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Mujeres y letras: una praxis de exclusión y segregación histórica

Mujeres y letras: una praxis de exclusión y segregación histórica

Andrea Jocelyn Mora M
FemFutura exclusión de las mujeres

Tanto en la literatura como en las otras

producciones artísticas reconocidas

por la cultura oficial y en los medios de

comunicación masiva, las imágenes de

la mujer han sido, en su mayoría,

elaboradas por una perspectiva masculina,

que se han presentado y autorizado a sí misma

como régimen de la verdad.

Lucía Guerra

“Mujer de Octavio Paz, amante de Bioy Casares, inspiradora de García Márquez y admirada por Borges” así versaba el cintillo de la novela Reencuentro de personajes de la escritora mexicana Elena Garro, reeditada por la editorial Drácena en el año 2016. Con este cintillo, la importante obra de Garro y su gran trabajo como escritora quedaban sepultados bajo la premisa de la mujer de… Por lo tanto, si el mundo tenía que conocerla y, sobre todo, leerla, era por sus vínculos con las figuras masculinas y no por su trabajo per se

Este evento mostró la dificultad que aún hoy, en pleno siglo XXI, experimentan las mujeres para ser reconocidas, valoradas, nombradas e incorporadas en el ámbito cultural e intelectual. Desde el siglo XIX, toda la producción literaria escrita por mujeres fue considerada un subgénero de la literatura, no apta para entrar en el canon de la gran literatura que, naturalmente, sólo podía ser escrita por varones; diarios de viaje, cartas y crónicas quedan relegadas y menospreciadas porque ¿de qué más podían escribir las mujeres que no fuera el amor o la maternidad? Ellas, ajenas al mundo de las ideas, no podían producir un saber que realmente aportará al corpus que ya habían edificado los hombres.

Las mujeres, quienes históricamente fueron construidas y nombradas sujetos subalternos y hasta infantilizadas, habían estado privadas del mundo de las ideas, del mundo intelectual; su sino irrevocable era ser las madres abnegadas y sumisas de las que hablaban los textos bíblicos.

Más allá del pensamiento religioso, el pensamiento filosófico también perpetuaba y hasta llegaba a justificar “lógicamente” esta subordinación histórica de la mujer; fueron los grandes filósofos los que no dudaron en afirmar que la mujer, más que un ente separado y diferente del hombre, era su suplemento, su contraparte, la mujer el opuesto del hombre. El hombre era lo racional, la mujer lo irracional; el hombre era el control, la mujer el descontrol, el hombre estaba en el terreno de lo mental, en tanto la mujer pertenecía al ámbito de lo emocional. 

Encerradas en estos marcos reduccionistas, las posibilidades de la mujer eran limitadas, la mujer, a lo sumo, podía aspirar a ser una buena hija, una buena esposa y, una buena madre. El ser se limitaba, lo que a su vez delimitaba y definía el hacer, la mujer no podía pensar, no podía producir algo más que no fueran sus hijos, no podía reflexionar ni cuestionar, no podía escribir y por ello, no tenía nada que aportar al mundo de las ideas.

Si la mujer no era sujeta de razón, dotarla de educación era absurdo y sinsentido, la mujer estaba condenada a la ignorancia y al desconocimiento. Las finitas posibilidades del ser y del hacer las envolvían en una burbuja privada, donde incursionar en lo público parecía imposible y donde ser reconocida como sujeta de razón parecía irreal.

Por ello, cuando la mujer escribía siempre lo hacía encubierta con un seudónimo masculino; escribiendo desde las sombras y con una pluma fantasma pudo incursionar en este mundo que le había negado el acceso por su condición femenina. ¿Cuántas escritoras no han sido devoradas y ocultadas tras nombres masculinos? ¿A cuántas mujeres hemos negado y nombrado en masculino?

La mujer nunca pudo ser ella en potencia porque, oculta bajo una identidad que no le pertenecía, tenía que escribir de lo que los escritores escribían, hablar de lo que ellos hablaban, travestir su pluma; tenía que mantener los patrones prefijados y continuar con una tradición con la que se no identificaba.

Por siglos, los hombres habían escrito de ellas, los hombres habían hablado del sujeto femenino desde una posición de poder, como lo puntualiza Gabriela Mora, la mujer había sido creada por la imaginación androcéntrica. El varón se había apropiado no sólo de su historia sino también de toda ella; de su voz, de su palabra, de sus temores y aspiraciones; creyendo saber quién era la mujer escribió de ella como si se tratara de un objeto.

Los hombres creyeron conocer la naturaleza femenina, por lo que no titubearon en crear personajes femeninos que a su parecer daban cuenta exacta de las mujeres, de sus preocupaciones, de sus inquietudes y de sus deseos más íntimos. 

