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Mujeres de derecha de Andrea Dworkin, pte. 2: La revolución sexual

Mujeres de derecha de Andrea Dworkin, pte. 2: La revolución sexual

Adriana T.
Hefer and bunnies

Esta es la segunda de tres entregas de una selección de fragmentos que traduje del capítulo “Aborto” del libro Right Wing Women: The politics of domesticated females  (Mujeres de Derecha: las políticas de la mujer domesticada) de la feminista Andrea Dworkin, publicado en 1983 en Estados Unidos.

El primer fragmento trató sobre el estigma del aborto, principalmente la razón por la cual tantas mujeres le rehúyen al tema y niegan o callan sus abortos. Explica el origen de la culpa que sienten las mujeres por la acusación de asesinato que reciben de los hombres de derecha, cuya respuesta psíquica al aborto también investiga.

Esta segunda entrega tiene como tema la revolución sexual ligada al movimiento hippie antibélico y antiimperialista que fue un antecedente importante de la lucha por el aborto legal en Estados Unidos. Este fragmento se enfoca en la izquierda, para luego volver al análisis de la derecha.

Con un agudo sarcasmo y despiadada claridad, Dworkin narra como si fuera un perverso cuento de hadas, la lucha de poder entre los sexos que deriva de la promesa utópica de “amor libre, iluminación espiritual y unión popular” de esta neorevolución francesa donde otra vez las mujeres lucharon junto a los hombres para descubrir que volverían a ser sometidas en el nuevo orden social.

Es vigente hablar del estigma y de la culpa que viven las mujeres por abortar clandestinamente. También es vigente hablar de los nuevos disfraces del patriarcado: en tiempos de Dworkin, fueron “los hombres hippies de pelo largo que querían hacer el amor y no la guerra”.

En nuestros tiempos, es el macho progre que se proclama “feministo” y quiere protagonizar la lucha, es el pseudochamán New Age que le dice a mujeres vulnerables que si abrazan su “naturaleza femenina” podrán guiar a los “verdaderos hombres” hacia el suyo y dejar de “atraer” la violencia. Es el “hombre bueno” que “ayuda” a su mujer en las labores del hogar y crianza pero le deja toda la chamba emocional y administrativa para luego llamarla “neurótica” y quejarse de que ya no tienen sexo. 

Lo que ha pasado en Estados Unidos, como vecino del norte imperialista que es, nos dice mucho de lo que ahora pasa y está por pasar en nuestro territorio. Y lo que ha pasado en las calles, en las asambleas, en las casas y en las universidades no siempre llega a ser de dominio público.

Por algo feministas como Dworkin no han sido asimiladas y canonizadas como otras teóricas mucho más cómodas para el patriarcado: difícilmente a un hombre le van a “checar” los análisis de Dworkin y eso ha pesado más que la consideración por todas las mujeres que podrían encontrar alivio y cordura en sus palabras.

Por otro lado, también es importante reconocer las limitaciones, lo que ya no está vigente, lo que no aplica para nuestro territorio e incluso lo que consideramos erróneo. No comparto este texto con la intención de que lo tomemos como una Biblia Feminista, sino como parte de una historia olvidada o escondida que podemos resignificar, aumentar y apropiar. Ahora toca narrar con humor e ironía las maneras más actuales en las que nos siguen traicionando los hombres que prometen amarnos y en las que el sistema muta para que nos mantengamos en el auto-engaño y en la negación. 

Las dejo con el texto:

Parte 2 – La revolución sexual: el hippie “pacifista” y la mujer idealista1

Norman Mailer comentó durante la década de los 60 que el problema con la revolución sexual era que había caído en manos de las personas equivocadas. Tenía razón. Cayó en las manos de los hombres.

La idea “pop” era que coger era bueno, tan bueno que mientras más sexo hubiera, mejor. La idea “pop” era que las personas debían coger con quien quisieran: traducido para las chicas, esto significaba que las chicas debían querer ser cogidas –lo más cercano posible a todo el puto tiempo que fuera humanamente posible.

Para las mujeres, todo el tiempo es humanamente posible con suficientes cambios de pareja. Los hombres imaginan la frecuencia con referencia a sus propios patrones de erección y eyaculación. Las mujeres fueron cogidas mucho más de lo que los hombres cogieron.  

