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Por India con mi mamá y mi hermana

Creo que la mejor costumbre que mi hermana y yo hemos heredado de mi mamá es el amor por viajar y unas ganas constantes de conocer lugares nuevos. Fue así, que desde que se separaron mis padres, a las tres nos dio por explorar aquí y allá. Mientras más cosas conocíamos con los años, más aspirábamos al máximo y lejano destino: la India.

Antes del esperado viaje, los muchos o pocos conocidos que habían visitado aquel país me decían que era un lugar único en muchas cosas, que no era para cualquiera, que estaba lleno de contrastes, etc. Pero algo constante que comenzó a preocuparme un poco fueron las advertencias de más de una persona que iban desde que tuviéramos mucho cuidado si íbamos “solo mujeres”, o que no anduviéramos solas en la calle en cuanto atardeciera, hasta el que lleváramos algún distintivo de que estábamos casadas (aunque no lo estuviéramos).

Fueron tantas las advertencias (sumadas a un ligero miedo), que me compré un anillo para aparentar mi matrimonio y no quisieran cuasi robarme llegando a la India (sí, acepto que me dejé llevar por estas precauciones). Sin embargo me lo quité tres días después cuando vi que no era necesario.

Planeamos el viaje más emocionadas que temerosas y después de mil horas de vuelos y escalas logramos aterrizar en Nueva Delhi. En resumidas cuentas, estuvimos explorando por la India durante dos meses, viajando “solas” en trenes de horas y horas de camino, hospedándonos en hoteles que dejaban mucho que desear, subiéndonos a tuk tuks (mototaxis) a todas horas del día, entrando a templos y muchos etcéteras, siempre “solas”, pero nunca intranquilas o inseguras.

Se notaba a leguas que éramos extranjeras visitando por primera vez ese país, por lo que la gente (sobre todo en las ciudades pequeñas) se acercaba a pedirnos fotos con ellos, cosa que notamos que hacían con todos los extranjeros (hombres y mujeres). Pero más allá de eso, y de que los conductores de tuk tuk quisieran siempre cobrar de más por vernos extranjeras (nada alejado de lo que pasa con los taxistas mexicanos cuando suben turistas), fue uno de los viajes que más he disfrutado en la vida y que en ningún momento me sentí insegura o expuesta por el simple hecho de ser mujer y/o de viajar con dos mujeres más.

Una noche en el desierto

Recuerdo que uno de los primeros destinos del viaje fue a Jaisalmer, “la ciudad dorada” amurallada en el desierto de Thar, donde en todos lados ofrecían recorridos al desierto en camello con la opción de quedarse a dormir. Mi hermana, que es la más exploradora de las tres, votaba por quedarnos a dormir, por lo que tomamos esa decisión.

Fueron por nosotras al pequeño hotel en una camioneta Jeep y después de un rato de trayecto bajamos al desierto en donde nos esperaban los camellos con sus respectivos guías, recorrimos y exploramos durante un par de horas hasta llegar a la zona de acampar, donde solo estábamos nosotras tres, los guías hombres y una pareja de hermanos de China.

Los guías prepararon comida para todos y encendieron una fogata, después cantaron canciones tradicionales rajastaníes mientras se cocinaba el arroz y las verduras, la música que creaban salía de instrumentos como ollas, garrafones vacíos y las palmas de sus manos. Fue una cena increíble iluminada únicamente por el fuego, millones de estrellas y la luna llena más grande, brillante y espectacular que haya visto en mi vida.

Foto de la autora.

Cenamos, cantamos, platicamos y nos dormimos muy temprano en unos catres instalados en la arena, los guías durmieron cerca de nosotras y yo en ningún momento pensé que podrían hacernos algo, literalmente estábamos a la mitad de la nada, sin comunicación ni protección de ningún tipo.

Todo parecía marchar bien en esa excursión con la luna alumbrándonos, pero al día siguiente yo me sentía morir. Nos habían advertido que nos tapáramos muy bien por el frío de la madrugada, pero seguramente yo me destapé más de una vez y amanecí con fiebre y dolor en todo el cuerpo. Regresamos a Jaisalmer y yo solo quería dormir, ya no teníamos habitación porque esa misma noche nos íbamos a la siguiente ciudad, por lo que el dueño del hotel me ofreció una cama (gratis) en la parte baja del hotel que funcionaba como hostal y no lo pensé dos veces, yo solo dormía y ardía en fiebre.

