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#MeToo: Sufrí violencia física y psicológica por parte de mi expareja

Mi abusador tiene un nombre −todos lo tienen−, sin embargo, su nombre no importa, él es todos los hombres. Mi abusador es el futbolista frustrado, el gran deportista, tu mejor amigo, el que quiere ser escritor, el director de tu escuela, tu psicoterapeuta con aires de psicoanalista, tu maestro de historia o de formación cívica y ética, tu novio el borracho, el sustento de toda su familia, tu jefe, tu hermano, el tío que juró protegerte, el que te ligó en un bar, tu exnovio y tu futura pareja.

Mi abusador tiene un nombre que repito incansablemente a quien me conoce para hacerlo tan presente que nunca pueda volver a aparecer, y que se empequeñece cada vez que lo nombro y lo recuerdo.

Mi abusador tiene una familia que lo solapa y lo aplaude, unos “amigos” que con tal de seguirle sacando provecho están dispuestos a ignorar lo que hace, mucha, muchísima gente que cree en él y que lo admira, porque no saben que él es eso: un abusador, un golpeador, un macho en toda la extensión de la palabra y además orgulloso de serlo “a los del norte así nos criaron”.

Mi abusador tiene una madre que en efecto así lo crió, y que aplaudía que me pusiera en cintura, porque yo era la mala mujer que le iba a robar a su angelito.

Mi abusador le hizo creer a todos que yo era una mala mujer cuando decidí dejarlo.

He creído durante mucho tiempo que mi historia, toda ella, puede ser parte de un libro, empecé a escribir ese libro, pensé que podía mezclar mis diversos fracasos en el amor y hacer con ellos una historia que valiera la pena leer. Quise guardar la historia de mi abusador para no ensuciarla ni revelarla antes de tiempo, vi pasar frente a mí #metoo y hoy veo aparecer sus versiones literarias, periodísticas y académicas.

Mi abusador no es famoso, pero está rodeado de mujeres jóvenes, casi niñas y de hombres jóvenes, casi niños, que lo ven como si fuera un héroe y quieren parecerse a él. Yo solía darles clase a esos niños, con ello cumplía con el papel que tenía, enseñarles que hay cosas que nunca se deben hacer con otro ser humano, sin importar su género; enseñarles a ser amables y amorosos con el mundo; a no pensar, de ningún modo, que hay otro ser humano que vale menos que nosotros. Creo haber cumplido con mi misión en su momento, pero hoy ya no puedo hacerlo y he de encontrar otros modos para enseñar y aprender.

Hoy siento que, aunque yo esté bien y no necesite más hablar de esto, él sigue ahí sin dejar de ser él mismo, él tuvo una pareja y tendrá otras, él sigue enseñándole a generaciones y generaciones cómo comportarse y eso me hace un nudo en el estómago, la necesidad de deshacer ese nudo es lo que me lleva a contarlo.

Mi abusador tiene 14 años más que yo y era mi jefe, al principio fue encantador, me escribía mensajes todas las noches, me decía lo mucho que pensaba en mí, me mandaba canciones; una parte de mí no entendía cómo un hombre de su edad estaba interesado en la chavita que yo aún era y pensó que sólo era un juego, que pasaría rápido.

La primera vez que salimos solos fue una casualidad, nadie más llegó a la cita para bailar y yo tenía ganas de salir, acepté que fuéramos juntos, aunque la idea no me satisfacía del todo, entre copas y bailes romanceamos un poco y terminamos en su casa, cuando me llevó a la mía en la mañana supe que había sido un error, no sabía cuán grande.

Empezaron los mensajes, muchísimos, larguísimos, yo era la mujer que siempre había esperado, lo más maravilloso del mundo, un sueño, esto nunca le había pasado. A mí me parecía absurdo, pero no se lo dije así, no quería lastimarlo y sí, tampoco quería poner en riesgo mi trabajo; no sólo amaba dar clases, también era mi única fuente de ingresos y vivía sola además de estar estudiando la carrera. Decidí seguir un poco el juego, aunque fui clara: “La pasé bien, pero no soy lo que tú quieres ni esperas”, escribí. Él respondió que yo no podía saber lo que él quería y que él me quería a mí.

Ese fin de semana me di cuenta de que me había metido en un gran problema, no había marcha atrás, o cedía y permitía que él siguiera o lo rechazaba y perdía el único trabajo que había disfrutado hacer en la vida. Cedí.

Era borracho pero simpático, siempre estaba rodeado de gente y en resumen la pasábamos bien, aunque no terminaba de gustarme y su edad me agobiaba no era una tortura estar a su lado, la situación era manejable y yo esperaba que él se diera cuenta pronto de que en efecto no era lo que él esperaba.

