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“Nombrarnos como indígenas es un etnocidio”: entrevista a Erika Saldívar, pte. 1

En esta ocasión entrevistamos a Erika Saldívar Monroy, ganadora del premio Noemí Quezada 2019 por la mejor tesis de licenciatura sobre pueblos otopames. Erika nos cuenta cómo ha sido esta experiencia al investigar y redescubrir su propia cultura.

¿Cómo fue que decidiste hablar sobre las migraciones que tienen las culturas originarias? En este caso de la población hñöhñö de Santiago Mexquititlán, pueblo otomí del estado de Querétaro.

Decido hacerlo en el momento en que me pensé y pensé a mi familia, a la gente de mi pueblo. Debo decir que todo esto empezó, o mejor dicho, se reforzó en la universidad. Si bien he estado consciente de lo que hemos vivido como pueblo, al cursar la universidad y leer autores, antropólogos, me di cuenta de que no compartía muchas de esas ideas.

Soy antropóloga social pero no me gusta la antropología pensándola como una ciencia y disciplina que se ha encargado de interpretar a las culturas en vez de decir su realidad. Los antropólogos hablan bajo supuestos, bajo sus perspectivas personales y eso no permite que sean las realidades y las voces adecuadas y propias de las comunidades las que hablen, las que se expresen y hagan presencia.

La antropología se ha encargado de decir y decidir quiénes y cómo somos los pueblos originarios (indígenas) y no es así, no debería ser así. No debería de haber y ejercerse un poder expresado en la voz y el escrito de quien posee la pluma.

La autoridad la tiene el antropólogo y no la gente que es “estudiada”. ¡Qué horror decir esto! que la antropología estudia a las comunidades. En la universidad me di cuenta de que los imaginarios y los discurso hacia nosotros estaban cargados de prejuicios, estereotipos y discriminación.

Por eso me dije: “¡No Eri, no es así, no somos así, no debería de ser otros quienes hablen por nosotros, no es así la realidad, no pensamos, no hablamos, no somos así!”. He vivido una serie de eventos que me hacen decir “¡Chale!, ¿qué onda con la gente?”. Quise egoístamente cambiar todo esto mediante la antropología. Con el hacer de los antropólogos, con el pensar de mi propia gente y darle vida y voz a los hñöhñö de Santiago Mexquititlán a través de esta investigación. 

Debo confesar que me he enriquecido de esto, que salí ganando. Me reconozco, me siento por fin que pertenezco a un lugar, que tengo un origen. Todo lo que llegaron a hacerme sentir en algún momento, esto lo sanó, lo compensó. Esta es la antropología que me gusta, me gusta ser antropóloga social, ¡pero me gusta ser más hñöhñö!

¿Cuáles fueron los hallazgos que más te emocionaron de tu investigación?

Los otomíes somos una cultura y hablamos una de las 68 lenguas originarias existentes. Sin embargo, esta cultura se des-enrama debido al espacio, estado, región y/o pueblo en el que actualmente nos encontramos. Esto hace que la cultura otomí tenga diversas formas de ver, sentir y nombrar el mundo.

Entre los otomís están los hñähñu (Hidalgo), los hñato (estado de México) y nosotros los hñöhñö, otomíes propios del estado de Querétaro, de un pueblo que se llama Santiago Mexquititlán, nuestra variante lingüística es el hñähño, hay una variante lingüística por cada estado en el que nos encontramos.

Somos un pueblo/cultura que tiene su propia identidad entre los otomíes. Se expresa mediante nuestro vestido, nuestra artesanía, nuestro pueblo, nuestras fiestas, celebraciones e incluso tiene una propia forma de enfrentar y vivir la migración. Tenemos nuestras propias causas, tiempos, lugar-es de destino, de residencia y sobrevivencia en la ciudad. 

M trabajo de investigación me permitió entender y diferenciar a fondo todo lo que comenté anteriormente. Si bien soy de la cultura y del pueblo, hay muchas cosas que yo desconocía.

Esto se debe porque no estaba consciente de quién era, a cierta edad no sabía que existieran tantas diferencias, tantas culturas, tantos mundos, y que pertenecía a una de ellas. Ahora sé que existe un desconocimiento mayúsculo sobre las culturas originarias y no originarias.

Hoy en día se sabe que existen las culturas originarias, sin saber que cada cultura como el Otomí, el Mixteco, el Huave, son galaxias y que dentro de ellas habitan grandes y diversos mundos. Estas culturas tienen en común el pasado, los antepasados, además de la lengua. Yo lo veo así: somos como granos de maíz en milpas andantes, en una milpa podemos encontrar colores diversos de maíz y sin importar esto, pertenecen a la misma tierra y al mismo dueño que la sembró.

La investigación me ayudó a entender y, sobre todo, conocer esto. Entendí con mi pueblo y cultura que esa diversidad, y al mismo tiempo esa conexión con todas las culturas, nos lleva a compartir la misma historia. Somos culturas que a más de 500 años seguimos resistiendo.