La filosofía de la revolución sexual es anterior a la década de los sesentas. Aparece en ideologías y movimientos de izquierda con regularidad –en la mayoría de los países en muchos periodos distintos, se manifiesta en diversas “tendencias” de izquierda. La década de 1960 en los Estados Unidos, repetida con distintas tonalidades alrededor de Europa Occidental, tuvo un carácter particularmente democrático. Una no tenía que leer a Wilheim Reich, aunque algunas lo hicieron. Era sencillo. 

Unos bastardos asquerosos que odiaban hacer el amor estaban haciendo la guerra. Unos jóvenes que amaban las flores estaban haciendo el amor y negándose a hacer la guerra. Estos jóvenes eran maravillosos y bellos. Querían paz. Hablaban de amor, amor, amor, no amor romántico sino amor al hombre (traducido para las mujeres: la humanidad). Traían el cabello largo y se pintaban la cara y vestían prendas coloridas y se arriesgaban a ser tratados como niñas. Al resistir ir a la guerra, eran “cobardes” y “nenas” y “maricas”, como las niñas. No es sorprendente que las chicas de los sesentas pensaban que estos chicos eran sus amigos especiales, sus aliados especiales, amantes cada uno de ellos. 

Las chicas eran verdaderas idealistas. Odiaban la guerra de Vietnam y sus propias vidas, a diferencia de las de los chicos, no estaban en riesgo. Odiaban el racismo sexual hacia los hombres negros que eran las figuras visiblemente amenazadas.

Las chicas no eran todas blancas, pero aún así el hombre negro era la figura de empatía, la figura que querían proteger de la violencia racista. La violación era vista como un complot racista: no como algo real en sí misma que se usaba en un contexto racista para aislar y destruir a hombres negros de maneras puntuales y estratégicas, sino como una fabricación, un figmento de la imaginación racista.

Las chicas eran idealistas porque, a diferencia de los chicos, muchas habían sido violadas; sus vidas en realidad sí estaban en riesgo. Las chicas eran idealistas especialmente porque creían en la paz y la libertad tanto que hasta pensaron que también estaba pensada para ellas. Sabían que sus madres no eran libres –veían sus pequeñas y constreñidas vidas femeninas – y no querían ser sus madres.

Aceptaron la definición de libertad sexual de los jóvenes porque, más que cualquier otra idea o práctica, las hacía diferentes a sus madres. Mientras que sus madres tuvieron el sexo como algo secreto y privado, cargado de tanto miedo y vergüenza, las jóvenes proclamaron que el sexo era su derecho, su placer, su libertad. Denostaron la estupidez de sus madres y se aliaron en términos abiertamente sexuales con los chicos de pelo largo que querían paz, libertad y coger en todas partes. 

Esta fue la visión del mundo que sacó a las jóvenes de los hogares en los que sus madres eran unas cautivas aburridas o autómatas y al mismo tiempo les hizo pensar que cualquier lugar del mundo podía ser el mejor hogar posible. En otras palabras, las chicas no se fueron de casa para encontrar aventura sexual en una selva sexual; se fueron de casa para encontrar un hogar más cálido, amable, grande, que las abrazara más. 

El radicalismo sexual estaba definido en términos clásicamente masculinos: número de parejas, frecuencia del sexo, variedades en el sexo (por ejemplo, orgías), entusiasmo por el sexo. Se suponía que todo era esencialmente igual para mujeres y hombres: dos, tres, o el número que sea de personas de pelo largo en comunión. En especial fue la reducción de la polaridad entre los géneros lo que hipnotizó a las chicas, incluso después de que la cogida revelara que los chicos sí eran hombres después de todo. 

El sexo forzado ocurría –ocurría a menudo; pero el sueño se mantenía vivo. El lesbianismo nunca fue aceptado como hacer el amor en sus propios términos sino como un fetiche para el voyerismo masculino y la esporádica cogida entre dos mujeres húmedas; aún así el sueño se mantenía vivo. Se jugueteaba con la homosexualidad masculina, se le toleraba vagamente, pero era en gran medida odiada y temida porque los hombres heterosexuales por más flores que se pusieran no aguantaban ser cogidos “como una mujer”; aún así el sueño se mantenía vivo. 

Y el sueño para las jóvenes era fundamentalmente un sueño de empatía sexual y social que negara los guiones de género, un sueño de igualdad sexual basado en lo que los hombres y las mujeres tenían en común, lo que los adultos intentaban matar en ti al obligarte a crecer. Era un deseo por una comunidad sexual más parecida a la infancia –antes de que las niñas fueran aplastadas y segregadas. Era un sueño de trascendencia sexual: trascender el mundo absolutamente dicotómico del mundo masculino-femenino con adultos que hacían la guerra y no el amor. Era –para las mujeres –un sueño de ser menos mujer en un mundo menos masculino; una erotización de una igualdad de hermandad, no el dominio masculino tradicional. 

