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Migrar no es un jardín de flores: la historia de Lucía en Alemania

CRÓNICA VIOLETA – Experiencias de mujeres migrantes

Crónica Violeta es un espacio de diálogo sobre la migración de mujeres para abordar y abrir nuevos itinerarios, nuevas búsquedas y caminos que nos signifiquen ampliar conexiones en los procesos de cambio y de movilidad. La experiencia migratoria de mujeres también está marcada por recurrentes estereotipos, unos velados y otros bien identificados, que pocas veces son expuestos.

“Vinimos a Alemania con la esperanza de una vida mejor, una vida tranquila, una vida segura,… pero no fue así”.

Es conocida la delicada situación que se vive en Venezuela. Entre el 2015 y el 2019 la Agencia de la ONU para los Refugiados (ACNUR) ha registrado la salida de aproximadamente 4 millones de personas. Los principales países de tránsito y destino migratorio son Colombia, Perú, Chile y Ecuador.   

Esta historia se suma a todas esas historias que contamos con voz quebradiza, porque duele, porque lesiona y porque sigue sucediendo, aquí o allá. 

Lucía nos cuenta de su abuelo, y cómo él tuvo que huir de una Alemania nazi y una Europa en guerra, de eso hace más de 80 años. Él encontró refugio en Venezuela, ahí se forjó un nuevo destino y construyó su hogar. Lucía nació en el seno de esta familia alemana-venezolana.

Tenía una vida tranquila junto a su esposo y su hijo, nada parecía que iba a cambiar hasta que llegó la crisis, la inseguridad, el hambre a su país de nacimiento: eso le llevó a pensar en migrar como una alternativa para mejorar su situación que empezaba a ser insostenible. El destino elegido fue el país de su abuelo: Alemania, ya que ella contaba con su pasaporte alemán, así que gestionó su pasaje y el de su hijo con una fundación y tomó uno de los últimos vuelos de Lufthansa desde Venezuela a Alemania. El esposo se reuniría más tarde con ellos.  

En el otoño de 2015 Lucía llegó a Alemania, no conocía a nadie, no tenía familia, no tenía dinero y por internet contactó con personas que le dieron información sobre qué podía hacer en su situación. Así conoció a un señor que había vivido en Venezuela y él la acogió en su casa, vivió un mes en una pequeña localidad de aproximadamente 400 habitantes, donde no encontró posibilidades para aprender el idioma, ni avanzar en el proceso de integración.   

“Después de haber sido una mujer libre en mi país, que me desenvolvía para hacer mis cosas, que no necesitaba a nadie, de pronto estaba como atada de pies y manos. Fue horrible la sensación de depender de otro, que el señor me tradujera, que el señor me llevara, incluso a hacer la compra“.

Lucía contactó a un estudiante venezolano-alemán quien la ayudó a hospedarse en un hotel donde solo pudo pagar cuatro noches. Un traductor la acompañó a las oficinas para registrarse y solicitar ayuda para conseguir vivienda y trabajo. Fue en una de esas oficinas donde encontró las primeras dificultades, ya que a pesar de contar con la nacionalidad alemana le indicaron que tendría que regresar a Venezuela.  

Debido a la insistencia de Lucía, que volvía una y otra vez a las oficinas, le ofrecieron una residencia compartida con refugiados de Siria, Afganistán, algunos de los países que ella recuerda. Lucía y su hijo se fueron a vivir en el quinto piso de la residencia, cada planta contaba al menos con ocho habitaciones donde se compartía la cocina y había un solo baño para aproximadamente 16 personas de las cuales dos eran mujeres.

“Lo que más me llamó la atención es que un 80 por ciento de quienes vivían en el edificio eran hombres, los refugiados eran hombres. Eso me causó un choque, me preguntaba: ‘¿dónde están las mujeres?’”.

Cuando Lucía recuerda el tiempo que vivió con su hijo en la residencia compartida le tiembla la voz. Hace pausas para tomar aire y continuar relatando su experiencia. Le costaba mucho confrontar a su hijo de trece años con la realidad de la droga, los adictos pinchándose en la calle, la prostitución que es frecuente en la zona de Frankfurt donde está ubicada la residencia. 

Había días que su hijo no iba a la escuela ya que no podía salir hasta que no llegaba la ambulancia o la policía para trasladar a alguna persona que se quedaba inconsciente en la puerta del edificio a causa de una sobredosis.  

“Una vez mi hijo me dijo: «hay días en los que quisiera lanzarme por la ventana, no quiero seguir aquí, no quiero vivir aquí»”.

Ella conocía a otras familias en similar situación que venían de Venezuela y las ubicaban en otros edificios. Ella es enfática y clara al señalar que no intenta discriminar a otras culturas, pero al no pertenecer a la cultura islámica y desconocer las restricciones y la visión hacia la mujer de esta cultura le complicó mucho convivir con los refugiados residentes del edificio. La vivencia más difícil para Lucía aún estaba por llegar.    

Lo que para Lucía era una simple cordialidad de vecinos, de saludar sonriente, amable, como se acostumbra en países de Latinoamérica, en su criterio pudo haber sido una invitación para que uno de sus vecinos la acosara hasta llegar a agredirla.  Con frecuencia se encontraba con el vecino en los espacios como la cocina, cosa que ella nunca interpretó como una actitud anormal. Ahora que piensa con más detenimiento en la situación, Lucía llega a pensar que él la seguía, porque cuando salía a la calle casualmente se lo encontraba y este se ofrecía a llevar las bolsas de la compra. Nada de esto le permitió advertir los sucesos posteriores.

