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Mujeres de derecha de Andrea Dworkin, pte. 1: el estigma del aborto

Esta es la primera de tres entregas de una selección de fragmentos que traduje del capítulo “Aborto” del libro Right Wing Women: The politics of domesticated females (Mujeres de derecha: las políticas de la mujer domesticada) de la feminista Andrea Dworkin, publicado en 1978 en Estados Unidos.

Este primer fragmento trata sobre el estigma del aborto, principalmente la razón por la cual tantas mujeres le rehúyen al tema y niegan o callan sus abortos. Explica el origen de la culpa que sienten las mujeres por la acusación de asesinato que reciben de los hombres, cuya respuesta psíquica al aborto también investiga.

Decidí traducir estos fragmentos porque me parecen más vigentes que nunca. Su texto me atravesó la cuerpa: se me aceleró el corazón, suspiré, recordé cosas, viajé en el tiempo, perdoné, me perdoné.

El tono y la elocuencia de Dworkin, su capacidad de des-romantizar las opresiones y de narrar la génesis personificada pero objetiva, visceral, casi mecánica de las mismas, son algunos de los ingredientes que vuelven medular su análisis y que nos retan a preguntarnos: ¿realmente ha cambiado la cosa? ¿acaso no estamos repitiendo este drama, en otros términos (bajo otros disfraces) y en otros territorios? 

Es asombroso cómo el patriarcado se reproduce con las mismas estrategias de siempre y sigue logrando que nos fijemos en los detalles superficiales y no en la dinámica integral del asunto, ni en la subjetividad de los cuerpos que son los blancos de la misoginia, incluyendo la interiorizada: las mujeres.

Aunque ella escribe a principios de los 80, las mexicanas en 2020 tenemos casi nulo acceso al aborto legal y sin estigmas. Hoy en día hay muchos más abortos fuera del matrimonio y sin embargo en países como México el liberalismo sexual no ha cambiado la moral patriarcal detrás de las leyes y la condena social del aborto.

Basta leer los comentarios de cualquier nota periodística sobre el tema: la mayoría de la población sigue rechazando el aborto y hay un número creciente de activistas pro-vida/antiderechos que son tanto hombres como mujeres de derecha. 

Desde luego es importante remarcar nuestras diferencias con la época y lugar de enunciación de Dworkin. Cada lectora podría hacer un libro propio aplicando a su propio contexto el análisis de Dworkin y vislumbrando las diferencias geográficas, históricas, culturales, étnicas, de raza y clase que pueden llevarlas a distintas conclusiones. Pero para hacer eso primero hay que leerla. 

En México las mujeres hoy tenemos Fondo María y más ONGs de derechos reproductivos, misoprostol avalado por la ONU, ciber-acompañantes feministas no tan difíciles de encontrar.

La Marea Verde en Latinoamérica nos ha regalado, en tiempos muy recientes, un abanico de chistes, memes, análisis, cuestionamientos, testimonios e información científica sobre el aborto y nuestros cuerpos que a veces hasta llegan al punto de glorificarlo un poco (aunque esto aliene a algunas, es un componente necesario de cualquier lucha social).

Está cambiando el imaginario de muerte y mutilación en torno al aborto y esto es algo bueno. Pero como Dworkin nos estaría señalando, no hay que perder la memoria aún, no convencernos de que nuestra burbuja es tan grande como para abrazar a todas. Las mujeres siguen muriendo por falta de información, por el estigma y el miedo, por el placer de los hombres y por la imposibilidad psicológica, física y/o económica de decirles que no. Y nada es tan simple como parece.

El segundo fragmento que traduje tiene como tema la revolución sexual ligada al movimiento hippie antibélico y antiimperialista que fue un antecedente importante de la lucha por el aborto legal en Estados Unidos.

Con un agudo sarcasmo y despiadada claridad, Dworkin narra como si fuera un perverso cuento de hadas, la lucha de poder entre los sexos que deriva de la promesa utópica de “amor libre, iluminación espiritual y unión popular” de esta neorevolución francesa donde otra vez las mujeres lucharon junto a los hombres para descubrir que volverían a ser sometidas en el nuevo orden social. 