Desearlo no lo hizo realidad. Actuar como si fuera así no lo hizo realidad. Proponerlo en comuna tras comuna, a hombre tras hombre, no lo hizo realidad. Hornear pan y protestar contra la guerra no lo hizo realidad. Las chicas de los sesentas vivieron lo que los marxistas llaman “una contradicción”, aunque en esta instancia no lo reconocen como tal.

En los años 60 miles de mujeres alrededor del mundo comenzaron a protestar por el aborto seguro como un derecho.

Precisamente al intentar erosionar los límites de género a través de un estándar aparentemente único de práctica de liberación sexual, participaron cada vez más en el acto que más reífica el género: el coito. Los hombres se volvieron más masculinos; el mundo de la contracultura se volvió más agresivamente dominado por hombres.

Las chicas se convirtieron en mujeres – se convirtieron en propiedad de un hombre o de un hombre y sus compas (en la jerga de la contracultura, “sus hermanos y los de ella también”) –intercambiada, cogida entre todos, coleccionada, colectivizada, objetificada, convertida en el material candente de la pornografía y socialmente segregada nuevamente en roles tradicionalmente femeninos. Hablando empíricamente, la liberación sexual fue practicada por las mujeres en una gran escala en los años sesenta y no funcionó: es decir, no liberó a las mujeres. Su propósito real, como se fue revelando, era liberar a los hombres para usar a las mujeres sin constreñimientos burgueses y en eso tuvo éxito. 

Una de las consecuencias para las mujeres fue una intensificación de la experiencia de ser sexualmente mujer –precisamente lo opuesto a lo que esas niñas idealistas habían visionado para sí mismas. Al experimentar una gran variedad de hombres en una gran variedad de circunstancias, mujeres que no eran prostitutas descubrieron la naturaleza impersonal, determinada por clase, de su función sexual. Descubrieron la total irrelevancia de sus propias sensibilidades individuales estéticas, éticas o políticas (ya sea que esas sensibilidades fueran caracterizadas por los hombres como femeninas o burguesas o puritanas) hacia el sexo como lo practicaban los hombres. La norma sexual era la cogida hombre-mujer, y las mujeres la servían –no servía a las mujeres. 

En el movimiento de liberación sexual de los años sesenta, su ideología y práctica, ni el sexo forzado ni el estatus subordinado de las mujeres fue un tema. Se dio por hecho que –sin represión – todo el mundo quería coito todo el tiempo (los hombres, desde luego, tenían otras cosas importantes que hacer; las mujeres no tenían razón legítima para no querer ser cogidas).

Se suponía que la aversión hacia el coito en una mujer o la dificultad para orgasmear, o la falta de deseo de penetración en un momento particular con un hombre particular, o desear menos parejas de las que estaban disponibles, o cansarse, o estar de malas, todas eran señales y pruebas de represión sexual. Coger en sí mismo era la libertad en sí misma. 

Cuando la violación –obvia, evidente, brutal –ocurría, era ignorada, a menudo por motivos políticos si el violador era negro y la mujer era blanca. Es interesante cómo una violación racialmente construida era probable que se tuviera como tal, aunque finalmente se ignorara. Cuando un hombre blanco violaba a una mujer blanca, no había vocabulario para describirla. Era un evento que ocurría por fuera del discurso político de la generación en cuestión y por lo tanto no existía.

Cuando una mujer negra era violada por un hombre blanco, el grado de reconocimiento dependía del estado de las alianzas entre hombres negros y blancos en el territorio en cuestión: dependía de si estaban, en ese momento, compartiendo a las mujeres o disputándoselas territorialmente. 

Una mujer negra violada por un hombre negro tenía la carga especial de no perjudicar a su propia raza, especialmente vulnerable a cargos de violación, al llamar atención a tal brutalidad cometida contra ella. Las golpizas y el sexo forzado eran comunes en la contracultura. Aún más generalizada era la coerción social y económica hacia las mujeres para tener sexo con hombres. Aún así no parecía haber ningún antagonismo entre la coerción sexual y la libertad sexual: una no descartaba la otra. Estaba implícita la convicción de que la fuerza no sería necesaria si las mujeres no estuvieran reprimidas; las mujeres querrían coger y no tendrían que ser obligadas a coger; así que era la represión, no la coerción, lo que impedía la libertad.

