimas y a mí misma como una necesaria salvadora. Yo no las salvaría directamente, pero tenía que ser la portavoz de la causa que representaba en esencia salvarlas. Para que puedan seguir existiendo, en su perfección de sencillez y pureza. ¿Cómo era posible que no hubiera nadie que valorara a esta familia y a todas las demás que enfrentan carencias en las comunidades? ¿Cómo era posible que hubiera tantas personas hablando sobre la colonización y el medio ambiente y la agricultura sostenible pero quienes resisten desde todos estos frentes están endeudados sin una pizca de ayuda enfrentando indiferencia total y hasta más abusos, sal sobre la herida? 

Me empecé a radicalizar en la idea de que no es posible que se gaste en ciertas cosas o que se realicen ciertas actividades o eventos cuando están sucediendo tragedias frente a nuestra cara y podríamos organizarnos para destinar nuestro dinero a otros fines que se traducirían en salvar vidas. No hay movilización social posible sin esta convicción, ni la más modesta. Me daba mucha culpa que mi familia estuviera tomando vacaciones en la playa o comiendo en restaurantes mientras la familia de mi pareja no tenía ni estufa de gas. Además de culpa, sentía vergüenza por mi piel clara y mi naricita y boquita y mi feminidad aceptable y mi frívolo pasado Condechi y gringo, no ayudaba que mi pareja a cada rato me reafirmaba estas ideas burlándose de cosas como mi práctica de usar piyama o mi preferencia por dormir en un colchón.

Si me molestaba el racismo y la indiferencia de las personas hippies, izquierdosas y artistoides ni hablar de todas las demás personas. Se me instaló un desprecio profundo por la persona promedio que San Cristóbal que usa “chamula” como insulto, que sigue tratando a los “indios” de “salvajes” y omitiendo cualquier dato verídico sobre su realidad al grado de seguir llamando “dialecto” a sus lenguas originarias.

Dejé de pensar en mi carrera, de buscar trabajos que me llamaran, mi trabajo principal y de tiempo completo era mi novio y detrás de él su familia, la lucha por protegerlos que para mí significaba proteger lo que protegen: la milpa, las montañas, la lengua, una cosmovisión donde todo tiene un lugar y un por qué. Confronté muchas veces a mi familia por haberme inculcado ciertos hábitos, aspiraciones y valores que ahora chocaban con lo que quería hacer y ser. Sólo me sentía bien cuando alguien me validaba en mi papel de santa, sólo entonces la culpa y la vergüenza se calmaban un poco, pero esto sucedía muy poco (porque realmente casi nadie se estaba creyendo que yo realmente era una santa).

En una larga historia de auto-rechazo y baja autoestima este fue el punto en el que más me odié a mí misma. Mi pareja, que no era ningún santo tampoco, se aprovechó de eso violentándome psicológicamente, haciéndome trabajar para él, disponiendo de mi dinero y hasta golpéandome en algunas ocasiones. Hubo un ahorcamiento y una vez me escupió en la cara. Pero la humillación y el desprecio eran precios que yo debía pagar porque él y su familia eran los oprimidos, no yo. Por eso ni me podía quejar de que en la casa donde me llevó a vivir no había regadera y las paredes tenían huecos por donde se colaba el frío y estábamos en medio de un banco de arena.

¿Hasta dónde había llegado mi convicción de que debemos parar todo, sacrificar todo, hasta que la dignidad realmente sea pareja, hasta que no haya ni una vida que agonice ante la indiferencia generalizada? Hasta la soledad más profunda que he conocido. Hasta el abandono más total de mi propia dignidad y bienestar e integridad y convicciones y sueños. Porque las personas en general tienen más consciencia de sus propias limitaciones y contradicciones que la que yo tenía en ese momento. Y la mayoría escogen la indiferencia o hacen alguna u otra cosa para limpiar su culpa y luego lo sueltan y siguen con sus vidas para no volverse locas como yo. Como siempre me dice mi mamá: “Si yo me pongo a ver todo lo que está mal en el mundo, no me pararía nunca de la cama por la depresión”. Pero yo en ese momento era como mi amiga Aless que se para en medio de la peda a llorar porque el dinero que estamos gastando le podría haber servido a alguien que realmente lo necesitaba.