La tercera y última sección que traduje analizará con lupa la psique de la arquetípica mujer de derecha (blanca y cristiana) que estaba en un momento crítico después de la Segunda Guerra Mundial con la entrada masiva de las mujeres de clase media y alta a las universidades y lugares de trabajo, así como la masificación de la televisión y la industria de la mercadotecnia (que se fundió con la “revolución sexual”).

En una sola generación, la vida cambió mucho para todas las personas, pero doblemente así para las mujeres. Dworkin desmenuza la rivalidad entre estas madres conservadoras y sus hijas liberales, muy vigente en Latinoamérica, donde también nos han alcanzado estos procesos pero de manera diferente.

Su análisis nos proporciona un entendimiento que, como un bálsamo, nos limpia de culpas y confusiones que teníamos atoradas respecto a nuestras propias conductas y las de otras mujeres, como nuestras madres, amigas e incluso mujeres de la vida pública. Sin justificar sus violencias ni romantizarlas, nos da un por qué. 

Tras esta breve introducción, le paso el micrófono a la gran Andrea Dworkin.

Parte 1 – Sobre el estigma y la vergüenza 1

La equivalencia absoluta del aborto con la promiscuidad sexual es una distorsión bizarra de la verdadera historia de las mujeres y el aborto – demasiado distorsionada para ser aceptable incluso en los Estados Unidos, donde la memoria histórica abarca una década. El aborto ha sido legal solo una década. Aún no debemos enterrar las cifras. Millones de mujeres casadas, respetables, temerosas de Dios han tenido abortos clandestinos. Agradecen a su Dios haber sobrevivido; y se callan.

Sus razones para callar son “razones de mujeres”. Porque son mujeres, su sexualidad o incluso la percepción de ella puede desacreditar o lastimarlas –inexplicablemente avergonzarlas; provocar la ira, violación y ridiculización de los hombres.

La disociación de otras mujeres siempre es el curso más seguro. Ellas no son promiscuas, pero otras mujeres que han tenido abortos probablemente lo son. Ellas intentaron no embarazarse, pero las otras mujeres que abortaron probablemente no lo hicieron. Ellas aman a sus hijos, pero las otras mujeres que han abortado seguramente son madres frías, madres crueles, mujeres despiadadas. 

Ellas son personas de valor y buenas conciencias que tuvieron motivos importantes para abortar, pero las otras mujeres que abortaron deben haber hecho algo mal, son malas, son de algún modo indistintas (no emergieron del lodo primigenio femenino como personas): eran sexo, no personas.

Al guardar el secreto, se separan de otras mujeres para escapar la vergüenza de otras mujeres, la vergüenza de ser igual a otras mujeres, la vergüenza de ser mujer. Les da vergüenza haber tenido esta experiencia sangrienta, por tener este cuerpo femenino que es invadido una y otra vez y sangra y se puede morir por las invasiones y la sangre, el dolor y el batidillo, por tener este cuerpo que fue violado otra vez, esta vez por el aborto. 

Admitir haber tenido un aborto clandestino es como admitir haber sido violada: a quien se lo digas te podrá ver, desvestirte, abrirte de piernas, ver cómo entra la cosa, ver la sangre, ver el dolor, casi tocar el miedo, casi saborear la desesperación.

La mujer que admite haberse inducido un aborto clandestino le permite a quien la escucha imaginársela –a ella como una persona en ese cuerpo desdichado –en una intolerable vulnerabilidad, tan cerca de ser castigada puramente por ser mujer como una puede llegar. Es la imagen de una mujer siendo castigada por haber tenido sexo. 


*

Existe el miedo de haber asesinado: no a alguien, no un asesinato real; sino de haber hecho algo malo que te embrujará. Ella ha aprendido (aprender es una palabra pobre para lo que le ha pasado) que cualquier vida es más importante que la suya; su vida adquiere valor por medio de la maternidad, una especie de contaminación benigna. Ella tiene niños en su mente y adquiere valor a través de ellos desde que ella misma era bebé. 

Las niñitas creen que las muñecas son bebés de verdad. Las niñitas duermen a las muñecas, les dan de comer, las bañan, les ponen pañales, las cuidan cuando se enferman, les enseñan a caminar y a hablar y a vestirse –las aman. El aborto sí que convierte a una mujer en una asesina: mata a ese niño que la embarazó desde su propia infancia; mata su lealtad a la Maternidad Primero. Este es el crimen. Es culpable de no querer un bebé. 

