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Piromanía

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Hombre noche:

Me gusta iniciar las cartas haciendo confesiones, entonces le diré que mi mayor deseo es encender un cerillo y aclarar por unos segundos mi mente. Así como este enredo en el que ambos estamos metidos hasta el cuello, deseo tenerlo enfrente, verlo a los ojos, escupirle fuego. Encenderle. Esa es la confesión primera.

Quiero que sepa que ha desatado en mí una especie de rabia que se me enterró en el estómago, allí donde mi madre dijo que teníamos el alma. Es su indiferencia actual el motivo de mis arrebatos, de mis actos casi vandálicos, de mis llamadas de madrugada y mis alegatos. 

¿No comprende? Pues sepa que en un principio usted apenas existía para mí, y que, aunque ahora sé que encontrarle fue más que un accidente, que usted lo provocó, ya es imposible evitar el huracán. Usted ya arrasó con el bosque de mi vientre. Ahora estoy en tinieblas. 

Usted me vio hada y quiso atraparme, quiso gozar de mi magia, aún a costa de que se me arrancaran las alas. Por favor no diga que estoy mintiendo.

No olvide que fue usted quien saltó sobre mí, quien me exigió que abriera los brazos, quien desabotonó mi confianza. Acuérdese que usted me buscó noche tras noche a escondidas de los únicos ojos que le realmente le amaban: hasta que yo caí. Insistió hasta que consiguió mi atención y todo lo demás tan mío. Para después irse, esfumarse. Para ser el fantasma que ahora acecha mis sueños.

 ¿Acaso es que así aman los de su especie?

Deje de decir que soy yo quien le ha perseguido siempre, ponga fin a esa injuria que nos perseguirá hasta que usted de la cara.   

La siguiente confesión o aclaración, catarsis o lobotomía. Vómito, delirio, temblor o arañazo. Lengüetazo, abrazo, beso, caricia. Tiene que ver con lo que pasó esa primera noche entre sus árboles. Recuerdo que giré sobre su hombro como una luciérnaga, luego bajé, y me quedé dormida en las líneas de sus manos.  Esa noche descubrí que desconocía algo preciado, descubrí que había olvidado, no sé desde cuándo, no sé cómo, un estado apacible. 

Sí, aquella noche los brazos comenzaron a doler menos, conocí el descanso. Aquella noche fue como un embudo del tiempo. Y usted aprovechó ese lapso, le vino bien mi soledad compleja. Mi seguridad recién descubierta. Sepa que aprovecharse de una debilidad o confusión ajena, es un asco. 

Sí, también recuerdo que al tercer día eran las cuatro y veinticinco de la madrugada, reinaba el silencio de mi respiración y no había motivo para estar alerta. Yo lo abrazaba cual oso de peluche infantil. Era su tirano encanto lo que me seducía tanto. Ahora no entiendo por qué, aunque tampoco me culpo: solo quiero dejar todo muy claro para ambos. Quiero escapar de esto, y cerrar las puertas para cualquier monstruo de su estilo o su tamaño.

Usted: la neblina que rodea a la incertidumbre y la certeza. La voz de viento que me acarició puntual en cada movimiento, pero que ahora me arrebata la sombra, traicionero.

Usted, quien al séptimo día abandonó la historia y me dejó sólo la negrura, su espesura y el silencio. Quien intentó borrarme de sus ojos. Me sacó de su vista, así como se espanta a un insecto.

Me pregunto si es parte del embrujo, si es parte del trato con el “destino” que ahora usted me persiga con su huida y su misterio defensivo, bélico, amargo. Hueco. 

¿Lo disfruta? ¿Le satisface mi desdicha, mi desconcierto?

Yo creí no pretender algo; pero al decirlo miento. Quiero que usted me regrese su palabra, que le hable de frente a mis ojos iluminados, que deje de ofenderme con su estilo bárbaro. Deseo que usted resuelva los misterios de todo esto, o deseo jamás haber aparecido en sus retorcidos versos. 

Es imposible regresar el tiempo ¿cierto? Entonces, ya a estas alturas no le estoy pidiendo explicaciones o consuelos, mucho menos un intento de amasiato. Solo quiero seguir danzando, librarme de este hechizo fangoso y perverso.

Aceptemos que usted jamás me pensó con querer genuino, usted iba y venía como la marea, arrasándolo todo a su paso. Solo me pretendía esclava de la punta de su dedo chiquito. Me quería cerca, pero con ningún sentido activado. Usted solo busca ser idolatrado. Usted es de arena. Es una mierda. 

Y ahora que veo todo un poco más claro, después de escribir lo que traía tan atorado, déjeme decirle algo más: ya no quiero ser la mujer sin voz, ya no quiero esta sordera a la que me condenó en su mundo de seminal macho. Tengo que poder salir de las tenebrosidades de su afecto o sus arrepentimientos.  

Así que, tiene usted prohibido asomarse a mis párpados cerrados. Y usted tendrá el derecho de culparme y entregar mi recuerdo a las lechuzas, de hablar de mí como si fuese una pequeña bruja, pero sé que mi esencia y mi deliciosa presencia fueron desestimadas por asuntos no revelados, quizá por la propia pequeñez de su estado; ya no importa, pues con la luz del tiempo desaparecerá su fuerza. 

Me despido como llegué, notificando el vaivén.  Levanto mi vestidito de aquí y me tejo un cuento para entretenerme. Ilumínese con el incendio de su bosque. Y de su amado Camaro. 

PD. Despreocúpese, un trueno le partiría si una como las de mi estirpe quisiera de verdad “enamorarle”. 

PD 2. Antes de emprender su siguiente conquista, asegure su auto. 

Su hada pirómana

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