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La culpa es de ellos

La culpa es de ellos

Emilia BC
Stacey Gabriell FemFutura

Sergio

Hay personas a quienes les gustan las cicatrices porque cuentan la historia de una batalla librada en el cuerpo. Yo no tengo cicatrices, salvo algunos rasguños de Talita (mi gata) y otro par en las rodillas, nunca me caí de niña, no tengo fracturas, ni operaciones, podría decir que su equivalente son mis tatuajes. En el muslo derecho tengo un mandala con una flor de la vida, me lo hice el año en que tuve un episodio depresivo de varios meses y un intento de suicidio, cuando salí de esa oscuridad decidí dibujarme un recordatorio permanente: la vida es un goce, aún con los sinsabores. Cuando siento llegar mis demonios, cuando me siento atrapada, cuando algo requiere más fuerza de la que creo tener, miro con atención los colores en mis piernas (en el muslo izquierdo tengo una botella de mar y unas flores), me diluyo en ellos, respiro y me repito que nada, ni siquiera esas líneas, es permanente.

El primer hombre que abusó de mí tenía 16 años y yo 2. Lo hizo repetidas veces, entre las 2 y las 3 de la tarde, mientras mi abuela (trabajadora doméstica de la familia) iba a recoger a su hermana a la secundaria. No tengo muchos recuerdos de mi infancia, pero las imágenes de cuando me bajaba las pantaletas para introducir su lengua o su dedo (primero a mi muñeca y después a mí) permanecen nítidas en mi memoria. 

Era imposible defenderme sola a esa edad, requería el cuidado de un adulto. Un día se lo dije a mi abuela y a mi madre: Sergio me violó. Su respuesta fue negarlo, quitarme toda credibilidad con el pretexto de ser muy pequeña y seguir con la rutina. Mi respuesta fue esconderme, aunque nunca daba resultado, era su casa y yo era muy pequeña, de nada servía meterme debajo de la mesa o en algún lugar cuyo seguro no sabía accionar. Cuando entré al kínder dejé de acompañar a mi abuela, fue el momento en que todo se detuvo. A veces la realidad es insostenible y olvidamos para poder continuar, mi cerebro hizo eso para protegerme, supongo que lo mismo pasó con las mujeres de mi familia en quienes intenté refugiarme.

Mucho tiempo estuve molesta con mi madre y mi abuela por no haberme escuchado, después me culpé a mí por no haberlo recordado antes, por no hacerlo público, por no trabajarlo la primera vez que tuve un proceso terapéutico, por no intentar algo las muchas veces que me encontré a su hermana, a su madre o él en la calle. 

No tendrían que haberme dejado sola con él (aunque no creo que mi abuela tuviera muchas opciones), pero él no debió asumir que podía hacer lo que quisiera conmigo por estar indefensa, no tendría que haberlo reiterado una y otra vez; si lo que quería era ostentar su poder, lo logró desde el segundo en que me obligó a darle mi muñeca para tocarla por debajo de la ropa; si quería explorar su sexualidad, pudo hacerlo con su cuerpo o consensualmente con alguien de su edad; si quería transgredir, tenía bastante piel para hacerlo en él; no encuentro lógica en la pedofilia, no existe. 

***

Luis

En mayo de 2009 el Distrito Federal estaba paralizado por la influenza AH1N1, recuerdo un ambiente raro en el aire, una sensación de soledad e incredulidad. Mi mejor amiga me invitó a su casa para mitigar la tristeza y el aburrimiento del primer confinamiento de la Ciudad. Esa tarde conocí al segundo hombre que marcó significativamente mi historial de violencia. 

Las primeras agresiones fueron imperceptibles para alguien que creció con historias de amor romántico y relaciones violentas. Mi madre siempre puso a mi padre por encima de todo, ninguna de mis abuelas pudo escapar a los malos tratos (infidelidad, abandono, violación, golpes, insultos) de mis abuelos, todas mis tías estaban divorciadas o en relaciones interminables con hombres abusivos, y varias de mis primas eran –no por voluntad- madres solteras. Normalicé (¿romanticé?) los celos, las mentiras, los chantajes, las prohibiciones, los pleitos en las fiestas, los jaloneos, incluso el tener relaciones sexuales sintiéndome incómoda. 

Mi educación me hizo tomar con un acto de amor el que a los pocos días de conocerme me presentara como su novia, se molestara si no respondía los mensajes e intentara chantajearme para dedicarle todos mis ratos libres. Yo tenía 19 años, recién había entrado a la universidad, quería ir a fiestas, probar todas las drogas posibles, viajar con amigas, explorar las posibilidades de las pocas responsabilidades y las muchas ganas; en su lugar me entregué a una relación que me alejó de todo y todxs. 

El noviazgo duró un año, pero los ires y venires se prolongaron 24 meses más. En ese tiempo hicimos dos viajes más, uno a Guanajuato y otro al puerto de Veracruz; en el primero se enojó porque ese debió ser un viaje de reconciliación, pero yo no podía sentirme enamorada con los reclamos diarios y el olor a pizza con orina que subía por la ventana del cuarto de hotel (nos quedamos en un hotel frente a una parada de camión donde los borrachos orinaban en las madrugadas). 

