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Hasta que valga la pena vivir: por qué se protesta en Chile

He de confesar que mientras escribo esto, lloro. Lloro a mares, y desde hace días, pero no es mi intención venir a victimizarme. Estas lágrimas no son por mí, son por los que salen a manifestarse y no vuelven más a sus casas. Son por nuestros adultos mayores que no tienen una pensión digna y se suicidan para no ser una carga. Estas lágrimas son por nuestros jóvenes, que gracias a su valentía, hoy mueven a un país entero, y sin embargo, reciben sin piedad balas y palos. 

Pronto el llanto se va volviendo rabia. Siento rabia e impotencia porque quienes nos gobiernan hacen oídos sordos, son indolentes, perversos. ¿Cómo es posible que recibamos proyectiles por tocar una olla con una cuchara de palo? ¿por qué tenemos que respirar gases nocivos solo por protestar? 

Al final, Chile, el niño dorado del neoliberalismo, como ya varios de ustedes se habrán dado cuenta, no era un oasis: era un espejismo. 

Nuestro presidente, en su absoluta imbecilidad, dice por cadena nacional que estamos en guerra contra un enemigo implacable y le da soltura a las fuerzas armadas para que nos agredan, abusen, torturen y asesinen. Habla de un enemigo inventado para culpar su inoperancia, su incompetencia. Al final del día, el único enemigo que vemos es su estado de emergencia, sus discursos vacíos y su milicia enferma que en vez de honrar su juramento y protegernos, nos ataca. Desclasados. Traidores. Criminales.

Si me permiten una observación, impresiona la rapidez con la que nuestro presidente Sebastián Piñera decidió optar por la represión violenta, siendo que el primer día en que la capital estaba en llamas se le encontró muy tranquilo celebrando un cumpleaños en un restaurante del barrio alto.

Ante la polémica que las RRSS hicieron posible, el presidente Piñera volvió de inmediato al Palacio de la Moneda y no pasó mucho para que se decidiera a declarar estado de emergencia. De esta manera, restringió nuestra libertad de locomoción y reunión, y, por qué no decirlo, desató una violencia estatal sin ningún respaldo normativo.

Finalmente, coronó la jornada con un perverso toque de queda, evocando la época más oscura de nuestra historia en el consciente colectivo de nuestra nación: la dictadura de 1973.

Pinochet en mi país no es solo un fantasma, es una inmunda sombra espesa que se extiende por debajo de nuestra pálida democracia. Aún hasta esta fecha, producto de la impunidad sistemática que sus perpetradores han gozado durante todos estos años y el ensalzamiento del “gobierno militar”. ¿Pueden creer que aún hoy tenemos en nuestro congreso gente que dice abierta y orgullosamente que son pinochetistas? Decir que es repugnante se queda corto.

Y digo pálida democracia porque no costó nada pasar de ser el ejemplo perfecto al modelo fallido, situación en la cual nuestro Presidente simplemente decidió atropellarnos con poder militar en lugar de intentar dialogar o aceptar nuestras demandas iniciales. ¿Dónde quedaron los derechos del pueblo? Curioso que nuestro escudo nacional rece “por la razón o la fuerza”. Imperdonable que después de 30 años, sigamos con la misma constitución que se redactara en dictadura

No puedo ocultar mi desprecio por este pobre manejo. No puedo ocultar mi rabia al ver el terror en los ojos de los más viejos, que veían cómo de pronto esa violencia, esa espesa sombra, caía sobre nosotros, una vez más, y peor aún, en tiempos de democracia.

Pero mi rabia, como la de tantos otros adultos y jóvenes, se fue transformando en motor. Después de tanta injusticia, no íbamos a aceptar migajas. Después de tanta maldad, no íbamos a callar y dejarlos impunes.

Recuerdo el sábado 19, yo estaba en la terraza de mi departamento viendo cómo se movilizaba toda la gente de mi comuna. Era como un ser vivo enorme que se tomaba la calle y avanzaba jubiloso hacia la plaza principal. Recuerdo a un adolescente que agitaba el brazo, gritando y saltando, y me invitaba a salir de mi casa para unirme. Le sonreí y asentí.

Pronto, mientras cantábamos y yo me unía a la multitud con mi olla y mi cuchara de palo, algo sucedió, algo hizo enojar a algún señor uniformado, y este joven del que les hablo, saltando a cara descubierta, sin armas, sin nada más que su valentía, recibió un proyectil en el brazo. Estaba a menos de dos metros frente mí. Aún hoy no olvido su sangre. No olvido el caos. Ni perdón ni olvido, paco de mierda.

No tengo palabras para describir el dolor, y la indignación que siento, de ver cómo autoridades se sienten con la libertad de dispararle a la cara a la gente que se manifiesta. Ya más de 100 personas han perdido un ojo solo por exigir derechos humanos básicos.

Se están llevando gente desde sus casas, ¡desde sus casas! Se han encontrado evidencias de torturas. Gente desaparece y después es encontrada calcinada en supermercados, cuyos cuerpos no muestran signos de haber fallecido en dicho incendio. Nos están golpeando, violando, matando. Nos amenazan, amenazan a funcionarios públicos para que no ayuden, la prensa está intervenida.

¿Qué está pasando? Peor que pálida es, sin duda, nuestra democracia. Nos llaman a la normalidad, nos dicen que nos escucharon. Gracias por manifestarse, ciudadanos. Ahora, trabajen. ¿Cómo vuelve a la normalidad una familia que perdió un ser amado? ¿Cómo hará la gente para volver a lo que fue antes si los mutilaron? ¿Cómo olvidar una violación?

Mi nueva normalidad es que cada noche sea más larga que la anterior, y cada día sea más difícil de recibir. Hemos llegado a un punto sin retorno y no nos vamos a rendir. Por los caídos, no podemos darnos el lujo de replegar ni aceptar medidas mediocres.

No fue por 30 pesos chilenos

Y déjeme decirle: no fue por los 30 pesos chilenos que subió el metro. Esto se debe a 30 años de ineptitud política. Quizás usted no lo imagina pero aquí la inequidad es tan grande que nos quitaron hasta la dignidad. No solo precarizaron la salud pública al punto de que si no tienes dinero, te mueres. También las pensiones de nuestros jubilados son tan miserables, inferiores al sueldo mínimo, que no es raro ver gente trabajando todo el día, pasados los 75 años, para poder costear sus alimentos o medicamentos.

Lucran con la educación de nuestros niños y jóvenes, y lamentablemente, a mayor ingreso, mejor educación, y para que no se diga que solo la élite tiene beneficios, los que no tienen la plata tienen el derecho a endeudarse por 20 años para sacar su carrera profesional, carreras que duran COMO MÍNIMO entre 4 y 5 años.

También se les ocurrió privatizar el agua y la empresa de luz ahora es un retail. Se tuvo que declarar zonas de sacrificio por desastres ambientales que hasta el día de hoy tienen a niños enfermos y cuyos culpables se encuentran impunes. Y, la cereza del pastel, años de descubrimientos de corrupción en políticos y grandes empresarios, en dónde además se aprecian millonarios perdonazos fiscales a empresas coludidas o evasoras de impuestos.

Todo esto, y más, fue poco a poco llenando el vaso que finalmente se rebalsó el 19 de octubre debido a la violencia desmedida con la que trataron a nuestros secundarios, porque como se sabe, la violencia trae más violencia y en este espiral vertiginoso en el que se sumió el país, a cada golpe que han decidido darnos, más firmes e insistentes nos volvemos. Al final del día, cuando ya nos han quitado todo: ¿qué tenemos que perder?

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