Existe el miedo de haber matado porque tantos hombres apasionadamente creen que lo ha hecho. Para muchos hombres, cada embarazo abortado es la matanza de un hijo – y él es el hijo asesinado. Su madre lo hubiera matado si hubiera tenido la opción. Estos hombres tienen un sentido peculiarmente retroactivo y abstracto del asesinato: si ella hubiera tenido opción, yo no hubiera nacido – lo cual es asesinato.

El ego masculino, que se niega a creer en su propia muerte, ahora empuja hacia atrás, antes del nacimiento. Yo alguna vez fui un óvulo fecundado; por lo tanto abortar un óvulo fecundado es matarme a mí. Las mujeres mantienen secretos sus abortos porque temen la histeria de los hombres cuando son confrontados con lo que consideran un fantasma de su propia extinción. 

“Si las cosas fueran a su manera”, los hombres nos dicen a las feministas, “mi madre me hubiera abortado a mí. Matado a mí.”

Las mujeres guardan silencio sobre sus abortos, sus abortos clandestinos, porque los recuerdos de estos abortos son vergonzosos; es vergonzoso el recuerdo de su desesperación, del pánico, de conseguir el dinero, de conseguir al abortista, de la mugre, el peligro, el secreto.

Las mujeres sienten vergüenza cuando recuerdan pedir ayuda, cuando recuerdan rogar, cuando recuerdan a quienes les dieron la espalda y las dejaron solas en el frío. Las mujeres sienten vergüenza por el recuerdo del miedo. Las mujeres sienten vergüenza por el recuerdo de la intrusión física, la penetración, el dolor, la violación. Innumerables mujeres fueron agredidas sexualmente por el abortista antes o después del aborto; odian recordar.

Las mujeres sienten vergüenza porque se odiaron a sí mismas, odiaron su sexo, sus cuerpos femeninos, odiaron ser mujeres. Las mujeres odian recordar abortos clandestinos porque casi murieron, pudieron morir, quisieron morir, esperaron no morir, hicieron promesas a Dios rogándole que no las deje morir, tuvieron miedo de morir antes y durante y después. Nunca han vuelto a temer tanto la muerte o a sentirse tan solas. 

Y las mujeres odian recordar abortos clandestinos porque sus esposos no experimentaron nada de esto: algo que ninguna mujer perdona. Las mujeres también guardan silencio sobre sus abortos clandestinos precisamente porque tuvieron sexo marital: su esposo las montó, se las cogió, las embarazó; sus esposos determinaron el momento y el lugar y el acto.

Deseo, placer u orgasmo no necesariamente fueron experimentados por la mujer, sin embargo la mujer terminó en la tabla del carnicero. El abortista termina la obra que el marido empezó. Nadie quiere recordar esto. 

Las mujeres también guardan silencio sobre sus abortos porque querían al bebé, pero el hombre no; porque querían otros niños y no los pudieron tener, porque nunca se arrepintieron del aborto y sí se arrepintieron de hijos subsecuentes; porque tuvieron más de un aborto, que como más de una violación, fija la culpa de la mujer. Las mujeres guardan silencio sobre los abortos porque el aborto dentro de un matrimonio es egoísta, despiadado, marca a la mujer como desalmada, sin amor –y aún así lo hizo. 

Las mujeres también guardan silencio sobre los abortos que han tenido, abortos clandestinos, porque la mujer que se realiza uno o que se lo induce nunca podrá volver a ser digna de confianza: si es capaz de hacerse eso a sí misma –lastimarse, rasparse por dentro con tal de no tener un hijo –debe ser la mujer histérica, la mujer enloquecida, la mujer lunática, la mujer en rebelión contra su propio cuerpo y por lo tanto contra el hombre y Dios, la mujer que es más temida y odiada, la Medea debajo de la esposa y madre devota, la mujer salvaje, la mujer enardecida por la tristeza entre sus piernas, la mujer devastada por la manera en la que los hombres usan su útero, la mujer que por fin se ha negado a ser obligada así que debe ser castigada por el dolor y la sangre, el cuchillo y el terror. 

Notas

  1. Subtítulo mío. Selección del texto bajo mi propio criterio arbitrario. El texto está traducido tal cual, no cambio nada de orden. Me basé en la siguiente edición: Right Wing Women: The Politics of Domesticated Females. Perigee Books: Nueva York, 1883.
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