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Mamíferas: embarazo, parto, crianza y política

Entre 2011 y 2018, al menos 32 mujeres salvadoreñas se suicidaron debido a un embarazo no deseado, algunos de ellos producidos por incestos y violaciones según estadísticas del Instituto de Medicina Legal (IML) y el Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA).

En 2016, en México, los nacimientos de niños de madres menores de 15 años alcanzaron casi 10 mil casos, mientras que los partos en adolescentes de entre 15 y 19 años llegaron a 389 mil 585 según un estudio del Comité del Centro de Estudios para el Logro de la Igualdad de Género.

Desde enero de 2010 hasta noviembre de 2016, los 30 hospitales del Ministerio de Salud de El Salvador acumularon 299 mil 627 egresos hospitalarios de pacientes que parieron entre los 12 y 18 años de edad.

En varios países del mundo, como en Argentina, México y El Salvador, las mujeres están exigiendo el acceso al aborto legal, seguro y gratuito.

La maternidad y la crianza están en el ojo mediático, detrás de los discursos, usos y costumbres que indican que la maternidad es lo más natural y lo mejor que nos puede pasar a las mujeres. Pero no siempre. El embarazo, el parto y la crianza son muchas veces indicadores de desigualdad social y precariedad económica, así como pilares fundamentales de la desigualdad de género. Nadie debe ser madre si no lo desea.

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Mi hijo nació un 24 de abril hace tres años. Fue un momento pleno para mí, un hito, cumplí con mi deseo telúrico de devenir madre, de cruzar el umbral, su nacimiento fue definitivamente uno de los momentos más hermosos y pletóricos de mi vida. Amo a mi hijo y él es una prioridad en mi vida. Pero ser madre no es, a secas, “lo más importante de mi vida” ni “lo más hermoso que me ha pasado”. Me considero una madre incómoda, disidente y divergente, precisamente, porque no renuncié a ser mujer cuando me convertí en madre. Ser mujer no equivale a ser madre.

Una persona a la que amo aseguró que soy una madre mediocre. Pero no lo soy. Creo que ser madre me ha hecho una persona menos egoísta de lo que era antes y además sigo en constante construcción, la maternidad ha implicado para mí una metamorfosis brutal. No he disimulado mis incomodidades con respecto a la maternidad (no con respecto a mi hijo, pues no son lo mismo) y, por ello, he tenido que pagar un precio muy alto, al menos, simbólico.

Antes de mi cesárea respetada, tomé un curso psicoprofiláctico con mi compañero de vida, en el que aprendimos muchos asuntos sobre el parto, de los que no suele hablarse, y tuve el privilegio de ser atendida en conjunto por una ginecóloga y una doula, pudimos defendernos de una enfermera que intentó afeitarme el pubis a pesar de que me iban a practicar una cesárea, evitar que me hicieran tocamientos genitales de rutina y pedir que bajaran el aire acondicionado del quirófano.

Me hubiese gustado, que los médicos no estuvieran hablando trivialidades mientras yo estaba abierta del cuerpo, jugándome la vida, pero en general, pudimos prevenir que me trataran con violencia obstétrica, una constante en la mayoría de partos públicos y privados latinoamericanos. (Ver http://lobafilm.com/)

Como dije, la información que obtuve y la posibilidad de decidir en los procedimientos que se realizarían en mi cuerpo fue un privilegio de clase social (media en declive) que la mayoría de parturientas no tiene y que está relacionado directamente con la depresión postparto.

La maternidad y la paternidad son también una cuestión de clase social. Tal vez, para una madre de un solo hijo con apoyo familiar y niñera de medio tiempo la situación sea menos traumática que para una obrera, campesina o desempleada con más de un hijo, pero, de una u otra manera, lo es. Porque la maternidad y la paternidad son completamente subjetivas e inquietantes.

A pesar de mis esfuerzos, tuve depresión postparto, porque tengo antecedentes depresivos, a veces bromeo, siento y digo que todavía esa depresión no ha terminado. Literalmente, “no sabía en qué lío me estaba metiendo”. Recuerdo que el padre de mi hijo sólo quería salir del hospital, como si en casa fuésemos a estar a salvo.

El primer día en casa, cuando el bebé no dejaba de llorar y empezarían nuestros años de dormir poco, nos dimos cuenta de que sabíamos casi nada de la crianza. Teníamos frente a nosotros, sobre todo, toneladas de estereotipos e información edulcorada, fantasías. Y alguna que otra experiencia cuidando sobrinos. “Nadie nos dijo que esto sería tan difícil”, sentenció él.