Entre sueños desperté y vi en mi cama a un doctor, a mi mamá y al dueño del hotel, el primero me revisó y me dijo que tenía una infección, que lo mejor era reposar un par de días, mandó a un joven del hotel por medicinas, me dieron comida, agua y yo solo quería seguir durmiendo. Me sentía fatal pero el viaje tenía que seguir, por lo que a las 12:00 de la noche más o menos, nos llevaron a la estación y tomamos un tren de ocho o diez horas de camino hacia la siguiente ciudad. Estuve débil y con náuseas durante tres días más o menos pero después todo volvió a la normalidad. Agradezco eternamente a las personas de Jaisalmer por todas las atenciones.

Estuve muy poco tiempo en India, pero algo que me pasaba con los hombres es que percibía más curiosidad e ingenuidad de su parte que otra cosa. Jamás sentí una vibra mala de que quisieran pasarse o abusar de mí, nunca tuve esa sensación de lo que por ejemplo siento en México cuando tengo que caminar en una calle de noche con hombres alrededor, o cuando me subo al metro en vestido (o jeans…) y siento las miradas inquisidoras de ellos.

Durante los dos meses allá, continuamente los hombres nos hacían la plática, sobre todo ellos, ya que eran los que manejaban los tuk tuks y taxis, los que se encargaban de los hoteles y restaurantes, los comerciantes, los guías, etc. pocas veces veíamos y platicábamos con mujeres, ya que por lo que ellos nos decían en la mayoría de los casos, era que ellas “debían encargarse de los hijos y de la casa”.

Así como nosotras nos sorprendíamos por esas naturales afirmaciones, ellos lo hacían (o se entristecían) cuando mi mamá les decía que estaba divorciada o que solo tenía dos hijas a lo que preguntaban el 100% de las veces: “no son?” (¿no hijo?) o cuando curioseaban si mi madre se había casado por amor o por matrimonio arreglado. Preguntas extrañas y a veces ingenuas para nosotras, preguntas a las que de este lado del mundo no estamos acostumbradas a escuchar frecuentemente.

Preguntas que me hicieron reflexionar y sentirme de cierta manera afortunada de poder elegir con quién compartir mi vida, de quién enamorarme, de poder ser libre conmigo misma y de tomar mis propias elecciones hacia el amor (por más ambiguo y relativo que sea este concepto).

La India me sorprendió con su comida, sus templos, sus animales merodeando en las calles, con la relación que hay entre la gente y la religión, con encontrar a cada instante fragmentos de historia milenaria, con sus danzas y música en cada esquina, con la hospitalidad y generosidad de toda la gente como los hombres de Jaisalmer.

Foto de la autora.

Pero algo muy importante que también me marcó mucho, fue el darme cuenta de cómo es ser mujer en otras regiones del mundo. Indudablemente México es de los lugares más inseguros para ser mujer, pero en cierta medida, pensé en ese poder de libertad y decisión que tenemos para elegir a quién amar, con quién vivir, a dónde viajar y cómo hacerlo sin estar condicionadas a tener siempre una figura masculina para estar seguras.

No las invito a viajar solas pidiendo aventón en las carreteras de México (o de cualquier lado del mundo), siempre tenemos que estar alerta y tomar medidas de precaución, pero no tengan miedo de aventurarse a conocer gente y lugares nuevos, ya sea solas, con amigas, con su mamá, con su pareja o quien quieran, lo importante es hacer las cosas que nos hagan felices sin depender de alguien ni tener miedo al “qué dirán”, veladamente vigente en nuestro país y sociedad.

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Ver comentarios (3)
  • Hola platicas de la India de una manera extraordinaria efectivamente es un Pais tan cultural, espiritual y tanta historia que no deberíamos dejar de ir, que padre que sean tan exploradoras eso es admirable

  • Me encantó leer sobre tu viaje. No es fácil escribir sobre la India pues son tantas las emociones que aveces no existen palabras para describirlas. Me sentí muy identificada con tu experiencia como mujer ‘sola’ y soltera, donde el matrimonio siempre es el tema principal. Tienes razón, el hombre hindú normalmente te mira con perplejidad, pero rápidamente baja la mirada y sigue su marcha. No te creas, a mi me tocó ver algo un poco feo en Goa, pues un loco quizo abusar de una compañera. Lamentablemente eso pasa en cualquier país. Al mismo tiempo me tocó ver jóvenes dedicados a la causa LGBT y hombres rompiendo normas de género. El contraste siempre existirá en la India pero eso es lo que define a ese maravilloso país. Un constante diálogo entre la tradición y el mundo moderno. Espero un día poder sentarnos a tomar chai y compartir experiencias. Mientras te seguiré leyendo.

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