La ideología de la liberación sexual, ya sea la “pop” o la de la izquierda intelectual tradicional, no criticaba, analizaba ni repudiaba el sexo forzado, ni exigía un fin a la subordinación sexual y social de las mujeres respecto a los hombres: ninguna de esas realidades era reconocida. En su lugar, proponía que la libertad para las mujeres consistía en ser cogidas más seguido por más hombres, una suerte de movilidad lateral dentro de la misma esfera inferior.

No se exigía ningún tipo de rendición de cuentas por actos de sexo forzado, violaciones, golpizas de mujeres, al menos que las mismas mujeres fueran culpadas –normalmente por no conformarse desde un inicio. Y estas eran las mujeres que querían conformarse – que anhelaban la tierra prometida de la libertad sexual –y aún así tenían límites, preferencias, gustos, deseos de intimidad con algunos hombres y no otros, humores no necesariamente relacionados al ciclo menstrual o las fases lunares, días en los que preferirían trabajar o leer; y eran castigadas por todas estas represiones puritanas, estos lapsos pequeño-burgueses, estos diminutos ejercicios de voluntades aún más pequeñas que no coincidían con las voluntades de sus hermanos-amantes: la fuerza era usada contra ellas frecuentemente, o eran amenazadas o humilladas o expulsadas.

No disminuía el “poder floral”, la paz, la libertad, la corrección política ni la justicia la implicación del uso de la fuerza de cualquier tipo para obtener conformidad sexual.

En el jardín de placeres terrenales conocido como “la contracultura de los sesentas”, sí apareció el embarazo como una visita inoportuna; incluso en esa situación era uno de los obstáculos genuinos para la demanda masculina de sexo con mujeres. Hacía que las mujeres fueran ambivalentes, reticentes, que estuvieran preocupadas, serias, distraídas; incluso llevaba a que las mujeres dijeran que no.  

A lo largo de la década de los sesentas, la pastilla anticonceptiva no era fácil de conseguir y no había otro método seguro. Las mujeres no casadas tenían más dificultades para acceder a anticonceptivos, incluyendo el diafragma y el aborto era peligroso e ilegal. El miedo al embarazo era una razón para decir que no: no solo un pretexto sino una razón concreta que no tan fácilmente las seducían o persuadían para ignorar, ni con el argumento más astuto o deslumbrante en defensa de la libertad sexual.

Las más difíciles de convencer eran las que ya habían tenido abortos clandestinos. Independientemente de lo que pensaran del sexo, como sea que lo experimentaran, cuanto sea que les encantara o lo toleraran, sabían que para ellas tenía consecuencias en sangre y dolor y sabían que a los hombres no les costaba nada. El embarazo era una realidad material, los argumentos no podían disolverla. 

Una estrategia que usaron para contrarrestar la alta ansiedad causada por la posibilidad de embarazo fue la reverencia que se le tenía a las mujeres “naturales” –mujeres que eran “naturales” en todos los aspectos, que querían sexo orgánico (sin anticonceptivos, con todos los hijos que resultaran) y verduas orgánicas también.

Otra táctica era enfatizar la crianza comunitaria de los hijos, prometerla. Las mujeres no eran castigadas en la manera convencional por tener hijos –no eran etiquetadas como “malas” o rechazadas –pero a menudo eran abandonadas. Una mujer y su cría –pobre y relativamente marginada –vagando al interior de la contracultura cambió la calidad del hedonismo en las comunidades donde se insertaban: el par madre-cría encarnaba otra variedad de realidad, una no muy bienvenida por lo general. Había mujeres solitarias luchando por criar “libremente” a sus hijos y les estorbaban a los hombres que veían el sexo como la libertad –y el sexo terminaba para los hombres cuando terminaban. 

Estas mujeres con crías hicieron que las otras mujeres se pusieran un poco serias, un poco preocupadas, un poco cuidadosas. El embarazo, su realidad, era antiafrodisiaca. El embarazo, su carga, hacía más difícil que los chicos con flores se cogieran a las chicas con flores, que no querían verse orilladas a rasgarse por dentro o pagarle a alguien para que lo haga; tampoco querían morir. 