“Tengo como un trauma y me siento culpable, por haber sido en algún momento simpática con el hombre, porque creo que me vas a culpar, porque la gente tiende a culparme o culpar a la persona que ha sido agredida“.

Lucía se encontraba en el área de las lavanderías en el sótano de la residencia. El vecino estaba ahí y pretendió ayudarla a programar la lavadora, aunque ella rechazó la oferta diciendo: “Nein, nein” (no, no). 

Estaban solos en la lavandería y Lucía sintió miedo y angustia, porque él empezó a acercarse demasiado e intentó besarle el cuello. Ella lo empujó diciendo nuevamente “nein, nein”, pero él con nuevo impulso continuó apretándola, manoseándola, tocándola. El vecino era pequeño de estatura, pero ella sentía la fuerza con la que él intentaba besarla e incluso morder su cuello mientras la empujaba hacia un rincón oscuro del sótano. 

No recuerda a ciencia cierta la forma en que logró liberarse de él y llegar hasta las escaleras, subir corriendo hasta el quinto piso y cerrar la puerta de su habitación con llave.    

“En un momento me pasó la lengua por el cuello, lo sentí asqueroso”.

El acoso no terminaría ahí, el vecino la esperaba en la puerta de la residencia con el deseo de encontrarla sola. Cuando no estaba su hijo intentaba abrir la puerta de la habitación, incluso le enviaba mensajes por las redes sociales, donde él aparecía vestido con traje militar, situación que intimidaba aún más a Lucía.  

“Yo no pensaba que por ser amable con estos hombres… él tenía derecho a abusar de mí”.

Sin tener a quién confiarle lo sucedido, le contó al traductor y su esposa, quienes contactaron con el conserje de la residencia y el dueño del edificio para informar el hecho y a quienes les mostró los hematomas que le provocó la agresión. La solución que le pudieron ofrecer fue que ella enfrentara al vecino y hablara con él para indicarle que su comportamiento no es el que ella esperaba.

“Mi traductor, me culpó, en automático empezó a gritarme que  por qué yo sonreía, que eso me pasa por ser simpática…”.

Lucía pensó en las garantías de su seguridad: el conserje y el dueño del edificio se marcharían y ella se quedaría en el piso conviviendo a pocas puertas de su habitación con el hombre que la acosaba,  que la agredió, que intentó varias veces ingresar a su dormitorio.

Ella tuvo miedo por su vida, por la vida de su hijo y rehusó enfrentar al agresor. Junto con el conserje, Lucía volvió a la oficina de ayuda social, donde la trabajadora social rehusó reubicarla e incluso puso en duda la agresión. Casi un año más tarde, Lucía buscó denunciar la negligencia de la trabajadora social, pero le indicaron que era muy tarde para interponer alguna acusación.

“Ahí sí sentí racismo, ahí sí sentí discriminación, por lo que a mí me pasó en la oficina de ayuda social”.

Los siguientes meses fueron una verdadera angustia para Lucía, no podía salir sola al baño, a la cocina, temía encontrar a su agresor en cualquier momento, vivía en permanente tensión y pánico. Se sentía muy mal, perdida sin poder hablar y comunicarse en alemán, sin derechos, sola, completamente vulnerable.  

Lucía contactó con una organización de mujeres y ellas gestionaron una cita con la trabajadora social para buscar una solución a su caso. Gracias a la buena reputación de la organización se logró activar a la trabajadora social y ese mismo día le asignaron un nuevo lugar e incluso le cambiaron de escuela a su hijo.  Además, la trabajadora social se justificó indicando no tener conocimiento de la agresión y el pedido de Lucía de ser reubicada y dijo que desconocía las reiteradas visitas a la oficina de Lucía con los traductores.

“No sé cuál es el efecto psicológico que hay detrás de un ataque con carácter sexual. Yo veía a mí vecino y me temblaban las piernas, yo perdía las fuerzas, el control de mí… yo antes no lo entendía, pero ahora cuando escucho la historia de alguna mujer que ha sido violada sistemáticamente, la puedo entender, porque te vuelves débil frente a esa persona, más con el entorno que te hace sentir culpable”.

A pesar de las iniciativas existentes para visibilizar la situación de las mujeres migrantes frente a la vulneración de sus derechos y reflejar el estado de violencia contra la mujer en la sociedad de acogida, nos seguimos quedado limitados en su protección.

Fallan los Estados, falla la puesta en marcha de las alertas de instituciones que deberían ayudar y facilitar el apoyo en diferentes idiomas. Esto aumenta la vulnerabilidad de las mujeres migrantes, intensifica su aislamiento, las expone a la indefensión y conduce a que la víctima guarde silencio, porque su palabra no goza de suficiente credibilidad, porque teme el juicio sobre ella, a la culpa.

Se vuelve urgente y necesario desarticular los procesos y el discurso revictimizador que cuestione a la víctima, que le haga sentir culpable por cualquier actitud previa que el acosador haya utilizado como pretexto para atacar.

Ver Comentario (1)
  • Muy interesante y doloroso testimonio sobre los abusos a los que las mujeres migrantes pueden estar expuestas en su vida y sobre todo bajo circunstancias intolerantes. Ojalá existiesen más crónicas como ésta que den voz a las mujeres que no la tienen. ¡Felicitaciones! ¡Sigan adelante!

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