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Por qué “ayudarle” a alguien con su dieta es la peor idea del mundo

¿Por qué decirle al otro lo que debe comer? Mientras crees que le estás ayudando con su dieta, en realidad, es de las peores cosas que puedes hacer por esa persona*. Cuando le dices al otro lo que debe comer o lo que le “recomendarías comer” en realidad le estás diciendo qué hacer.

Esto se ve mucho más en parejas, cuando hay la confianza de interferir en algo tan personal y que por lo general no haríamos con personas que no son de suma confianza. Además, le estás diciendo que tú sabes mejor que él o ella lo que debería de hacer para estar bien… ¿o para ser aceptado?

El deseo de ser aceptado es un tema tan profundo que ni siquiera quiero o puedo entrar en estos momentos, pero piénsalo un poquito. En esta “cultura de las dietas” muchos vivimos pensando o sintiendo que no lo somos y que cambiar nuestro cuerpo para que entre en los estándares sociales de belleza no solo nos hará más atractivos, sino que nos dará más dicha, más amigos, más amor, en fin: más aceptación. Es mentira.

Lo único que nos dará más aceptación es aceptarnos como somos.

Cuando le recomiendas al otro qué comer o cómo llevar su dieta, estas queriendo ayudarlo (yo sé) desde una posición desde la cual tú crees (o estás convencido/a) de que hay una mejor manera mejor de hacer las cosas, de tomar decisiones, de nutrir el cuerpo.

Eso te coloca en otro nivel, en un nivel superior, y rompe completamente la relación de equidad, apoyo, comprensión y empatía que hay entre ustedes. El decirle a alguien (adulto*) qué debe de comer es decirle: No confío en tu capacidad de decidir qué y cuándo alimentar tu cuerpo, no confió en tus procesos y en tus tiempos, pero sobre todo no confío en que puedas tomar la decisión correcta para ti en este momento, en esta situación, en tu circunstancia actual y en total libertad.

Por si fuera poco, además de causar una inmediata incomodidad en el otro, quien por lo general rechazará que se le diga lo que debe y las cantidades que debe consumir, esta actitud está alimentando dos falsas ideas:

  1. La idea en ti de que sabes mejor que la otra persona lo que a esta le conviene. Probablemente no sea consciente, pero una parte en ti está convencida de que lo que te hace bien a ti le hará bien a esta persona y si no te hace caso es porque no quiere cuidarse. Al no recibir la respuesta que quieres algo en ti se tensa y se molesta.
  2. La idea en el otro de que no tiene la capacidad de tomar sus propias decisiones ni cuidar de sí mismo porque alguien más lo está haciendo todo el tiempo. Lo quiera o no.

Probemos, ¿qué te hace sentir escuchar esto?: “Yo sé mejor que tú lo que te hace bien y lo que tu cuerpo necesita. No importa que tengas cincuenta y ocho años, no importa que hayas pasado por miles de problemas en tu vida, que hayas salido invicto, que resuelvas tus problemas día a día, yo te digo que mejor no te comas ese pan porque yo SÍ sé lo que a ti te conviene”.

Incomodidad mutua: Uno escucha lo que “debe” hacer. El otro recibe la energía de quien rechaza cierta recomendación. “Y además ahora lo único que quiero es comerme es ese pan; ya no sé si por hambre o por probar que yo, soy independiente, soy autónoma, soy adulta y puedo comer lo que yo quiera”. Es probable que esto no aplique para todos, pero solo puedo escribir e investigar desde mi propia experiencia.

Decirle a alguien qué debe hacer te pone por encima de esa persona y hace que la otra persona se rebele por naturaleza. Decirle a alguien cómo debe de hacer las cosas deja claro que crees que la forma en que las está haciendo es la incorrecta.

