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Mother! por Jennifer

Cuando pienso en canciones que hablen sobre la maternidad, siempre recuerdo la de John Lennon y lo triste que me sentía cuando escuchaba ese canto desgarrador en mi adolescencia. Durante ese período de mi vida, no entendía por qué me provocaba ese sentimiento en particular, por qué me hacía sentir tan mal. Pasaron más de diez años y volví a escucharla.

La verdad es que también quisiera entender al menos por qué me suceden estas cosas. También sé que conozco parte de la respuesta, pero es más fácil negar que realmente podría ser algo como lo que me imagino.

Mi madre tiene sus temporadas en que se pone especialmente difícil, sobre todo cuando sabe que sucederá algo que me hace feliz. De alguna forma encuentra la manera de minimizar lo que esté haciendo escondiendo sus verdaderas intenciones como “chistes”. Cuando me niego a responderle, busca formas aún peores para hacerse notar.

Quisiera decir que sus palabras ya no me lastiman, pero no es verdad. Sentí feo cuando me di cuenta que no asistió a un evento importante para mí, que hubiera inventado que estaba enferma. Sé que no es verdad porque mi hermana la vio en perfecto estado de salud tan solo una hora antes.

Por otro lado, me sentí aliviada de que no fuera. Me relajé. Recuerdo pensar que así no iba a hacer un drama y que no se iba a enojar porque nadie le hacía caso. Esa justo es la razón por la que creo que al final no llegó: porque no soporta que yo acapare los reflectores por una vez en la vida.

Mi madre ha sido el obstáculo más grande en mi recuperación, porque aunque sé que una buena parte de sí misma me desprecia y me tiene unos celos virulentos, otra no quiere que me vaya y se aferra con todo lo que tiene para retenerme. En base de humillaciones y palabras duras. Lo sé, no tiene ningún sentido, pero ¿qué persona lo tiene?

El noventa y nueve por ciento del tiempo siento que está en una competencia constante. Quién es la más bonita, la más exitosa, la de mejor cuerpo, la que puede presumir de grandes amistades, la que tiene las mejores cosas. No lo entiendo porque yo no compito con ella ni me interesa, somos mujeres muy diferentes y de generaciones distintas. Pero ella parece tener otra opinión.

Un día llegó alegando que fue al doctor y me contó lo que dice siempre cuando quiere convencerse o convencer a los demás de sus propias inseguridades: que le recomendaron tener un novio. Al parecer ese siempre es el diagnóstico que recibe cuando se siente mal, tenga la enfermedad que tenga. A estas alturas me inclino más a considerar que las supuestas enfermedades son simples síntomas de lo que tiene en su propia cabeza.

Detesto que me pregunte cuándo veré a mi pareja, qué hacemos, a dónde vamos. Es como si en su mente estuviera midiendo todo lo que ha tenido o vivido con otros hombres y llevara una especie de extraño marcador en el que a fuerza debe llevar las de ganar. Esa faceta suya, la de la mamá celosa de la hija que sí tiene novio, me enferma al punto que me dan ganas de no volver a verla jamás en la vida.

Si soy honesta, su necesidad casi alarmante de tener una pareja me da miedo. Siempre se ha caracterizado por poner por delante de sí misma y de su familia, las necesidades del primer cabrón que le habla bonito. Es la mujer que se deja manipular con tal de sentirse acompañada por alguien, no importa qué tan mierda sea el tipo ni a quién tenga que arrastrar para retenerlo. Cuando tiene pareja, sé que no le importará pasar por encima de nadie con tal de tener a su vato contento.

Sé que debería ponerme en su lugar, que debería tratar de entenderla. Entiendo que es huérfana, que vivió con sus tíos, que su abuela la crió de una manera muy estricta, que se casó para poder vivir una vida libre. Que nos quiso a su manera y como sabía hacerlo, que nos dio la mejor vida que pudo haciendo muchos sacrificios y que los sigue haciendo el día de hoy.

Pero no puedo entender cómo es que alguien puede decir que tuvo hijos porque “se aburría” y porque “se sentía sola” y no porque quisiera tenerlos para darles amor. Recuerdo sólo una vez en la que me dijo que me quería cuando era niña, dos o tres veces que me dio un abrazo que no fuera en Navidad. Al contrario, siempre exigía más: mejores calificaciones, mejor comportamiento, mejor cabello, mejor sonrisa, mejor todo.

Ahora que soy adulta se ha vuelto peor. Cuando era niña al menos entendía que lo que más me hacía feliz era que me dejaran en paz, sola con mis juguetes y mis historias y mis libros y las palabras de aliento que me repetía a mí misma. Ahora que he crecido se empeña en absorber todo lo que la rodea. He tenido que reclamar mi vida como mía y alejarla de mis cosas, de mi pareja, de mis libros, de mis creaciones, porque quiere reclamar como suyo hasta lo más mínimo.

A veces me da la impresión que daría lo que fuera por tomar mi lugar, por ser joven otra vez, por vivir lo que yo y hacer lo que hago, por estar en mi cuerpo.

Me da miedo esa actitud y sí, a veces me da miedo convivir con ella, hablar con ella. Nunca sé en qué momento me soltará una frase tipo “no seas ridícula” o “ya no comas tanto porque se nota la panza”.

Cuándo me humillará o maltratará con algo que a sus ojos haya hecho mal. Sé que le satisface hacerme sentir de la mierda, sé que le hace feliz verme derrotada o triste. Es una competencia a muerte con su propia hija y llevo las de perder.

Sé que lo mejor para mí es no convivir con ella, alejarme de su persona. Me siento bien y feliz cuando no está, cuando no la tengo alrededor. Para algunas personas, la actitud que tomo es de una hija ingrata y culera que no ve que su madre la necesita. Para mí, mi actitud es de amor, propio y compartido. Si el amor en mi familia no se demuestra con palabras cariñosas y sí con acciones, el acto de amor más perfecto del mundo sería poner tierra de por medio entre las dos.

Hacen falta muchos huevos para entender que las madres no son perfectas, ni son seres inmaculados capaces de dar todo el amor del mundo. Las madres también son humanas, se equivocan. Las madres también pueden amar y detestar por igual. Las madres también pueden ser hoyos negros.

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