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Los helmintos

Los helmintos

Helmintos por Melanie Jacqueline

Nunca le gustaron los niños, desde pequeña evitaba el contacto con ellos, decía que tenían microbios y que en cualquier momento la podían contagiar. Naturalmente, yo decía lo mismo, nuestro grupo era solo femenino. Mis padres lo tomaban como broma, incluso, presumían que jamás tendríamos novios, sin embargo, crecimos. Dejé ese supuesto asco por el sexo contrario, mientras que Giselle, mi hermana, siguió repudiándolo. 

Durante nuestros años de colegio, tuvo su primer arranque. La escuela estaba dividida en grupos de hombres y mujeres, pero durante los bailables se juntaban unos con otros para poder realizar coreografías en parejas mixtas. Su grupo era el primero “B”; el de los niños el “A”. Yo iba dos grados más arriba. Mi madre creía prudente anotarnos al baile de la primavera, le parecía encantador ver a su hija mayor bailar La danza de los viejitos, y a la menor La gallina turuleca. Yo estaba acostumbrada a ese tipo de eventos, Giselle, no. 

Le tocó con Pedro, un niño chaparrito, moreno y tímido, casi tanto como ella. Debía darle la mano para dar vueltas alrededor de la pista. El niño también vaciló, no le agradaba la idea de agarrar a Gi, pero sabía que era algo necesario para satisfacer a la maestra: accedió. Apenas le rosó el dedo índice, Giselle le clavó las uñas, traspasando la piel del niño. La miss creyó que su desagrado sería pasajero, pero los años siguientes no fueron la excepción. Gi conservó el rechazo del primer día. 

Quizá por eso no me sorprendí cuando viajamos a La Canoa, la tierra de mis abuelos, donde los hombres son tres veces más machistas que en México, y las mujeres seis veces más permisivas. Si bien no odio al sexo opuesto, sí me repugna el papel de machito que adoptan varios hombres hacia la mujer, los niños o las personas más vulnerables.

Tanto mi hermana como yo, luchábamos contra la violencia de género, queríamos las mismas oportunidades laborales, así como la legalización del aborto. Asuntos difícilmente de ver, sobre todo en un rancho lejos de estos ideales. 

Llegamos la noche del 15 de agosto, unos tres meses atrás. Nos establecimos en las cabañas de madera vieja, estábamos mis padres, mi tío Fito, mi hermana y yo. Una la ocuparon ellos, la otra la compartimos el resto, aunque tío Fito pasó la mayor parte del día con mis papás. A la mañana siguiente decidimos explorar, ya hacía siete años que no visitábamos el pueblo. Giselle tenía once y yo trece desde la última vez. 

Gi prefirió quedarse, no aguantaba ver a los hombres maltratar a sus mujeres, ni mucho menos ver cómo la desnudaban con la mirada. 

– Te entiendo, Gi, lo bueno de ser tan delgada es que pocas veces te morbosean los cabrones.

No nos parecíamos nada, su cuerpo era el de una mini amazona, curvi y torneado pero bajito, el mío un poste de casi dos metros. Aun con su ropa un tanto holgada, lucía su figura de diosa. No importaba donde estemos, nunca faltaba algún piropo, mirada o morboseo para ella. Por eso, a veces, prefería no salir. 

Mamá y yo nos encaminamos a casa de tía Adela, unas de las pocas ancianas solteras del rancho, nadie la quiso tras haber sido entregada a un hacendado a cambio de algodón. Papá y tío Fito se fueron al panteón. La anciana tenía noventa años, caminaba erguida y con seguridad. Llevaba los pies descalzos, con una suela gruesa de piel y dedos separados. Nos recibió con alegría en una cabaña de dos metros, donde solo había un petate y una olla tiznada, de esta sacó agua hirviendo, la sirvió en dos terrones de barro, uno para mi madre, otro para mí. 

– Bébanla, es buena para la salud. Nomás questa caliente, pero no pasa nada, asher me la tomé, anteasher, también y mírenme cómo ando, bien derechita. Además, desparasita, con eso de que últimamente las muchachas en el pueblo se han llenado de gusanos, mejor es que se la tomen. 

– Aquí siempre ha habido lombrices, Adela -decía mi madre mientras me indicaba con señas no beberla -con toda esa agua puerca del pozo cómo no van a tener. 

– Pues sí chula, pero si no ¿qué tomamos?

– Eso sí, pero ¿a poco hay nuevo brote?

– Sí, sha van tres escuinclas, con la Vale, que se las embarazan los Helminto. Esos babosos blancos que se meten por las verijas y te dejan el chamaco. 

