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Nacer en pandemia. El día en que naciste, Darío.

Nacer en pandemia. El día en que naciste, Darío.

Lauri García Dueñas
Lauri García Dueñas FemFutura

El día en que naciste era un viernes 17 de julio de 2020 en el Puerto de Acapulco, México. Dormí poco, porque el jueves estuve preparando nuestra maleta para ir al hospital y barajando los nervios. También estuvimos platicando con tu padre, no sé de qué exactamente, pero recuerdo que estábamos contentos y ansiosos. Se nos hizo temprano, don Reynaldo Ortiz, el biólogo marino que también es taxista, pasó por nosotros a las 6:20 a.m. Doña Petra llegó a las 6 a.m. para cuidar a tu hermano Agustín. 

Antes de las 7 a.m. ya estábamos en el hospital, esperando a que abrieran la puerta. Habíamos pasado meses planeando tu parto en agua, tu parto en casa, explorando si podías nacer en el Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) o en algunas clínicas particulares cercanas a nuestra casa, pero al final nos decidimos por lo mejor que pudimos pagar, la mejor cirujana y el mejor hospital que pudimos encontrarte. 

Esa es una historia aparte, porque además del trabajo duro de tu padre y mío, el apoyo de tu abuelo materno, un premio por mi poema “América”, mucha gente cercana y lejana nos ayudó de manera personal o comprando un boleto de una rifa que te organizamos (“Umbral. Parto y posparto”). 

Los artistas salvadoreños Rolando Reyes y Carmen Elena Trigueros y la mexicana Amaranta Caballero donaron tres de sus obras plásticas y Claudia Denisse Navas y Yuzzele Salgado los regalos sorpresa para los participantes. 

Sin esos apoyos y esfuerzos comunitarios, no hubiésemos tenido para pagar los gastos médicos y varios gastos que se nos presentaron los cuatro meses anteriores de confinamiento y pandemia. Muchas personas estaban pendientes de ti porque nacías en medio de dicho fenómeno mundial, todas y todos queríamos que nacieras lo mejor atendido posible. Y así fue. 

A las 7 a.m. entramos al hospital, pasamos a hacer los trámites y luego me llevaron a prepararme para entrar al quirófano, ahí me se me subieron los nervios y el llanto, tu padre me calmaba, un día antes le había dicho, a él y a mis padres, que no quería morir, pero que, si sucedía, vieran por ti y por tu hermano. También, dramática como soy, pedí que, si me moría, incineraran mi cuerpo y me esparcieran en las aguas de El Zonte, La Libertad, El Salvador. Pero tu padre nunca dudó que todo saldría bien y yo me así a esa certeza irrevocable. 

Entré al quirófano y me acosté. Me puse en manos de la cirujana Rebeca Pérez Lugo, el pediatra Ramón Córdova, tu doctora, doula y guardiana del nacimiento, Natalia de los Ángeles, el anestesiólogo, el instrumentista y el asistente. Colocaron una tela azul que separaría mi vista de los detalles de la incisión por la que saldrías de mi vientre. Sin embargo, lo vi todo porque la sangre y mi vientre abierto se reflejaban en la lámpara del quirófano. 

Antes de empezar, llegó otra vez el miedo y el llanto, tu padre tardó un momento en entrar al quirófano porque tuvo que colocarse el traje, el gorro y la mascarilla pero, desde que tomó mi mano izquierda, sentí que podíamos atravesar juntos el umbral. Me agarré de sus ojos que nunca nos soltaron, no compartimos más gestos porque todos llevábamos tapabocas. Vino la anestesia raquídea y epidural, el temor más grande de mis dos cesáreas, con todo y su catéter epidural, un aguijón punzante que atraviesa el inicio de la columna. Una picadura terrible pero necesaria para poder conocerte. 

Natalia nos colocaba, a tu padre y a mí, aceites esenciales en el rostro, la calma y las lágrimas me llegaban y me abandonaban, ella me preguntó qué canción quería escuchar y yo elegí solo una que se repitió tres veces antes de oír tu llanto: el Gayatri Mantra por Deva Premal y Miten, la canción que más relaciono con la divinidad. 