El primer abuso vino unos meses después, durante el cumpleaños de su mejor amigo. Mientras yo platicaba con el festejado mi abusador me miró fijamente desde el otro lado del cuarto y empezó a murmurar la palabra “puta”, al principio no entendí y tuve que mirarlo bien: “eres una pinche puta” pronunciaban sus labios mientras me veía con más odio del que me ha mirado nadie en la vida. Hice lo que la mujer inteligente que creo ser haría, me paré sin decir palabra, tomé mi bolsa y mi abrigo y me largué de ahí.

Mi abusador me siguió y me jaloneó en la calle, yo le gritaba que me dejara en paz, que se largara, que no quería tener nada que ver con él, me agarró con muchísima fuerza y me apretó entre sus brazos, empecé a soltar puñetazos mientras gritaba y lloraba que me soltara, uno atinó en su ojo, me soltó una cachetada, se nos acercó una patrulla y, a pesar de morir de ganas de verlo encerrado, algo me detuvo en cuanto los oficiales preguntaron si todo estaba bien y respondí: “todo bien, oficial”.

No sé qué es lo que nos impide decir en la primera, en la segunda, en la tercera y en todas las veces “lléveselo, me está violentando, me está lastimando”. No sé por qué siempre damos la respuesta incorrecta.

“Para no armar escenitas ni escándalos” volvimos a casa de su amigo, él aplaudió el ojo morado que le había dejado a mi abusador, su novia platicó un rato conmigo y fue la única persona que supo que me había cacheteado. Así empezó una nueva fama: yo era una golpeadora; desde ese momento, hasta el final de nuestra relación cada una de las peleas fuertes que tuvimos vinieron acompañadas de golpes en ataque y en defensa propia, la diferencia era que yo ocultaba los míos y él los mostraba como marcas de batalla, orgulloso de haberme llevado al extremo.

El día de mi cumpleaños 23 decidió meterse cocaína, yo me negué y él se enojó, se la di a su hermano y el solapador se la entregó, se puso violento, me empujó frente a todos mis amigos, trató de ligar con otra mujer frente a mí y cuando quisieron golpearlo los detuve: “él no es así”. Claro que era así, otra mentira que nunca entenderé por qué dije, otra ruta de escape que no fui capaz de tomar. Mis amigos dejaron de hablarme.

Esa misma noche se metió a mi casa a la fuerza rompiendo la puerta y cuando llegué los vecinos me dijeron que llamaron a la patrulla y que ya se había ido. Volvió en la madrugada y me despertó metiéndose en la cama, le pedí que se fuera, le dije que no quería volver a verlo nunca, empezó a azotarse contra la pared y cuando intenté detenerlo me empujó con tanta fuerza que al caer me abrí el coxis. Me metí en la cama e intenté dormir.

A la mañana siguiente estaba arrepentido y avergonzado, nunca, nunca volvería a pasar, había sido la cocaína, se sentía tan mal, en mi cumpleaños, con tanta gente. Preguntó si yo estaba bien, no quise hacerlo sentir peor y le dije que sí, que no me había hecho nada. Cuando vio la herida no hizo preguntas, evidentemente volvió a consumir cocaína.

Toda mi vida empezó a girar en torno a él, trabajaba en su escuela, sólo salíamos con sus amigos, los fines de semana veíamos a su familia y las vacaciones las pasábamos juntos; a pesar de que aún estaba haciendo la carrera nunca se preocupó por cómo iba y yo empecé a dejarla, junto con todos los amigos que tenía.

Al año de estar juntos mi mamá se cayó y terminó en el hospital, mi abusador y yo peleamos mucho “no se te olvide que además de tener una madre tienes un novio al que tienes que cuidar”, dijo un día que me invitó con unos amigos y que yo quería quedarme con mi mamá. Hice lo que haría la mujer inteligente que ya no era: no dormí esa noche en el hospital y fui a la fiesta.

Mi mamá murió unos días después. Más allá del daño que me hizo lo que lamento por encima de todo es haber permitido que controlara el tiempo que pasaba en el hospital y haber cedido con él cuando lo que quería era cuidar a mi mamá.

A las frases habituales: “sin mí no eres nada”, “cuando yo quiera te dejo y regreso con cualquiera de mis exnovias”, “nada más te tengo trabajando en la escuela porque coges bien”, “eres una puta, se te moja la vagina con cualquier güey”, “podría tener a la vieja que yo quisiera pero estoy contigo”; siguieron otras mejores: “me quedé por lástima”, “si no se hubiera muerto tu mamá ya te habría dejado”, “ahora sí de a de veras estás sola, soy lo único que tienes”, “si te vas, vas a regresar chillando de rodillas para que te recoja”.