Cuando regresamos a la ciudad me mandó un correo diciendo que yo había echado a perder la oportunidad de volver a estar con él. Del último, meses después del anterior, sólo recuerdo gritos, puertas azotándose, amenazas, objetos volando en la habitación y un disco de Amy Winehouse sonando a todo volumen en mis audífonos. 

Si la historia hubiera terminado después de ese viaje, quizá hubiera tenido más tiempo para reencontrarme, pero la comunicación siguió un par de años más. Cada diciembre me escribía para criticarme algo, el tatuarme, el iniciar una nueva relación, el vivir con mi pareja, el escribir, el dejar de hacerlo. Mucho tiempo estuve enojada con las personas equivocadas, con mis amigas por decirme que dejara de responder y conmigo por no hacerlo.

No niego que el dolor y el miedo siguen presentes, pero el apoyo de las mujeres que me escribieron después de leer mi historia sobre Luis (Lufloro Panadero) en el #MeTooEscritoresMexicanos, las que me contaron lo que les había pasado, las que expresaron empatía, las que compartieron la publicación hasta hacerla llegar a él, las que me abrazaron, las que me han sostenido todo este tiempo, las que escuchan mi historia una y otra vez, ellas, todas ellas, me ayudan a sanar. 

***

Roberto

Hace poco escuché a Coral Herrera decir que la amistad entre hombres y mujeres es  revolucionaria por rebelarse a las normas patriarcales que nos quieren unos contra otros o unos encima de otros. Me gustaría que esta fuera de la historia de una amistad rebelde y no la de un abuso casi consumado. 

Cuando aún no le perdía el miedo a la escritura, una compañera de la universidad me invitó a publicar un ensayo en una revista digital, ese texto llegó a ojos de un muchacho que estaba terminando la maestría en producción editorial y necesitaba textos gratis para su proyecto. Me escribió, me contó la propuesta, accedí, descubrimos que teníamos gustos afines y muchas personas en común e iniciamos una amistad que duró casi 6 años. 

A lo largo de ese tiempo le compartí miedos, angustias e intimidades. No nos veíamos mucho primero porque no vivía aquí y después porque siempre había algo o alguien más importante, me hacía sentir pequeña aunque constantemente dijera lo contrario. Mi autoestima estaba hecha pedazos cuando nos conocimos, necesitaba sentirme admirada, querida, cuidada, el feminismo aún no llegaba a mi vida, no fue difícil encubrir las señales de su machismo e idealizar un vínculo construido sobre los sanos cimientos del heteropatriarcado.  

No creo en la monogamia, tampoco en el amor libre basado en el consumo de cuerpos o el que prioriza las relaciones sexoafectivas, lo mío es el amor sin jerarquías, las personas cercanas a mí saben que no tenía reparo alguno en decirlo. Roberto, como la mayoría de sus congéneres, entendió mi poliamor como una invitación a coger y así, sin preguntar, me llevó a un hotel después de una noche de fiesta. No tenía pila, estaba borracha y él se ofreció a acompañarme en un taxi, cuando le pregunté por la ruta, me ofreció una disculpa por el lugar al que me iba a llevar. Dentro de la habitación se quitó la ropa e intentó hacer lo mismo con la mía, entre la confusión y el temor lo llamé con otro nombre. Me salvó la fragilidad de su masculinidad. 

La última vez que nos vimos me responsabilizó de todo, me llamó loca, fácil, manipuladora, interesada. Me sentía la más incongruente de las feministas por lastimar a su novia y la menos cuidadosa por haberme involucrado en algo así. No pude contarle nada a nadie, no estaba segura de lo que había pasado, ¿y si tenía razón? ¿Y si yo había provocado todo esto? ¿Y si lo contaba y nadie me creía? ¿Y si él o su pareja intentaban lastimarme por confesarme herida? 

En un taller de autodefensa de Cuadrilla Violeta pude hacer consciente la agresión, comprendí que un acto no es consensuado si no estoy en condiciones para dar mi consentimiento, que no es no -por más que antes pareciera (implícita o explícitamente) un sí-, que lo que hizo fue un intento de violación, que en este país mi miedo por hablar está tristemente justificado, que los hombres llevan años encubriéndose, pero también que entre mujeres nos cuidamos. 

Si en alguna borrachera nos besamos; si mis relaciones no son monógamas; si soy sexualmente abierta, no significa que esté dispuesta al sexo en todo momento. Nuestros cuerpos no son territorios de conquista o expropiación. Nadie tiene derecho a decidir sobre mi deseo, ni a insultarme (o a mis parejas) por amar fuera de la norma. Nunca más dejaré que ganen la vergüenza y el silencio,  porque la culpa no es mía, ni de ninguna de nosotras. La culpa es de ellos. 

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