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La doble moral sexual: el prejuicio del placer

La doble moral sexual: el prejuicio del placer

Andrea Jocelyn Mora M
Maru Lombardo FemFutura

Se acepta moralmente que los hombres

ejerciten su sexualidad para obtener placer,

 no así en el caso de las mujeres. Para estas

se da una reglamentación estricta en lo que 

respecta a la obtención de la gratificación sexual.”

Graciela Hierro

Lilith puede ser considerada como la primera mujer en la historia que se enfrentó a la violencia patriarcal y sexual, e incluso podría resignificarse como un icono feminista. Antecesora de Eva, y casi olvidada por la historia bíblica, fue condenada a vivir lejos del Edén, endemoniada después por las leyes judías, Lilith se convirtió en la representación del pecado, la primera bruja en la historia que osó romper el mandamiento divino, la madre de todos los demonios como fue nombrada después.

Su pecado: igualarse a Adán, tener una voz y decisión propia. No aceptó que en el acto sexual Adán fuera el que la dominara, ni que él se subiera encima de ella ¿por qué si era su igual debía acostarse debajo de él? 

Tachada de libertina por exigir un acto sexual justo, Lilith transgredió las normas morales que determinaban hasta el modo en como una mujer debía vivir su sexualidad. También irrumpió la moral, definida por Graciela Hierro como todas aquellas formas de comportamiento y conducta que son enseñadas a cada uno de los miembros de una comunidad, y era llevada hasta el terreno sexual.

De modo que las prácticas afectivas eran juzgadas como buenas o malas, como deseables o indeseables, la moral determinaba a quiénes debían querer las mujeres y cómo tenían que querer. La moral sexual aceptaba y apoyaba al matrimonio como institución, a la pareja heterosexual y monógama; en tanto que excluía y castigaba la unión libre, las relaciones homosexuales y el libertinaje.

Lesbianas, gays, travestis y demás identidades estaban fuera de toda norma, de toda ley y, de toda aceptación; no entraban en los paradigmas deseables. Estos prejuicios y normas imperaban en el ámbito público, de formas evidentes; todas estas violentas. Empero, esta moralidad tan dominante entraba a la casa, ámbito privado, y se metía hasta en el dormitorio, marcando las pautas de las relaciones sexuales. Hombres y mujeres vivían una sexualidad muy diferente, en tanto que para ellos siempre fue más laxa y hasta permisiva, para ellas; fue más estricta y rigurosa. En unas cuantas religiones, al hombre se le permitió la poligamia, y la mujer tuvo que contentarse con ser una más entre todas las esposas.

Esta moral sexual se validó y sustentó en el ámbito de lo natural, no era una sociedad patriarcal la que imponía el sino de la sexualidad femenina, si no que parecía que la misma naturaleza había fijado su destino: su aparato sexual, su rajada, su orificio maldito la hacían siempre la receptora de ese falo que debía penetrarla (en otros términos, romperla) para poder crear a los hijos. Además, esta era la única tarea que tenía encargada la mujer. “Lo natural” era que la mujer recibiera y que el hombre diera; siempre bajo una relación de dominio y poder, por eso Lilith fue tan crítica, porque se rehusó a ser la dominada en el acto sexual, ¿cómo osaba ir contra las leyes naturales? ¿Cómo podía una mujer igualarse a aquel dominador que la misma naturaleza le había asignado?

La mujer, ente divino y pulcro, servía exclusivamente para la reproducción y el cuidado de los hijos, esta mujer madresposa, como la llama Graciela Hierro, vivía subordinada a los deseos del varón.  Su existencia estaba en función de los otros, su rol era ser la compañera constante, la madre abnegada, estaba a disposición de su esposo como “hada del hogar”, pero también para cumplir sus necesidades “maritales”. Su responsabilidad era tener contento y bien atendido al marido para que este no incurriera en la infidelidad; tener contento al esposo significaba siempre subordinarse a sus deseos y a sus caprichos, en la casa se hacía lo que él mandaba.

El esposo tenía el control de su mujer, él era el hombre de la casa y este poder se desplegaba también a la cama. El varón dominaba el acto sexual pues por su condición masculina tenía libertades que le eran negadas a la mujer, el podía ver el acto sexual más que un acto de procreación y podía “desfogar” sus instintos sexuales. El acto sexual los liberaba en tanto que a las mujeres las condenaba: una mujer que había tenido relaciones sexuales perdía ese dote celestial, perdía la “virginidad”, perdía ese tono angelical y estaba más cerca de lo diabólico, en tanto, un hombre con experiencia sexual era más valorado pues sabría como tratar a una mujer; en otras palabras, como desvirginarla. Entre más mujeres habían pasado por su cama, más varonil era un hombre.

La experiencia sexual era alabada en unos y castigada en otras, una mujer tendía al libertinaje, al desprestigio y al repudio en tanto que un hombre tendía a la gloria, el reconocimiento y la aceptación. Si una mujer había tenido relaciones sexuales antes del matrimonio perdía su valor, incluso corría con el riesgo de no encontrar un buen hombre y, si alguien se atrevía a aceptarla, aún con su sucio pasado, tendría que estar agradecida de por vida. El valor de las mujeres se medía en función de los hombres con los que se había acostado, si el número era alto se le llamaba “puta”, de “fácil” no la bajaban, aquella mujer que gozaba su sexualidad no podía ser más que una libertina y cusca. 

En tanto que si una mujer concibiera el acto sexual más allá de los fines reproductivos, esta incurría en una falta grave. El sexo no tenía que ser placentero, no tenía que haber erotismo, no podía haber goce, pues su única finalidad era engendrar hijos. El hombre sí podía disfrutarlo, pero ella, condenada a ser penetrada, sólo podía sufrir ese acto que invadía e irrumpía con su intimidad. El falo entraba y salía, pues sólo él, en teoría, determinaba cuando sucedería el acto sexual, la mujer siempre dispuesta tenía que esperar la erección que marcaría el inicio. En teoría, ella ponía el cuerpo, y el hombre las ganas, su cuerpo estaba al servicio de los deseos del varón.

Todo placer le estaba vedado y los orgasmos eran casi un pecado, si sentía estaba transgrediendo la normal natural. Apropiarse de su sexualidad, disfrutarla y tener el control de ella era algo que iba contra la moral establecida, con ello la mujer rompía con el pacto social y rompía con ese rol que le había sido impuesto. Si la mujer sentía placer en el acto sexual, si la mujer disfrutaba y experimentaba orgasmos quebraba con el fin del coito y era una libidinosa, una cusca, era obscena. Si la mujer se apropiaba de si misma, de su cuerpo y de su placer podía convertirse en fruto de deseo y sus encantos podrían ser tal que fuera irresistible para el que la miraba.

Cuando la mujer se apropia de su sexualidad y no asume más una posición de subordinación en la relación sexual, es cuando, para muchos, se vuelve peligrosa, pues no va a tener el poder que controlar su libido, no va a poder controlar su naturaleza desbordante y caótica. Cuando la mujer deja de ser Eva y se convierte en Lilith ha perdido todo el favor divino. 

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