Yo peleaba y respondía que no, que yo era valiosa, que trabajaba mucho y que todo lo que tenía me lo había ganado trabajando, que era inteligente y podía valerme por mí misma y no lo necesitaba. Palabras que en el fondo yo creía pero que llevaba muchísimo tiempo sin demostrar.

Las peleas eran cada vez más violentas, más desgastantes, algo en mi cabeza se negaba a gritarle sus verdades, los defectos de los que yo lo protegía, nos protegía, porque me avergonzaba estar con un hombre así, porque pensaba que si sólo yo sabía estaba a salvo, nadie me juzgaría.

Nos mudamos juntos y tomé el único control que podía: la casa, yo me ocupé de acomodar y decorar, hacía de comer, compraba la despensa y él me daba el dinero estrictamente necesario para hacerlo todo. Me volví un ama de casa que además trabajaba 42hrs a la semana y que tenía que escuchar constantemente que todo lo que hacía no valía para nada.

En todo el tiempo que estuvimos juntos no fuimos una sola vez al cine o al museo, las actividades que no incluían alcohol estaban vetadas, todo el tiempo estaba borracho, el sábado con los amigos y todos y cada uno de los domingos con sus hermanos.

Es cierto que viajábamos, muchísimo y él pagaba, pero de todos los lugares que visitamos juntos solo conocí las calles y los bares. Lo normalicé a tal punto que cuando mi abuela preocupada me preguntó le respondí que así era él y estaba bien y yo no podía ni quería cambiarlo.

No diría que era infeliz, no todo el tiempo, al final sentía que era un precio que tenía que pagar para trabajar en lo que me gustaba y vivir donde vivía. Lo dije antes, yo no creía en el fondo ninguna de las cosas que decía de mí, sin embargo, sí había una parte de mí que sentía que eso, por horrible que fuera, era lo más estable que había tenido jamás y que me convenía quedarme.

Siempre supe que si lo dejaba me quedaría sin trabajo y estuve dispuesta mucho tiempo, casi cuatro años, a pagar ese precio. Tenía su parte de razón “sin él no era nada”, por lo menos nada de lo que me gustaba ser, no había avanzado en la carrera y era poco probable que me contrataran en otra escuela.

Un día creí que estaba embarazada y me emocioné, yo quería tener una familia y hasta donde sabía él también, resultó ser una falsa alarma, pero aún así se lo conté, su respuesta fue simple y brutal, “sí quiero tener hijos, pero no contigo”, me enojé muchísimo, me dolió muchísimo “¿para qué estaba conmigo entonces?, ¿para joderme?, ¿para lastimarme?”.

La vida que quería para mí no estaba junto a él

Un par de semanas después, un domingo a las 8 de la noche en que yo preparaba algo de cenar lo vi tirado en el sillón, perdido de borracho frente a la tele, con esta costumbre suya de sólo levantarse un poco para darle un trago más a la copa y volver a perderse. Lo miré y por primera vez lo vi, nos imaginé a futuro, yo cargando y cuidando a ese niño que por fortuna no existió y él ahí, en el sillón, borracho, siempre. Fue una revelación obvia y clara: a pesar de todo, ahí no estaba la vida que yo deseaba sin importar el precio que pagara.

La siguiente revelación fue una mañana que desperté profundamente triste y descubrí que todo en mi vida me hacía profundamente feliz, menos la persona de la que todo venía y decidí que no valía la pena, ni la humillación, ni los golpes. Decidí que ya no sólo iba a decir que valía más que eso, sino que actuaría en consecuencia.

Empecé a salir sola, a hacer de sus amigos mis amigos, a recuperar a los míos, a reírme con ellos, a tener mi grupito, a no contarle todo, dejé de reportar mis horas de llegada y con quién salía o a qué, volví a la facultad, me inscribí a un curso. Cada cosa lo enfurecía y lo desquiciaba más, me llamaba mil veces, me escribía mensajes amenazadores, se iba y volvía tardísimo o a la mañana siguiente, aunque fuera entre semana. Peleábamos diario, bueno, él peleaba, yo dejé de responder a sus golpes y a sus gritos, sólo me paraba y lo escuchaba.