Fue el freno que el embarazo el puso al sexo lo que convirtió al aborto en un asunto político de alta prioridad para los hombres en la década de los sesentas –no solo para los hombres jóvenes, también para los hombres mayores de izquierda que encontraban sexo en la contracultura e incluso hombres más tradicionales que se sumergían en la alberca de chicas hippies de vez en cuando.

La despenalización del aborto –la meta política del momento –era vista como el último obstáculo a vencer que haría a las mujeres absolutamente accesibles, absolutamente “libres”. La revolución sexual, para funcionar, requería que el aborto estuviera al alcance de las mujeres cuando lo quisieran. Si no lo estaba, el sexo no estaría al alcance de los hombres cuando lo quisieran. El sexo era lo que estaba en disputa. No solo era coger, era coger de la forma en la que un gran número de chicos y hombres siempre había querido –muchas chicas que lo querían todo el tiempo fuera del matrimonio, libre, regalándolo. La izquierda dominada por hombres se agitó y peleó y argumentó a favor del aborto y hasta se organizó y hasta proporcionó recursos políticos y económicos para el derecho de las mujeres al aborto. Fue parte de la militancia de la izquierda del momento. 

Después, hacia el final de los sesentas, las mujeres que habían sido radicales en términos de la contracultura –mujeres que habían sido activas tanto política como sexualmente –se volvieron radicales en otros términos: se volvieron feministas. No eran las amas de casa de Betty Friedan. Habían protestado en las calles contra la guerra de Vietnam; algunas de ellas habían luchado en el sur por los derechos civiles de los negros y todas habían llegado a la adultez tras esa lucha; además, Dios lo sabe, habían tenido mucho sexo. Como escribió Marge Pierce en un artículo sobre sexo y política en la contracultura: 

Hacerse de un séquito cogiendo es solo la forma más extrema de lo que pasa por una práctica común en muchos lugares. Un hombre puede meter a una mujer en una organización cogiéndosela y sacarla dejando de hacerlo. Un hombre puede purgar a una mujer por ninguna razón salvo que ya se cansó de ella, la embarazó o está detrás de alguien más: y esa purga es aceptada sin un pestañeo. Hay casos de mujeres excluidas de un grupo por la sola razón de que uno de sus líderes fue impotente con ella. Si un hombre entra a un cuarto lleno de hombres, acompañado por una mujer y no la presenta, es realmente raro que alguien se moleste en preguntar su nombre o reconocer su presencia. La etiqueta que prevalece es una de amo-sirviente. 

O, como escribió Robin Morgan en 1970: “Hemos conocido el enemigo y es nuestro amigo. Y es peligroso”. En reconocimiento del sexo forzado tan frecuente en la contracultura en el lenguaje de la contracultura, Morgan escribió: “Duele entender que en Woodstock o Altamont una mujer podía ser declarada “apretada” o “mala compañera” si no quería ser violada”.

Woman burning bra in protest San Francisco
Mujer se quita el sostén como forma de protesta afuera de una tienda departamental en San Francisco, 1969. // Bettman / Bettman Archive

Estos fueron los comienzos: reconocer que los hermanos-amantes eran explotadores sexuales tan cínicos como cualquier otro explotador –ellos mandaban y humillaban y descartaban a las mujeres, usaban a las mujeres para obtener y consolidar poder, usaban a las mujeres por sexo y trabajos no remunerados, agotaban a las mujeres; reconocer que la violación era un asunto de total indiferencia para estos hermanos-amantes –lo tomaban de cualquier forma que pudieran; y reconocer que todo el trabajo para la justicia se había hecho sobre las espaldas de mujeres sexualmente explotadas al interior del movimiento.

“Pero sin duda”, escribió Robin Morgan en 1968, “incluso un hombre reaccionario en este asunto puede darse cuenta que es realmente inaudito escuchar a un joven “revolucionario” –supuestamente dedicado a construir un nuevo orden social libre para reemplazar al despiadado bajo el cual vivimos –voltearse y sin pensarlo ordenarle a “su vieja” que se calle y le haga la cena o lave sus calcetines –él está hablando ahora. Estamos acostumbradas a estas actitudes del patán americano promedio, ¿pero de este valiente y nuevo radical?

Fue la terrible y cruda realización que el sexo no era hermano-hermana sino amo-sirviente –que este valiente nuevo radical no solo quería ser maestro en su nuevo  hogar sino pacha en su propio harem – lo que las hizo estallar. Las mujeres se encendieron con la realización de que habían sido usadas sexualmente.