Ya pasaron como tres o cuatro años que empecé a salir de ese laberinto y no hubo de otra que reconciliarme conmigo misma, con mi origen, con mi familia. La culpa y la vergüenza no se han ido pero ya están más tranquilas, somos viejas amigas que me ayudan a siempre volver a la tierra y a la empatía. Ya pude ver a mi pareja como el hombre abusivo y violento e incluso sádico que fue conmigo y luchar un poco por mi dignidad. Y me sigue costando trabajo reconciliar este proceso con el lugar que sigue ocupando en mi corazón este pueblo, a pesar de todo. ¿Cómo puedo conmoverme por ellos si estoy criticando la romantización que hacemos y nuestro sentimentalismo que no ayuda en nada? ¿Cómo puedo pedir que se les apoye cuando yo terminé denunciando a mi agresor a pesar de que yo decía apoyar a su familia incondicionalmente? ¿Cómo puedo llamar a la solidaridad cuando he sido tan imperfecta en mis formas de ayudar, que no estoy segura si alguna vez he ayudado realmente en algo?

Escribí este texto intentando entender la ola de emociones que se me vino encima desde que se suscitó esta última ola de violencia en Pantelhó y Chenalhó. No es nada nuevo: disparos en las montañas. Mercenarios del narco-estado queriendo aniquiliar la única verdadera resistencia anticapitalista que existe en este territorio. Y sí, de ambos lados son tsotsiles y no hay mucho que tú y yo, compa güero o mestizo, podamos hacer. Aún así es desolador que seamos tan pocos los que reaccionamos. Que en medio de una pandemia y una matanza a sólo unos kilómetros de aquí, donde ya se ven circular decenas de camionetas de la Guardia Nacional, el centro de San Cristóbal haya sido una burbuja de consumismo y hedonismo despreocupado como si nada estuviera pasando. Llegué tarde a una acción donde prenderíamos velas en vigilia por la matanza.

Fantasee con la idea de que llegaríamos muchos, de que las personas irían contando por qué iban y que poco a poco se irían sumando hasta turistas y coletos. Imaginé la plaza llena de velas y gente llorando y gente de las comunidades viendo y asombrándose ante el hecho de que efectivamente nunca más habrá un México sin ellos. Otra fantasía romántica mestiza. Pero la realidad es que sigue siendo el mismo país de antes. Mientras caminaba y veía tantas caras sonrientes y para nada indignadas pensaba: es más fuerte el poder político del dinero que el poder político de cualquier idea. Vi a un europeo sonreír en el atardecer del Andador y emitía tanta paz interna, se notaba que se sentía completamente seguro ahí parado.

Más adelante vi a un limosnero sin piernas y vi que el que le estaba dando su limosna era otro tsotsil de rostro cansado y desencantado. Ellos y las vendedoras de artesanías y los meseros de los bares, también tsotsiles o tseltales en su mayoría, eran los únicos que no parecían estar en un trance de disfrute en el pintoresco andador. Los más “de aquí” son los menos felices aquí, es el mensaje que se lee en las corporalidades del Andador.

Cuando por fin llegué, sólo me encontré a dos amigas, una con su sobrina y una con su pareja, unas 20 velas en la cruz rodeadas de niños tsotsiles que jugaban con ellas y un fotógrafo seguramente de alguna ONG o medio independiente. La acción había sido breve y las velas no se distinguían entre todas las luces de los puestos nocturnos. Cuánto nos cuesta organizarnos para defender lo nuestro, tanto más así nos va a costar organizarnos para valorar y defender algo que no es nuestro, como territorios que de por sí consideramos condenados al caos y la violencia. Considero que nos falta mucho sobre todo a las personas con privilegio blanco y/o de clase hacer conscientes las formas en las que lidiamos con la culpa y con las realidades incómodas.

Foto de Eve Colín. Acción por los desplazados el domingo 18 de julio por parte de la Asamblea Feminista de San Cristóbal y mujeres autoconvocadas

Nos falta mucho para poder hacer uso de nuestros privilegios sin deshumanizar, utilizar, minimizar, apropiarnos de dolores, protagonizar o irnos al otro extremo del masoquismo y auto-castigo desde la culpa. Además, es una ilusión pensar que esa violencia no nos alcanzará también a nosotros. Nos enseñaron a ser hipersensibles e hipercríticos pero no a transformar nada, por eso somos tan buenos para inventarnos justificaciones de por qué seguimos en la fiesta o persiguiendo carreras que no ponen en el centro la sobrevivencia colectiva ante el colapso social y ecológico.

Prendí mi velita, la coloqué junto a las otras, y me colapsé en llanto. Y nuevamente, no sirvió de nada, ningún tsotsil se acercó a mí para decirme “gracias por llorar por nosotros”. 

Si te nace redistribuir un poco de tu dinero a la causa de los desplazados, puedes donar a la organización Caritas San Cristóbal. Depósitos a Banorte cuenta: 0642624985 Clabe: 072130006426249855 o Paypal.

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