Muchos de estos escritores pensaron que habían develado el ser femenino, ellos habían logrado ofrecer una imagen fidedigna del “ser mujer”, su voz era la única autorizada para nombrar esa otra realidad. Los personajes femeninos en estas obras oscilaban entre lo diabólico o lo celestial; o se era una santa o se era una perversa, o se era una mojigata o se era una mezquina, o se era una seductora o se era una recatada.

Para los escritores la realidad de las mujeres era bilateral, nada de contrastes, nada de pluralidades, dado el perfil tan “exacto” que habían creado los varones no hacía falta que las mujeres escribieran o hablaran de ellas mismas, porque ellos, con su intelecto y su razón superior, ya habían hecho este trabajo.

Pese a romper con la restricción de incursionar en el mundo de las letras, hubo un hecho con el que no pudo romper, si bien podía escribir, bajo una identidad ajena, su pluma seguía encadenada, seguía esclavizada hacía lo que tenía y debía escribir. Tal como lo menciona Lucía Guerra “escribir significo que la mujer se subordinara a un orden más, el de convenciones literarias masculinas”.

Es decir, la mujer había roto ese silencio impuesto al que los otros la habían condenado pero sus palabras no le pertenecían del todo; sí, escribía, pero esas letras le eran ajenas, esas palabras eran impuestas por el otro; no salían de ella sino de alguien más. La mujer tuvo que desprenderse de todos esos elementos que no coincidían con los lineamientos de lo que era la literatura; en este intento de escribir como los varones, fueron muchos los temas que quedaron fuera de la escena literaria. 

En un campo literario dominado exclusivamente por los varones, la mujer tuvo que ocultarse a sí misma bajo una máscara, tuvo que negarse a sí misma y adquirir un disfraz que encubriera su identidad, sus sueños y sus anhelos. Así como lo señaló la norteamericana Judith Fetterley, había un estricto y riguroso control masculino de la textualidad, que no sólo condiciona el lenguaje con el que debe escribirse, como apuntó la chilena Mercedes Valdivieso, sino que también controla lo que debe escribirse.

Los temas de la literatura fueron impuestos y controlados por un grupo de poder masculino y quien osara salirse de ese marco referencial difícilmente podría incursionar en el mundo de las letras.

En este dilema entre el Deber-Ser y el No-Deber-Ser la mujer batalló para controlar sus ideas, sus pensamientos y sus reflexiones; batalló por contener esa voz interior y propia que si finalmente se reflejaba podría privarla de aquello que había logrado. Lograr el reconocimiento y la llave de acceso al saber significó negar su identidad y adaptarse a una realidad masculina. Pese a este trabajo de negación e invisibilización que jugaron las mujeres bajo seudónimos y, posteriormente, las mujeres que empezaron a escribir con sus nombres propios, no lograron ser reconocidas ni consideradas en la gran tradición literaria.

Se habla de grandes mujeres escritoras, pero siempre bajo el modelo masculino, siempre bajo la luz de lo que han escrito los hombres, siempre usándolos como referencia ineludible. Si se habla de una gran escritora mexicana se le compara con Octavio Paz, con Ibargüengoitia, o con Fuentes, si se habla de una prolífica escritora argentina abundan las similitudes con Borges, con Cortázar, con Bioy Casares o con Piglia; lo mismo sucede cuando hablamos de Perú, no puede nombrarse a escritoras porque enseguida aparecen las comparaciones con Vargas Llosa, Vallejo o Arguedas. Para cada gran pluma femenina debe existir su contraparte masculina, porque parece que la crítica sigue creyendo que las mujeres deben replicar lo que hacen los varones.

El rol de la gran escritora había sido opacado, incluso negado por aquellos críticos que afirmaban que esta mujer sólo escribía novelas de amor, sólo escribía como un pasatiempo, o para olvidar las pesadas tareas del hogar. La escritura era un simple hobbie que irremediablemente desaparecería, porque tarde o temprano se daría cuenta de que su rol era otro o de que simplemente era una locura.

La producción escrita de ellas fue considerada menor, y no digna de atención suficiente. Cuando se abren espacios en las revistas, en los periódicos, es para que estas mujeres escriban del hogar; recetas de cocina, recomendaciones para ser la buena esposa, suplementos casi anecdóticos y sobre cotilleo, porque los temas serios estaban destinados a los hombres.

A todas estas trabas sociales y culturales también hay que añadir la traba económica ¿si la mujer quería escribir, quien podría financiar su carrera? ¿Acaso el marido, el padre, el hermano? No hay duda de que este fue, y ha sido, un factor que condiciona la participación de las mujeres en las letras. Ya que, si lograban publicar, con la ayuda de una beca, o de un “alma caritativa”, sus novelas no tenían tanto éxito y sus libros, destinados al fracaso, no se vendían en la cantidad en la que se vendían los libros del sexo masculino, y ello llevaba a desistir del sueño. 

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