– ¿Cómo crees? Ya le decía yo a mi marido que este pueblo está lleno de leyendas.

– Te digo que es cierto, niña. Vieras a las muchachas, con sus vientres abultados y gelatinosos. Ashi, así dentro tienen a esa criatura. La primera fue Chabela.

– ¿Quién Chabela?, ¿la morenita que tenías aquí contigo? 

-Sí, sí, esa. Cuando regresó a su casa, se durmió y cuando despertó ya se le había metido el gusano, o eso dice su nana. Tenía todas las piernitas rojas y su colita lastimada. El chiste es que me la trajo para sacarle el baboso, le di un té y le saqué al bebé, que no era ni hombre ni gusano, pero sí tenía la consistencia babosa y blanca de los Helminto. 

-Eso fue un abuso, Adela. ¿Cómo es posible que se sigan dejando? ¡No puede ser!

-Te digo que son los Helminto. Apenas vinieron esos de segurida social.

-Trabajo social.

-Esos, les hicieron un shorro de preguntas, que si fueron los hombres los que las violaron, o qué qué pasó. Todas dijeron que fueron los gusanos, menos la Vale. 

Mi mamá preguntaba más por preocupación que por morbo, y yo estaba horrorizada. No sé qué me afectaba más: el maltrato sexual o la grotesca imagen de los gusanos introduciéndose en la vagina de las niñas. Ninguna pasaba los doce años. 

– ¿Ah sí?, ¿qué dijo la Vale?

– Quesque no sabe quién fue, pero que si fue un animal no fue un gusano, sino algo más grande porque le lastimó mucho su colita. Quizá una serpiente, dice. 

Salimos muy afectadas de la choza, con la boca seca y el corazón quebrado. Ninguna dijo nada, era como un momento de silencio para las niñas. De pronto, quise huir, tomar las llaves del auto, llamar a Gi y salir, pero mi padre y tío Fito planeaban estar un día más. 

Cuando regresamos, la puerta estaba ligeramente abierta. Mamá ni si quiera lo notó, estaba exhausta. Apenas llegamos se fue a acostar. Me pareció extraño, Giselle estaba dormida en una postura extraña, sus piernas yacían algo abiertas, parecía tener algunas gotas de agua en sus pantalones. “Debió afectarme la plática”, pensé. Me tiré a su lado, abracé a mi hermana y caí en un sueño profundo. 

Fue horrible, Giselle tenía un camisón blanco de seda que exhibía su amazónico cuerpo, postrada en la cabaña, sobre un petate, dormía. Era como si yo no estuviese ahí, todo lo veía desde fuera. Ella tenía una pesadilla, se quejaba y gemía: “¡No me toques, cerdo!, ¡déjame!”, murmuraba llorando. “Quédate atrás, animal”. Yo no podía hacer nada, solo estaban mis ojos, pero yo no.

Después el sueño cambiaba de escenario, Giselle estaba en un hospital, me gritaba: “No quiero tenerlo, lo odio. Yo no lo pedí, él se me metió”. Una enfermera me sacaba de la sala, nuevamente no podía hacer nada. El escenario volvió a cambiar, una Gi bastante alegre me mandaba cargar a su hijo, yo accedía y en el momento de cargar el bulto enrollado de cobijas, un enorme gusano se asomaba del cobertor. Desperté. 

Al otro día, Giselle me contó llorando que tuvo una pesadilla. Soñó que un hombre entraba a la cabaña mientras mamá y yo habíamos salido y la violaba. Por suerte era el último día en La Canoa. Antes de irnos le pedí me acompañase a dejar unos trastes a tía Adela. La anciana no estaba, no obstante, los dejé afuera. Casi llegando al pozo, un viejo panzón y con olor a pulque salió repentinamente al camino, nos mostró su miembro viril: peludo, erecto y viscoso, mientras se masturbaba y gritaba: “Vengan a ver este Helminto, güeras. Pa que se lleven un recuerdo de aquí, ah no, que ya lo llevan, ¿verdad?”.  

Una vez en la ciudad intenté borrar todo lo ocurrido en el rancho. Intenté, pues no hay noche que no sueñe con babosos o violadores. Giselle está peor, su asco por el sexo opuesto creció. Odia a los hombres, ni si quiera puede ver a papá o a tío Fito. Dice que la van a llenar de bacterias y parásitos. Apenas sale del cuarto al baño, se la vive encerrada, comiendo. Quiero pensar que eso la está engordando, que por eso su vientre crece y su panza se mueve zigzagueando de un lado a otro. Que mi hermana está bien y ningún gusano yace en su interior. 

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