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La delgadez en el escenario: ¿imposición social o exigencia personal?

Yo soy aficionada a las artes escénicas. Mis días transcurren en una rutina que construyo con esmero, pero en el teatro logro suspender mi realidad para conectarme con otra alterna, una que le habla a la parte de mí que no piensa demasiado, a la que se permite contemplar y sentir.

Hace unas semanas esperaba con ansias el estreno de una obra de teatro: uno de los grandes clásicos del drama isabelino, tragedia conocida por muchos que aborda un amor joven engendrado en un ambiente de rabia. La obra sería representada en un teatro céntrico bajo la dirección de un importante director.

Días antes de tan esperado estreno, fui a una fiesta en la que encontré a la actriz que habría de protagonizar el drama isabelino: una chica esbelta de ojos muy abiertos. Ella había participado en otros montajes cuyas historias siempre me cautivaron: la había visto cuidar ciegos, morir envenenada, condenar reyes y explorar países lejanos.

Llegó tarde anunciando una larga jornada de ensayos. Alguien le preguntó si había comido algo, tras lo cual empezó una respuesta elaborada que logré escuchar apenas. Mientras trataba de descifrar sus palabras a lo lejos, pensaba en los días que faltaban para tan esperada función.

Esa obra estaba marcada en mi calendario desde hace semanas, el trabajo del director me parece interesantísimo y estaba convencida de que contrarrestaría mi monotonía con gran éxito. El entusiasmo me bombardeaba por todos lados, si bien mi timidez me cubría con un antifaz de indiferencia. Así pues, escuchaba desde mi silla las noticias sobre el ensayo hasta que percibí estas palabras, altas y claras: “Entonces así voy a bajar un kilo esta semana, para llegar al estreno”.

Miré su figura delgada y me sentí incómoda. No sé si su comentario derivaba de una inquietud propia o impuesta, si era requisito de la obra o reto personal, pero admito que mi primera reacción fue sentirme decepcionada por lo que en ese momento me pareció una manifestación banal, sobre todo al estar relacionada a una producción que prometía la retórica más rica y una estética de lo más innovadora.

Protegí mis ilusiones y decidí no escuchar más, de modo que mi indiferencia fingida se convirtió en indiferencia real. No recordé ese kilo hasta que fui al estreno y vi a la doncella isabelina desnuda en su primera escena. Busqué el kilo extra en su cuerpo desvestido, pero a la doncella le dará gusto saber que no encontré nada que señalar más que el recuerdo de un comentario incómodo.

Me quedé pensando en ese kilo durante varios días después, a veces con rencor. La actriz que encarna a uno de los personajes más conocidos en la historia del teatro, que vive los extremos del deleite y la desesperación, poseída y muerta en escena, tiene como preocupación mostrar un cuerpo delgado. Su regalo para los espectadores es el dejo conmovedor de una escena transgresiva, pero ella quiere deleitarnos con un kilo menos. O tal vez deleitarse a sí misma. Pero, ¿esa inquietud se reduce a un acto de vanidad o hay una suerte de exigencia externa?

Es verdad que yo busqué ese kilo con mi mirada, pero no era la única. Había doscientas personas en ese teatro, multiplicadas por veinticuatro funciones. No es secreto que las expectativas de un espectador están embutidas de prejuicios estéticos propios de su sociedad. La imagen de un artista escénico está sujeta a la opinión pública y con ello, admitámoslo, sus oportunidades de encontrar trabajo. Los actores son bien parecidos, las bailarinas son flacas, los músicos visten con estilo. Soy asidua al teatro y raramente encuentro actrices que no sean esbeltas.

Foto: Liel Anapolsky.

¿Vanidad propia o estrategia laboral?

Es difícil discernir qué viene primero, pero es verdad que el arte escénico es una industria sujeta a estereotipos específicos. Yo, persona de trabajo discreto, no padezco demasiado los efectos críticos de una dieta mal llevada. Pero los artistas escénicos están bajo el foco de atención, en sentido literal y figurado. Su quehacer los expone a afrontar expectativas en torno a su imagen con mayor frecuencia, de manera que nos encontramos con actrices delgadas que, no obstante, se preocupan por su peso tanto como por su interpretación.

El escenario es un escaparate para los estándares sociales en torno a un cuerpo. La vulnerabilidad de la comunidad teatral no se reduce a ser envenenada en escena, sino a las opiniones basadas en convenciones. El comentario de la doncella cobró otro sentido. Siguió sin gustarme… No puedo evitarlo, soy una romántica del teatro. Pero ya no la culpo. Se requiere mucha osadía para romper con modelos estéticos.

Actualmente el arte dramático está trabajando para expandir los paradigmas de representación; veamos cuánto tiempo toma cambiar los paradigmas en torno al cuerpo escénico. Pienso que vamos por buen camino, pero las palabras de la doncella demuestran que aún operan los engranajes de la convención social y de la industria escénica (aunque no sé si en ese orden), promoviendo los mismos valores estéticos.

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