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Mi relación con la sangre: la historia de mi menstruación

Desde la llegada de mi periodo hasta la edad de 24 años mi relación y acercamiento con la menstruación siempre fue desgastante. Un motivo de preocupación y, en otras ocasiones, un tema de evasión. Aunque desde la infancia tuve una educación sexual amplia y para mi fortuna cercana, nunca me gustó la forma en la que tuve que relacionarme con la menstruación.

Para mí significaba un periodo donde tenía que detener mis actividades. Además, las toallas desechables siempre resultaron un problema, eran muy incómodas. Todo el tiempo me sentía con la preocupación de tener que cambiarme debido a que mi flujo era abundante. Por muchos años el gasto que la compra de toallas implicaba era agobiante, pues en mi casa somos 4 mujeres.

Qué molesto era mancharme, tener que pasar por la vergüenza de que la gente me viera el trasero, qué molesto era enrollar la toalla y detectar los malos olores. Todo apuntaba a que prefería ser hombre, siendo adolescente recuerdo habérselo dicho a mis compañeras, en definitiva la menstruación no era algo que me entusiasmara.

Con el paso del tiempo empezaron los problemas, el periodo podía tardar en llegar un mes, pero por supuesto no era algo que me preocupará todo lo contrario lo disfrutaba, fue entonces como llegó el peor mal de mi vida: LAS PASTILLAS ANTICONCEPTIVAS.

Comencé a tomarlas porque mi ginecóloga me dijo que me ayudarían a regularme y me harían olvidarme de los cólicos. Tenía 15 años y mientras tomaba las pastillas todo estaba bien, el problema es que no siempre podían comprármelas, entonces pasaba algo raro: mi menstruación se tardaba hasta tres meses en llegar o me duraba más de siete días.

Si pudiera regresar el tiempo y corregir algunos errores, este sería el primero:

Le diría a esa niña de 15 años que por ninguna razón tomara esas pastillas, que se acercara de otra forma a su sexualidad, a la menstruación y que haría lo posible para que se enterara de qué hermoso es ser cíclica.

Pero el hubiera no existe y lo que ocurrió después fue un sinfín de batallas por aceptar y negar mi sangre. La inversión que debía hacer para seguir el tratamiento de las pastillas iba de los 4 mil 800 pesos a los 6 mil pesos por año. No sé si era mucho o poco, a distancia todo cobra otro sentido, pero lo que sí sé es que en esos momentos a veces mi familia podía comprarlas y otras no.

Vivir con el síndrome de ovario poliquístico

Todo el tiempo me mandaban hacer ultrasonidos, siempre me dijeron que tenía quistes pero no importaba porque las pastillas anticonceptivas lo curarían todo. Cambié muchas veces de ginecóloga y ginecólogo, ninguno me explicaba lo que pasaba y solo me daban medicinas. Temo decir que en una ocasión pasé por una revisión y examen ginecológico en donde sentí un halo de abuso.

Después de un tiempo me harté y comencé a preguntar: ¿Qué significa tener ovario poliquístico? Tu cerebro no manda las señales correctas para que tu sistema reproductivo mes con mes produzca tu menstruación. ¡¿Producir?! Por si fuera poco a esto le sumé la inquietud y mis deseos por tener mis primeras relaciones sexuales.

En una ocasión tanto yo como mi pareja sexual no fuimos responsables y se me hizo fácil seguir con el jueguito de las pastillas, entonces llegó la pastilla del día siguiente. El resultado fue catastrófico, un desorden  y desajuste que me costó muchos años retomar. Mi menstruación llegaba a durar hasta un mes completo y tardaba en llegar hasta tres, los ultrasonidos indicaban que los quistes habían aumentado de tamaño y los médicos me dijeron que tendrían que operarme.

Fue entonces cuando decidí tomar las riendas, investigar, buscar alternativas, intentar relacionarme con mi menstruación de otra forma. No fue fácil porque prácticamente todos los que me rodeaban y sabían de mi problema no sabían cómo apoyarme, ni tampoco creían que era adecuado dejar de tomar las pastillas. Pero yo ya lo había decidido, ya no quería tomar más hormonas.

A finales del 2017 tuve una hemorragia que me dejó con anemia, perdí bastante sangre, desde dos años antes yo sabía y observaba que era dependiente de las pastillas anticonceptivas, sin ellas no podía dejar de sangrar. Después de pasar aproximadamente un mes en cama debido a la hemorragia busqué un método que me ayudara.

Fue entonces cuando llegó la copa menstrual, asistí a un taller en donde me hablaron de ecofeminismo. Compré toallas de tela para dejar a un lado las tóxicas toallas desechables, que también aportaban y complicaban mi problema, tiempo después empecé a notar los cambios y pronto pude ahorrar para adquirir mi copa.

La copa menstrual y el ecofeminismo

La copa me ayudó en muchos aspectos, para empezar mi periodo se regularizó y el tocar mi sangre me ha permitido entender muchos aspectos velados de mí misma. Empecé a entender que nunca tuve un acercamiento adecuado o sano con mi menstruación, a pesar de tener una educación sexual decente. Empecé a sanar, entendí que no tengo por qué preocuparme si hay gotas de sangre en mi ropa.

Lo más hermoso de esto fue que comencé a tener un dialogo con las plantas. Sí, me di cuenta que podía regar mis plantas con la sangre que recogía de mi copa. Esto sucedió porque continuamente escuchaba como varias mujeres estaban resignificando su menstruación y entonces utilizaban su sangre para diferentes usos. Para mí el primero, y el que me resultó más fácil para comenzar a transformar esos imaginarios sociales, fue regar mis plantas.

Regarlas con agua y mi sangre menstrual me hizo entender que mi sangre no es ningún desecho y al observar cómo las plantas seguían creciendo y floreciendo me empecé a hacer amante de la naturaleza. Me encanta ver los secretos que las plantas ocultan. Nuestra sangre no es asquerosa ni está podrida, nuestra sangre, tu sangre, mi sangre es vida que viene a ayudar a nutrir al futuro feto que se geste (o no) en mi interior. La sangre viene y va, te lleva, te transforma, es fuego, agua y nutre la tierra.

Si a ti también te gustaría comenzar a utilizar la copa menstrual, lee nuestra entrevista al proyecto Copa menstrual México.

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