Cada persona va, a sus propios ritmos, creando su vida y su destino según las decisiones que tome y los umbrales que decida cruzar. Cada persona necesita sus caídas para levantarse y sus problemas para superarlos. Creer que nosotros sabemos mejor que el otro cómo resolver un problema es un error. Tendremos otras herramientas y formas, pero al final no hay un solo camino.

En el momento en que aceptas que todo el mundo está bien, que todos están en su propia búsqueda y que cada quien tiene caminos distintos hacia su propio bienestar, en ese momento, la otra persona se sentirá amada, aceptada y libre de tomar las decisiones que más le convengan y de seguir el camino que elija seguir.

Podría parecer contra intuitivo, pero es así de simple.

Decirle al otro qué comer es decirle: No confío en que tú sólo puedas cuidar de tu salud. No confío en que, después de tantos años, tantos logros y tanta vida, puedas tomar las decisiones que te hacen bien y yo, que probablemente la mayor parte del tiempo no tengo idea qué estoy haciendo con mi vida, creo, en este momento que sé mejor que tú lo que a ti te conviene y el camino que debes tomar para estar más feliz.

Permite que cada quien encuentre su propio camino (y cambie de ruta cuantas veces quiera) y sus propias respuestas (que probablemente sean distintas a la tuyas).

Las dietas y decirle alguien lo que quiere/debe y no comer, sin que esa persona lo descubra y explore por sí mismo, es una práctica que le resta todo el disfrute a la comida. El comer, así como casi todo en esta vida, debe hacerse con alegría, disfrute y placer. Si no, ¿para qué?

Hemos dejado de escuchar a nuestro cuerpo y a nuestro verdadero deseo, y entre tantas “verdades” (opiniones de otros, modas, esfuerzos de venta de productos, dietas, necesidades falsas) es natural que sea difícil escucharnos y contactar libremente con lo que deseamos.

Quizá, como casi siempre, la práctica comienza en cada uno de nosotros, en asumir total libertad (y en dársela al otro que nos acompaña en este viaje de incertidumbres) y en aceptar que no tenemos las respuestas, pero si contactamos con nuestro verdadero deseo y necesidad, cada vez será más fácil tomar decisiones que nos hagan bien (aceptando que esto puede significar cosas muy diversas).

Con todo mi amor,

Cocó.

* Este artículo NO está enfocado al tema de la alimentación y la orientación con niños.

NOTA:

Este artículo trata el tema de “ayudar al otro” sin que el otro lo solicite, sin que activamente tu pareja, amigo, compañero, te pida que por favor lo apoyes con su dieta. En ese caso las cosas son distintas y recomendaría total claridad: preguntar cómo requiere ayuda, en qué momentos, con qué frases. Después, si está en nosotros la posibilidad y el deseo de ser parte de este proceso, ayudarlo. Si es así, sería bueno procurar darlo, en la medida de lo justo.

Aún en un caso como el planteado anteriormente, no estoy convencida de que “ayudar” sea lo correcto ya que libera al otro de la responsabilidad y capacidad de tomar sus propias decisiones transfiriendo la responsabilidad a un tercero a quien se puede echar la culpa y con quien se puede externar la frustración o el enojo.

Es muy importante tener en cuenta que en temas de alimentación están involucrados comportamientos, vínculos y relaciones muy profundas de la vida de cada persona, las cuales pocas veces comprendemos. Por esto mismo las dietas casi nunca son simplemente dietas sino intentos más profundos de trascender, modificar o alterar la forma en que nos relacionamos con los alimentos, con nuestros cuerpos y con el otro. Por lo mismo son situaciones complejas y personales que bien pueden despertar emociones difíciles de comprender y que vale la pena platicar con un experto.

Personalmente considero que las dietas (cuando no son recetadas por condiciones importantes de salud) son innecesarias y se presentan como soluciones superficiales a temas mucho más complejos que bien valdría la pena explorar por otros frentes.

La comida, en sí, no es nunca el tema principal, sino sólo una de las formas en que este se manifiesta.

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