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¿Por qué decidí abortar? Mi experiencia con el ILE

Pensé mucho en escribir, en compartir mi historia, mi experiencia. Si al leerla a una sola mujer le puede cambiar la perspectiva de las cosas, sabré que habrá válido la pena.

Trataré de ser lo más breve posible, pero creo necesario que quien me lea se ubique en mi contexto económico, social, laboral, etc. Sí, me considero una mujer con privilegios lo que de ninguna manera me hace superior a nadie más, pero hago énfasis en eso, porque precisamente por ese aspecto tal vez para muchos, no tenía por qué optar por la decisión que tomé; tengo un trabajo estable, percibo como salario una cantidad que me permite vivir con algunas comodidades, me gusta mi trabajo, no sufro de ningún tipo de discriminación en él, estoy casada civil y religiosamente porque así lo decidí plena y conscientemente, tengo casi 30 años y hasta el día de hoy no sé si en algún momento deseo ser madre, lo que sé es que por ahora no es lo que deseo.

Lo que quiero contar me sucedió hace un año, por un descuido en mis píldoras quedé embarazada, me di cuenta desde que tenía dos semanas, casi nada. Aún recuerdo yendo a la farmacia a comprar la prueba y haciéndomela sola en el baño, cuando vi las dos rayas de positivo, el mundo se me vino abajo. Lo único que sentía eran ganas de llorar, no hubo un solo instante en que deseara tener un hijo, nunca se desarrolló en mi instinto maternal alguno.

A la primera que le dije fue a una de mis hermanas, me felicitó y yo solté a llorar, pensó que era una buena noticia, luego vio que no era así por mi reacción y me dijo: “estoy contigo te apoyo en lo que decidas”. Después se lo conté a mi esposo, quien me abrazó y me dijo: “es tu cuerpo, tu decisión, dime qué hago y te apoyo en lo que necesites”.

Yo nunca tuve dudas de lo que quería hacer, así que programé una cita en una clínica de la Ciudad de México para realizarme la Interrupción Legal del Embarazo (ILE). En mi camino me encontré con toda una red de mujeres, desde mi mamá, mis hermanas, amigas, que me dijeron “es tu decisión te apoyamos”, independientemente de sus creencias, edad o ideas.

Mi cita se programó para dentro de dos semanas, pero no resistí más de cuatro días, el domingo siguiente a que me enteré de mi embarazo me trasladé a la Ciudad de México a buscar una clínica donde me atendieran de “urgencia”. Sentía que rechazaba totalmente lo que estaba dentro de mí, empezaba a tener síntomas de embarazo y desconocía mi cuerpo.

Esto me generaba una angustia enorme y desconcierto, no podía dormir, sentía la necesidad de correr muy lejos y muy rápido, pero no podía, porque de quien debía correr era de mi misma, quería escapar de mi cuerpo.

Las mujeres que esperaban su cita para el ILE

El día llegó, encontré una clínica abarrotada de mujeres, todas distintas, pero al mismo tiempo nos unía una misma causa, un mismo deseo, una misma realidad, llegué desde las 11 de la mañana. Me registré y pagué, esperé un lapso aproximado de cinco horas, en las que vi desfilar un sin número de mujeres de todas las edades y apariencias, algunas acompañadas de sus parejas, otras de las que parecían sus mamás, otras más de amigas de la misma edad. Hubo una que me llamó la atención que iba con dos niños, que supongo eran sus hijos, y su esposo.

En fin, después de tanto esperar me llamaron, elegí un AMEU (Aspiración manual endouterina) con sedación, el procedimiento más costoso de todas las opciones, lo que por cierto en ese momento era lo que menos me importaba. Por fin me pasaron a la antesala de procedimientos, sin embargo, antes de llegar ahí pase por una estancia en donde estaban las mujeres que no habían querido o podido pagar el procedimiento más caro, las que iban a estar conscientes durante todo el proceso, las que iban a sentir lo mucho o poco que doliera.

Después de eso llegué a una sala en donde había unas pequeñas camas en donde me recosté y estaban ocupadas dos camas más. En lo que esperaba a que me llamaran llegó una chica llorando y diciéndome que se sentía muy mal, que quería interrumpir su embarazo a como diera lugar, que era producto de una violación. Ella solo lloraba y lloraba, en eso me llamaron a mí, me recosté y es todo lo que recuerdo.

Mi siguiente memoria es reincorporándome de la mesa de procedimientos con ayuda de una enfermera, estaba un poco mareada, pero sentí uno de los más grandes alivios, un peso enorme me fue quitado de encima, después de eso regresé a la sala donde estaba para recuperarme unos minutos.

Cuando llegué estaba otra chica la que no podía parar de llorar, estuve ahí por unos 20 minutos y ella seguía llorando sin poder hablar siquiera. Después me vestí y me fui, abajo estaba mi esposo esperándome, salimos de ahí, al cruzar la puerta solo pude volver a sentir alivio, respiré tranquila y sabía que no pude haber tomado mejor decisión.

Habrá quienes me juzguen y digan: “tenías todo (lo socialmente aceptado) para convertirte en madre”, pero no, lo principal para convertirse en madre es el pleno y consciente deseo de serlo, no las circunstancias económicas, sociales, laborales, eso pasa a segundo término, yo no quise ser madre.

Imagen de la marcha del 28 de mayo en Argentina para buscar el derecho al aborto libre, legal, seguro y gratuito.

A los pocos días de haberme practicado una interrupción legal de embarazo me vino una profunda depresión y no, no era la culpa, no me arrepentí, me sentí mal por todas las mujeres que no gozan de privilegios, que son violadas, que se embarazan por accidente, por desconocimiento, pero que a diferencia de mi no tienen acceso a una red de apoyo, a un vehículo que las traslade cómodamente a la Ciudad de México, no tienen cinco mil pesos para pagarse un procedimiento seguro, higiénico, sin dolor, sin sentir nada.

Peor aún, justo por esas fechas una amiga médico me contó que una niña de 14 años murió en el hospital público donde trabaja, porque intentó abortar en casa, llegó desangrándose, le tuvieron que quitar el útero, el daño era muy grande, y no pudieron salvar su vida.

Ese día lloré, lloré mucho, lloré por todas esas mujeres que han muerto en la clandestinidad, que han sido revictimizadas, que han quedado estériles, porque sí, el hecho de que alguien no desee un hijo en determinado momento de su vida no significa que después no desee embarazarse. Lloré por todas las que han sido obligadas a parir, sigo llorando hasta el día de hoy por todas ellas, por las que no pueden alzar la voz por miedo o las que fueron silenciadas.

Mi experiencia en lo personal cambió completamente mi perspectiva de ver la vida, a las mujeres, la maternidad, el embarazo y en definitiva no ha habido un solo momento que me sienta arrepentida de la decisión que tome, no ha habido culpa, ni remordimiento.

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