“oṃ bhūr bhuvaḥ svaḥ

oṃ tat savitur vareṇyaṃ

bhargo devasya dhīmahi

dhiyo yo naḥ pracodayāt”.

“Meditamos
en el Señor Cósmico (de luz)
para que aquella Luz del Alma
nos abrace
y alerte nuestras voluntades”.

Naciste a las 8:47 a.m. mientras yo cantaba el mantra, los doctores hablaban de cosas más mundanas y yo lloraba y te gritaba que te amaba y eras bienvenido. Tu padre no cortó el cordón, lo hicieron los médicos porque traías una circular alrededor de tu cuello. La doctora suspiró porque llegábamos en el momento justo, ya no quedaba ni una gota de líquido amniótico. Te pusieron en mi pecho para que succcionaras el calostro y yo lloraba de alegría mientras cosían mi carne. Ya nada me dolía. Los segundos más largos fueron entre tu salida del útero y tu llanto pero, desde que lloraste, todas las medidas y chequeos han sido exactos y perfectos. Habías nacido sano y con todos los dedos completos. Solo eso deseaba.

Te apartaron de mí unos minutos, te dieron tu vitamina K, te limpiaron un poco y te pusieron en brazos de tu papá. Luego, volviste a mi pecho y nos fuimos a una sala de recuperación y, aunque todo me dolía en esos momentos, el recuerdo del dolor ya empieza a desaparecer: la vena del brazo derecha canalizada, la sonda, la aguja y el catéter en la columna.

La alegría ha ido creciendo como espuma y pasamos a la habitación, a nuestra primera noche, a la dicha de amamantarte y a celebrar cuando, después del largo ayuno, pude primero tomar agua, té, una gelatina, y más tarde, comer unas sincronizadas, al día siguiente, pude tomar una sopa de pollo.

Empecé a recuperar mi cuerpo cuando retiraron la sonda de mis genitales, el catéter de la mano derecha y el catéter y la aguja espantosa de mi espalda y, a la segunda noche, aún con temor al dolor, pedimos el alta para irnos a casa, donde hoy, ocho días después, duermes a pierna suelta, mientras te observo y escribo estas líneas. 

A eso de las 5:30 p.m. del sábado 18 de julio, don Reynaldo regresó por nosotros, y yo, “hecha tajo en la silla” (Alejandra Pizarnik dixit) de ruedas, me trepé a la idea y a la realidad de ser tu madre. Te llevamos a casa en una tinita verde llena de colchas de bebé y te tapamos del sol acapulqueño que arreciaba. 

Tu padre apenas durmió el día en que naciste, creo que solo bebió agua y comió galletas, ya lo conocerás, es estoico y no come en los hospitales, no se apartó de nosotros ni un momento y se puso muy preocupado cuando regurgitaste. He vuelto a ver en él recovecos y estallidos de ternura que solo tiene con ustedes, sus hijos. 

Tu hermano Agustín, de cuatro años, te recibió con la alegría que lo embarga desde el primer momento en que te vio. Suele repetir que “eres hermoso” y hace planes para enseñarte a comer, hablar, caminar, jugar e ir a la playa. 

Aquí estamos, Darío, he pasado toda la tarde amamantándote, gozando de tu belleza, tomándote fotos o sosteniéndote en mi pecho. Nos queda toda la vida por delante. Espero que siempre encuentres en mí a la mujer imperfecta que soy pero que es tu madre y te ama desaforadamente. Te acompañaré a que escojas tu destino, el que no tengo pensado imponerte, a que seas hijo de ti mismo, a que juntos transformemos parte de la injusticia que nos rodea y vigilaré de cerca que no seas un ser violento o cruel, sobre todo con las niñas y las mujeres. 

Espero que vengan muchas tardes como la de hoy, en las que yo simplemente contemple tu belleza y saboree el milagro de tu nacimiento. Gracias por venir, hijo mío, a pesar de estas circunstancias tan difíciles, no sabes cuánto te esperaba. Espero honrarte con mi vida, toda mi vida. 

Sábado 25 de julio de 2020. Fraccionamiento Libertadores, Acapulco, Guerrero, México.

Foto de portada: La autora y su hijo Darío.

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