Poco antes de la última Navidad que estuvimos juntos hicimos una cena con amigos, cuando todos se fueron peleamos y en cuanto se quedó dormido salí, me llamó mil veces, cuando contesté me dijo que no regresara, que era una puta y ya no tenía casa. Volví y la puerta estaba cerrada, tuve que tocar y hacer un escándalo para entrar, me abrió la puerta su sobrina de 15 años, vivía con nosotros, él salió enfurecido y la encaró por haberme abierto, ella estaba aterrada, es otra de las cosas que lamento, haberla hecho vivir un momento como ese y peor, no haber podido hacer nada para que viviera en un ambiente más amable y más lindo.

Esa noche no me defendí, me golpeó más de lo que lo había hecho nunca, me azotó contra el piso, contra la cama, me jaló el cabello, me ahorcó, me apretó la boca y me hizo sangrar mientras me gritaba; ni siquiera me dolía, estaba en una suerte de shock, no dejaban de brotarme lágrimas de los ojos pero no diría que estaba llorando, cuando me harté le dije que me iba, me jaló tan fuerte que la playera que traía se desgarró por completo y quedé semidesnuda, me empujó hacia la puerta diciéndome que así sí podía irme, desnuda como la puta que era, lo amenacé con lo único que podía: si no me dejaba en paz le contaría a todo mundo. Me soltó y me dejó entrar, dormimos.

Al despertar empecé a juntar mis cosas para guardarlas, separé sus libros de los míos, hice un par de citas para visitar departamentos. No le conté a nadie lo que había pasado. Cuando me metí a bañar entró al baño conmigo, yo estaba desnuda, cubierta de moretones, me miró y me acarició “mira lo que nos hicimos”, asentí. Se desvistió y entró en la regadera conmigo, fue la última vez que dejé que estuviera dentro de mí, me dolía todo el cuerpo y lloraba mientras con el agua caliente trataba de limpiar lo último que me quedaba de vergüenza.

Salí a caminar y respirar, ese día decidí dejarlo sin importar todo aquello que perdería. Empecé a buscar casa y trabajo. Llegaron las vacaciones y cada uno se fue por su lado, mi familia no hizo preguntas, me cuidaron los pocos días que estuve con ellos y me desearon lo mejor. A nadie le conté nada, ni la violencia, ni los insultos, sólo dije que ya se había acabado.

En un pacto de civilidad me dijo que me permitiría conservar mi trabajo hasta que acabara el curso, se arrepintió una semana después y me corrió. Habría podido pelear, demandarlo, exponerlo ante todos, aún tenía los moretones con los que había cubierto mi cuerpo, conseguir unos nuevos habría sido sencillo, pero elegí el silencio, sólo le pedí que me indemnizara como a cualquier empleado. La última cosa que me dijo fue “pensé que te había amarrado bien”, todo quedó muy claro.

Cuando me fui le contó cosas horribles de mí a todo mundo, sólo lo desmentí ante aquellos que tuvieron la prudencia o la bondad de cuestionarme. La verdad la conté en pedazos, avergonzada por haber permitido que me hicieran lo que él hizo, me tomó muchísimo tiempo perdonarme y a veces creo que aún no lo hago. Las personas que conocen la historia completa me han pedido denunciarlo, han dicho que debería vengarme, que no puede quedar impune.

No quise hacerlo, aunque no sepa por qué, quizá al principio pensaba en los alumnos, en la escuela, en lo valioso del trabajo que hacíamos día a día con los niños y pensaba que con mi historia, mi pequeña historia, iba a manchar algo que era más grande que nosotros; después creo que sólo sentí que no valía la pena, que era desgastarme en vano, que además yo ya no tenía ninguna prueba y siendo mi palabra contra la suya él ganaría.

Hoy me doy cuenta de que no se trata de enfrentarlo a él, eso ya no lo necesito, mucho tiempo quise que supiera la cantidad de daño que me había hecho, quise que supiera que lo que hacía estaba mal, que se disculpara, que se arrepintiera. Hoy no quiero nada de él, soy una persona plena a la que le quedan resabios amargos de esa relación, maletas que poco a poco voy deshaciendo con ayuda de los que me quieren y de mi actual pareja que, aunque a veces no entiende mis reacciones, siempre busca apoyarme.

No quiero ser vista como víctima, no lo soy, no asumirme como una me hace sentime fuerte, dueña no sólo de mis acciones presentes, sino de ese pasado en el que me equivoqué tantas veces; me guardo el derecho a saber que incluso esa vida y ese infierno me pertenecen.

Hoy escribo por la misma razón que escribo siempre, “para que el agua envenenada pueda beberse”, hoy lanzo este trago amargo al mar porque hay gente a la que puede ayudarle, a mí, para empezar.

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