Al ir más allá de la agenda masculina de la liberación sexual, estas mujeres discutieron sobre sexo y política entre ellas –algo que no hacían ni cuando habían compartido la cama con el mismo hombre –y descubrieron que sus experiencias habían sido apabullantemente parecidas, pasando por el sexo forzado y la humillación sexual al abandono a la manipulación cínica tanto como obreras como objetos sexuales. Y los hombres estaban afianzados en el sexo como poder: querían a las mujeres para el sexo, no para la revolución: se reveló que no eran lo mismo después de todo. Los hombres se negaron a cambiar pero lo más importante es que odiaron a las mujeres por negarse a seguirlos sirviendo en los viejos términos –ahí estaba, revelado como lo que era. Las mujeres dejaron a los hombres –en hordas. 

Las  mujeres formaron un movimiento autónomo de mujeres, un movimiento militante feminista, para luchar contra la crueldad sexual que habían experimentado y para pelear por la justicia sexual que les había sido negada. A partir de su propia experiencia –en especial siendo coaccionadas e intercambiadas –las mujeres encontraron una primera premisa para su movimiento político: que la libertad de una mujer estaba basada en su absoluto control de su cuerpo en el sexo y la reproducción y no podía existir sin ello.

Esto incluía no solo el derecho de terminar un embarazo sino también el derecho a no tener sexo, a decir que no, no ser cogida. Para las mujeres, esto llevó a muchas áreas de descubrimiento sexual sobre la naturaleza y política de su propio deseo sexual, pero para los hombres era un callejón sin salida –la mayoría nunca reconoció al feminismo excepto bajo sus propios términos de pérdida sexual; las feministas les estaban quitando la cogida fácil.

Hicieron todo lo que pudieron para romperle el lomo al movimiento feminista –y de hecho no se han detenido todavía. Especialmente significativo ha sido su cambio de parecer y postura respecto al aborto. El derecho al aborto definido como una parte instrínseca de la revolución sexual era esencial para ellos: ¿quién podía tolerar el horror y la crueldad y la estupidez del aborto clandestino? El derecho al aborto definido como una parte intrínseca del derecho de una mujer a controlar su propio cuerpo, en el sexo también, era un asunto de suprema indiferencia. 

Se agotaron los recursos materials. Las feministas pelearon la batalla por la despenalización del aborto –que no hubiera leyes regulando el aborto –en las calles y en las cortes con un apoyo masculino severamente disminuido. En 1973, la Suprema Corte otorgó a las mujeres el aborto legal: aborto regulado por el Estado. La izquierda masculina abandonó la lucha por el aborto por razones genuinamente terribles: los chicos no estaban recibiendo sexo; había amargura y enojo hacia las feministas por terminar un movimiento (al salirse de él) que era para darle poder y sexo a los hombres; también estaba la conocida y cruel indiferencia del explotador sexual –si no se la puede coger, no es real. 

La esperanza de la izquierda masculina es que la pérdida del derecho al aborto conduzca otra vez a las mujeres a sus rangos –incluso el miedo a perderlos podría lograr eso; y la izquierda masculina ha hecho lo que ha podido para asegurar su pérdida. La Izquierda ha creado un vacío que la Derecha se ha expandido para llenar –esto logró la izquierda al abandonar una causa justa, con su década de silencio, con su década de rabietas.

Pero la Izquierda no solo ha sido una ausencia; ha sido una presencia, escandalizada de que las mujeres controlen sus propios cuerpos, escandalizada de que las mujeres se organicen para detener la explotación sexual, que por definición implica organizarse para oponerse a los valores sexuales de la Izquierda. Cuando las mujeres hayan perdido el aborto legal por completo, los hombres de izquierda las esperan de vuelta –rogando por ayuda, bien disciplinadas, listas para llegar a un acuerdo, listas para volver a abrir las piernas. En la Izquierda, las mujeres abortan en términos masculinos, como parte de la liberación sexual, o no abortarán salvo bajo riesgo de muerte. 

Y los niños de los sesentas sí crecieron también. Y se hicieron más viejos. Y ahora son hombres en la vida, no solo en la cogida. Quieren bebés. El embarazo forzado es la única manera que tienen garantizado obtenerlos. 

Notas

  1. Subtítulo mío. Selección del texto bajo mi propio criterio arbitrario. El texto está traducido tal cual, no cambio nada de orden. Me basé en la siguiente edición: Right Wing Women: The Politics of Domesticated Females. Perigee Books: Nueva York, 1883.
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