El ejemplo más bonito de hacerlo hoy en día es dar a conocer al mundo quienes somos. Creo que yo lo estoy haciendo en nombre de mis abuelas que fueron de las primeras en migrar a la ciudad. Ellas y yo compartimos situaciones como la vulnerabilidad en nuestros lugares de origen.

No es que esto sea una situación de suerte, o por lo que los demás asumen de nosotros, “son pobres porque son indígenas”, “son ignorantes porque son indígenas”. ¡NO! las situaciones en las que nos encontramos son un asunto de todos y por supuesto de nosotros mismos.

Es una realidad: los ojos del gobierno y de los demás no están puestos en los pueblos. Por eso hay carencias económicas, de salud, de educación. Esto provoca que muchas comunidades tengamos que migrar a lugares donde aparentemente esto existe y donde aparentemente podemos tenerlo.

Quizás podemos ser sujetos de derecho para poder adquirirlo. Sin embargo esto no es cierto, o al menos no es tan fácil. Esto es algo que compartimos, pero también sé y entiendo que cada pueblo/cultura vive estas realidades de una forma particular, esto es lo que quise marcar y resaltar en mi investigación.

Crecí escuchando que los indígenas somos indígenas y ya, sin saber que somos diversos. Creo que eso de generalizarnos y nombrarnos con solo una palabra “indígenas” fue la causa por la que existe aún tanto desconocimiento. Peor aún, que esta palabra dicha por los demás tuviera tanto peso, tanto como para terminar por invisibilizarnos y realizar un acto de etnocidio. No había presencia y existencia de los mixtecos, de los triquis, de los tzotziles, de los mazatecos, de los mayas, de los otomíes, solo éramos “los indígenas”.

En mi investigación me di a la tarea y tuve el atrevimiento de mencionarlo. Me era, me es necesario que existamos, que se reconozca la diversidad y se respete, ¡es un derecho a la identidad! y así lo hice en los primeros dos capítulos. En los dos posteriores me dediqué a hablar de los otomíes, y de nosotros los hñöhñö de Santiago Mexquititlán.

¿Quiénes somos? ¿de dónde venimos? ¿a dónde llegamos? ¿qué hacemos? ¿cuánto nos ha costado estar en la ciudad? Me resultaba sumamente importante hacerlo. Todo lo hice en nombre de mi pueblo migrante, de mis abuelas, de mis padres, de mis hermanos y por supuesto en nombre mío, pues migrar ha sido y significado algo muy fuerte para nosotros.

Nadie sabe a fondo qué puede significar, nadie que no lo haya vivido, el choque territorial, de relaciones, de la lengua, del vestido, significa y provoca una serie de situaciones que nos pueden lastimar hasta el punto de mutilar parte de lo que somos. Esto para sobrevivir en una ciudad en donde todo parece ser tan bueno, pero no lo es.

Me atrevo a decir que cuando la gente de mi pueblo migró hace más de 40 años, no pensó, no imaginó cuánto iba a doler buscar la sobrevivencia en un lugar tan cercano pero al mismo tiempo tan alejado de nuestro pueblo. Realidades que expresé, mejor dicho, que la gente de mi pueblo expresó a partir de sus propias vivencias.

Tres generaciones hablaron de la vida en el pueblo, de la migración, de la presencia y posteriormente de la inserción y residencia en la ciudad de México. Hombres, mujeres, jóvenes, narraron sus experiencias de vida en la calle, cuando se dormía en ellas, cuando se mendigaba y trabajaba en ellas. Este fue el costo de insertarnos en un nuevo espacio: la escuela.

También hablaron de la carencia y de la lucha (aún) por una vivienda digna, hablamos de la discriminación, de la comunidad, de la resistencia, de la cultura y de la identidad. Aquí en la ciudad, donde es normal que las luces que destellan fragmentos de vida se apaguen. 

Hay muchas cosas que me gustaron de esta investigación, personalmente poder escribir, no creí ser capaz de hacerlo, de llegar a la universidad, de cambiar todo aquello que se dice. La misma gente dice: “no podemos cambiar nuestras realidades, nacimos y vamos a morir así”.

Desafiar lo predestinado me ha gustado mucho, es un logro personal. Me encantó poder darnos voz y presencia, voz y existencia a lo que somos, a quienes somos. Que la propia gente hablara por sí sola fue lo mejor, que fueran sus palabras, sus forma de hablarlo, ya sea en español o en hñöhñö, pero que fuera su voz, que no fuera yo la que lo dijera, porque automáticamente eso sería una interpretación de las realidades, por eso respeté el habla y lo llevé al escrito tal cual.

Escribir las historias de vida de la gente de mi pueblo fue la forma de hacer dos cosas: una, romper con la antropología clásica y con los métodos establecidos. Curiosamente también hacía una ruptura con esta disciplina, pues quien escribía era una indígena. ¿Cómo pasaba esto? Sí, la antropología había surgido por y para escribir quiénes éramos.

La otra razón y la más importante es que habláramos, que contáramos, porque al hacerlo nos sanábamos, que se hiciera por primera vez el expresar abiertamente lo que sentíamos, lo que nos alegraba o dolía.

