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La bicicleta y mi libertad

O cómo comencé a andar en bicicleta en el Distrito Sideral

Para celebrar el Día Mundial de la Bicicleta, Mariana escribe este texto de cómo decidió comenzar a utilizarla como medio de transporte. A partir de entonces se ha convertido para ella en algo mucho más importante que solo una manera de transportarse.

Fue misterioso, quizás místico.

En aquel entonces me acababa de mudar y vivía a unos 15 minutos de mi escuela. Había perdido mucho y apenas tenía 18 años, mi vida se había desenvuelto así. Y nada, la idea de tener una bicicleta me fue invadiendo sin razón. Antes de mudarnos solía pasar largas tardes recorriendo Coyoacán.

Cualquier cita era una buena excusa para caminar, pero en el camino sentía que mis pasos no alcanzaban, que mis recorridos, siendo cortos en coche, eran demasiado largos a pie. Aún así, me empeñaba en caminar porque me encantaba el mundo exterior: respirar el aire y ver la realidad, no a través de una ventana, pero con todos sus colores, observar el esplendor de la cotidianidad urbana.

“Quiero una bici”, pensé. Nos mudamos a Tlalpan y encontré una bicicleta en un periódico Segunda Mano. El dueño me dijo que necesitaba dinero para la operación de su mamá y me alegró que yo de alguna manera estuviese ayudándolo. La bici era grande y pesada, una bici de montaña hecha de acero y pintada de azul neón.

Alguien me recomendó que la tuneara y pronto comprar partes nuevas se volvió una obsesión. Tuve que comprarle unos cambios nuevos, un asiento, una cadena y así fue cómo poco a poco fui aprendiendo cómo funcionaba la bici. Entender cómo funcionan las velocidades me ha tomado varios años y experiencias.

¿Por qué tiene su chiste? Descubrí que existen otros cambios distintos a los cambios de puño, esos que giran siempre que aprietas mal la bicicleta, o que cuando envejecen se vuelven muy pero muy duros. Compré también una pieza con más velocidades y eso me llevó a comprar una nueva cadena.

También le compré un asiento nuevo a la bici, en fin, me la pasaba yendo a Pino Suárez, conociendo las mejores tiendas y las más tranzas, descubriendo la anatomía de las bicicletas y viendo de reojo a las mujeres que se prostituyen junto a la calle, preguntándome cómo eran sus vidas. Cuando la bici estuvo lista la observé y supe que se llamaba Paquita. 

Me sentía como un jinete sobre Paquita. Era grande y fuerte y andaba con suavidad, podía cambiar de una velocidad a otra como agua incrementando o disminuyendo su flujo. El camino a la escuela de 15 minutos se convirtió en siete y descubrí una nueva máscara que me agradaba mucho incluir a mi personalidad, la de la ciclista. “¿Te viniste en bici?” “Sí”, comentaba yo casual (y orgullosamente). 

Mi primer accidente

La prepa se estaba acabando y junto con ella se cerraba un capítulo, o más bien una serie de novelas, muy significativas en mi vida. Una mañana salí disparada para tomar mi último examen de español y en el camino me salté un tope a medio camino. Frené de golpe y como el freno delantero estaba más ajustado que el trasero, Panchita me catapultó como mujer bala.

Foto de la autora.

Por un segundo eterno me vi volando y pensé: “qué bella sensación”, hasta que supe que pronto iba a chocar contra el pavimento y apenas alcancé a meter mis manos. Llegué al día siguiente a la escuela con una muñeca dislocada y la otra fracturada, heridas que tuve que cuidar con mucha paciencia. Más la caída no me alejó de la bici.

Entendí que me había caído porque la emoción que me provocaba la libertad que sentía en mi bici había sido tan grande que pensaba que podía volar sin problema, que no había topes en el camino, que mi bici no necesitaba mantenimiento. Así que llevé a Paquita al taller para que le ajustaran los frenos y en cuanto me recuperé descubrí un nuevo ritmo de andar. 

Entré a la UNAM y un par de mañanas en el metrobús, apachurrada entre las demás personas que entraban en hora pico, bastaron para convencerme de hacer el recorrido en bici. En aquel entonces, hace casi 10 años, los ciclistas que llegabas a ver sobre Insurgentes eran raros. Solo se veían vendedores de tacos de canasta, o cargadores acostumbrados al tránsito del distrito sideral.

Usar la bicicleta sobre insurgentes para llegar a la UNAM era un acto pionero, y lo asumí como tal. Cada mañana conquistaba un poco más de seguridad, en mi camino perdía un poco más de cansancio. Caminos que parecían planos al transitarlos en vehículo, en bici subían y bajaban. ¡Para mi resultaron montañas a conquistar!

Me solía detener mucho a lo largo del camino, tomando bocanadas de energía y debatía constantemente con el sentido común (de mi papá) que me decía que no lo hiciera. Mi mente y mi cuerpo entraban en tormentas sobre el uso de Paquita, pero mi espíritu, como mi perrita Prudencia cuando le soltábamos el collar, ya estaba metros por delante. Así fue como poco a poco el camino me fue develando la belleza de Ciudad Universitaria. 

La bici se volvió parte de mi vida… y mi estilo. Un día me encontraba en alguna fila, esperando pagar un traje de baño y vi una revista en cuya portada había algo insólito: una bicicleta en medio de un desierto. Aún recuerdo la imagen; el desierto era rojo, dividido por una barranca, y la bicicleta yacía sobre de él, con absoluta certeza de haber recorrido aquel horizonte. Le platiqué a mis amigos sobre esta imagen y una de ellas me dijo:

¡¡Sí!!! ¡¡Está muy loco el cicloturismo!! Yo tengo unos amigos que viajan en bicicleta.

¡¿En serio?!

¡¡Sí!! Le están dando la vuelta al mundo.

¡Wooooooow! ¡¡¡No es verdad!!!

¡¡Sí!! Salieron de Francia y llevan dos años subiendo por América del Sur.

No way!!

¡¡¡Y van a pasar por México!!!

Whaaaaat!!!?

Y me invitaron a que los acompañe… ¡¡¡vamos!!!

¡¿¡¿¡¿Qué?!?!?! ¡¡¡VAMOS!!!

Y fuimos. 

Ha sido bonito recorrer el inicio de lo que ha sido mi camino con la bicicleta. ¡Es una herramienta muy noble!  A mí me ha dado tanto; sabiduría, experiencias y libertad. Creo que, gracias a la bici, he aprendido a ser libre.

¡¡¡Feliz Día mundial de la Bicicleta!!!

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