Mientras se establecía la lactancia y aprendíamos lo básico para no fenecer en el intento de cuidar a un mamífero irredento que todavía no abrazaba la cultura; YouTube nos ayudó con “Lambada” y “Hakuna matata” para dormir por ratos a la cría. Casi fundimos la licuadora, porque la doula nos dijo que el ruido blanco dormía a los bebés, hasta la fecha, mi hijo reacciona con encono a ese ruido con el que lo torturamos a tan temprana edad. Yo casi pierdo la razón de tanto oír esas grabaciones en internet que me dormían y me alteraban el sueño a mí, pero dejaban intacto y despierto a mi bebé.

Pocos meses después, recuerdo golpear las puertas de la casa, implorándole auxilio a mi compañero de infortunios porque ya no soportaba los días, las semanas y meses sin dormir bien y maldecía mi destino elegido por segundos. Porque como dice una de las “Madres arrepentidas” (Donath, 2015): “aquella mujer que dice que nunca se ha arrepentido ni un instante de haber tenido un hijo miente”.

Como escribió una de mis colegas, artista visual, en su Facebook, cuando sus gemelos cumplieron un año: “No los maté ni me mataron, la naturaleza es sabia”.

Hablar de esta forma de la maternidad, definitivamente, no es políticamente correcto y es incómodo en cualquier reunión social. Las personas se sienten confrontadas y pueden descalificarte o exigirte que seas una madre normal, sacrificada y devota. Pero a veces hay que construir nuestra propia desobediencia, como nos lo recuerda Rita Segato, antropóloga argentina.

Mi interés como escritora pasa por descorrer el velo de los relatos fantasiosos y estereotípicos que se ciernen sobre la maternidad, porque la falta de información impide a muchas mujeres ejercer su “agencia” (Giddens, 1984) y elegir, con conocimiento de causa, el ser madres.

Me gusta recalcar que la maternidad y la paternidad no son para todos y que tampoco son, ni deben ser, un eslabón más de la “autorrealización” personal ni mucho menos deben ser determinadas por el mandato social. Son un deseo que implica mucha responsabilidad.

Se nos exige mucho a las madres mientras que el Estado y la sociedad civil nos otorgan muy poco. Si logramos criar con relativo bienestar, nuestro trabajo titánico es minimizado y, si fallamos, somos las culpables de un fallo que le corresponde, más bien, a la sociedad y al Estado en conjunto. Se nos exige criar sin violencia, pero no se combate estructuralmente la violencia económica ni se promueve la educación sobre la crianza respetuosa o se atiende la salud mental de los que crían.

En el mes de mayo, las empresas capitalizaron la culpa y no la “agencia” de nuestros seres queridos, ofreciéndoles utensilios domésticos para que nos los obsequiasen. No quiero que en mi nombre se vendan cafeteras, aunque me urja una. No quiero ser una madre sacrificada colocada en un pedestal social. Soy una persona real.

En primer lugar, la maternidad debe ser elegida. Los estados latinoamericanos deberán aprobar el aborto legal, seguro y gratuito.

Deseos para las mujeres que decidan ser madres

Por otro lado, mis deseos para las madres que decidan serlo son los siguientes: políticas públicas para la protección del embarazo, parto y crianza en Latinoamérica; cuidados de salud física y mental durante el postparto y la crianza; licencias pagadas de maternidad y paternidad de seis meses a un año.

Corresponsabilidad de los hombres en todos los aspectos del parto y la crianza; respaldo de las familias cercanas y comunidades a las madres y a los padres en tan incansable labor; trabajo digno y bien pagado para los que crían. Demoler juntos los estereotipos y roles edulcorados sobre la maternidad (ni es lo más hermoso ni lo mejor que nos ha pasado).

Leyes y programas que protejan a las madres y padres que durante meses y años se dedican a criar y vuelven al campo laboral agotados y en desventaja profesional y económica. Que no se vendan utensilios en nuestro nombre ni se nos confine a lo doméstico. Que no se crea que los trabajos de cuidados son solamente femeninos y que nadie, nunca, olvide que:

Detrás de esa figura endiosada de “la madre” impoluta, hay mujeres reales que desean ser amadas más allá del trabajo del hogar y de la crianza. Eso deseo para todas.

Referencias bibliográficas

  • Cirbián, A., Béchard, C., Fraysse, Lila (productores) y Béchard, C. (directora). (2015). Loba [documental], España: Compacto. Recuperado de:  http://lobafilm.com.
  • Donath, Orna (2015). Madres arrepentidas: una mirada radical a la maternidad y sus falacias sociales, México: Penguin Random House, Reservoir Books.
  • Giddens, Anthony (1984). La constitución de la sociedad: bases para la teoría de la estructuración, Buenos Aires, Argentina: Amorrortu.
  • Segato, R. (2019). Las virtudes de la desobediencia. Feria del libro: el discurso completo de Rita Segato. Argentina: Página 12.  Recuperado de: https://www.pagina12.com.ar/190007-feria-del-libro-el-discurso-completo-de-rita-segato
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