Haber tenido que salir de nuestro pueblo y desapegarnos de una espacio físico, y que aunque es físico, tiene una carga tan importante, emocional y de significado, pues es para nosotros el lugar donde se guardan e hilan nuestras raíces y semillas.

También era importante nombrar todo lo que significó llegar a la ciudad, pues después de la migración hay vida. Esta puede ser buena o mala, bonita o fea, pero es, y eso se vuele es personal. por lo que así tenía y tiene que ser contada.

Me gustó mucho y fue una sorpresa conocer a mi abuela, a mi papá, a mis hermanos, a primos, a tíos, a paisanos, desde lo que contaban. Si bien todos, de una u otra forma, hemos vivido todo esto, ahora sé que cada quién lo padeció de una forma única.

Me dolió, me alegró, me enojó, me inspiró todo lo que me compartieron. Me gustó mucho poder escucharnos y sabernos de esta forma. ¡Nos sanamos! Lo vi cuando me contaban las cosas, cuando mi papá lloro al contarme de su vida allá en pueblo y aquí en la ciudad, lo cruel que era dormir en las calles.

Lo vi cuando mi hermano expresaba enojo por vivir discriminación en la escuela, por su forma de hablar. Ese acento que salta e indica que no eres de la ciudad. Lo vi cuando, por razones de género, mi prima, resignada, me contó que le hubiera gustado mucho haber estudiado.

Lo vi cuando mi tío, con nostalgia, mientras su vista se perdía en el pasado, me contaba cómo había sido su juventud en las calles, o cuando la señora Juana, con su firmeza, me contaba cómo es la lucha constante por la vivienda digna. Contarme mi vida, pidiendo dinero y limpiando parabrisas, me ha hecho sentir tan bien, pues pude liberar todo aquello no había contado, que nadie sabía, ni mi mamá.

Eso me ha hecho sentir tan bien, decirme que sin duda alguna regresaría a vivir todo lo que viví. Que haber pedido dinero y odiarlo tanto me sirvió para aferrarme a estudiar, con la idea de no volver a hacerlo, pues duele. Ahí viví la invisibilidad, la peor forma para mí de sufrir discriminación. ¡Agradezco sentir ese enojo porque me ayudó tanto!

Limpiar parabrisas me ha hecho sentir la más feliz, porque me sentí dueña de las calles, de la vida. Sin duda ser quién soy y vivir lo que viví me ha hecho amar a mi familia, a mis raíces, mis triunfos y fracasos. ¡Eso me encantó! Una felicidad compartida.  

¿Qué idioma habla la cultura otomí y cuáles son tus palabras favoritas en este idioma?

El otomí como legua tiene distintas variantes lingüísticas, esto se debe al estado, a la región, al pueblo donde habitemos, por ejemplo: el Ñähhú, Ñoju Yúhu de Puebla; Hñähñú, Ñänhú Ñandú Ñóhnño Ñanhmu, Ñöhñö Ñähñá, de Hidalgo y el Hñäñho, Hñöhñö (mi lengua), de Querétaro. Esto por decir solo algunos, estos términos son propios de la gente, es así como decidimos nombrar a la variante de nuestra lengua y de la cultura, para diferenciarnos y reconocernos. 

Todas las palabras dichas en mi lengua son importantes, todas tienen una razón de existir, pero sobre todo tienen una carga emocional. Las palabras tienen un sentido y un significado tan importante, pues es la forma en que nombramos el mundo.

Las palabras en hñöhñö se dicen pensándolas y sintiéndolas, pues es la voz de las abuelas que ya no están, son la voz de la naturaleza. Por eso es tan importante la lengua para nosotros, porque sin ella no podríamos nombrar nada de nuestro mundo, y con ellas podemos nombrar nuestro sentir por el mundo.

Podría decirte cuáles son mis palabras favoritas. Por ejemplo, DEHE, como me llamo en Facebook. Es una palabra que de por sí significa mucho en mi lengua, pues es AGUA, pero yo la resignifico de esta forma: Dehe (la H sí se pronuncia en mi lengua, sería como dehee) significa también Erika, limpia, clara, que fluye con la vida, que es importante para sus papás y para ella misma.

NZAKI, VIDA, es eso, la vida misma, las alegrías, las penas, las tristezas, las emociones, los fracasos, los triunfos y próximamente será el nombre de mi hijo (cuando lo tenga) y creo que ahí retomará otro significado.

NZÄNÄ, LUNA, se dice que los otomíes somos hijos de la luna y eso ya tiene una carga significativa para mí. También me gusta porque representa la noche, la calma, las estrellas, las luciérnagas (pensando en mi pueblo), el silencio y una razón mayor: es el nombre de mi sobrina. Entonces toma otros significado cuando pienso en ella, pues es el amor infinito que puedo yo sentir por una persona, es aprendizaje, ternura, inteligencia, descendencia.

La palabra DI NE´I, TE QUIERO, son mis papás, mis hermanos, mis sobrinas, mi pueblo, mi nariz ja ja ja (es descendencia otomí, no lo sé, pero sí de mí papá y de mi abuelo), creo que tendría y significaría muchas palabras, pero por ahora estas.   

Publicaremos la segunda parte de esta entrevista el día lunes 16 de septiembre.

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