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Pez

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Pez cuento de Marianna Stephania

Nunca pude encontrar a mi padre en el océano.

Esa escena era como una postal tomada de otro mundo. Todo en ese sitio tenía tonos rojizos, el cielo, las aves, la silueta de las personas en la orilla. Solo el mar era de una negrura sin matices, absoluta. En la orilla estaban los peces, también de colores rojos, grandes y chicos, muriendo en la costa.

Mi padre tenía una maldición, convertido en pez, yacía asfixiándose en la arena oscura pisada por los hombres. Era responsabilidad de su única hija salvarlo. En ese momento conocí el pánico, a los cinco años entendí el miedo de perder a quien más amas.

Nadie ayudaba a los peces y nadie me ayudó. Las personas se reunían a ver su agonía, se abrazaban y contaban historias mientras las olas nos mojaban los pies.

Nunca me desperté de ese sueño.

Corrí de un lado a otro, tomando uno y otro pez entre mis manos, pero sus ojos estaban vacíos y ninguno de ellos era mi padre. Dieron las seis y no pude encontrarlo. La transformación era ya irreversible.

Me hinqué en la orilla del mar y contemplé la muerte de todos los peces, abriendo y cerrando su boca con los ojos perdidos, las aletas vencidas, el crepúsculo abriendo paso a la noche. Esa visión se confundía con el cielo, el mar tan inmenso era como una galaxia construida de estrellas muertas, así como los seres inertes que decoraban ese paisaje.

Nunca pude encontrar a mi padre en el océano. Ahora sé que no era mi culpa. Era imposible reconocerlo entre todos esos seres de su misma especie. A veces sueño que soy niña de nuevo y juego en la arena y del mar veo salir a mi padre. Está desnudo. Sus ojos siguen vacíos.

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