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Recuerdos de Nueva York

En 2013 seis amigas terminaron la carrera por lo que decidieron hacer un viaje a Nueva York como celebración por haber concluido sus estudios. Seis años después nos cuentan qué es lo que más recuerdan de ese viaje y qué piensan de esa experiencia ahora.

Cici

Para mí, de las mejores cosas de la vida son viajar, la comida y la amistad; por lo que cuando seis amigas de la carrera decidimos que al concluir nuestros estudios no queríamos fiesta si no un corto viaje a Nueva York fue de las mejores decisiones en equipo que pudimos haber tomado.

Yo nunca había viajado con amigas antes, por lo que me preocupaba que se complicara la planeación y la toma de decisiones como cuánto tiempo viajaríamos, qué lugares visitaríamos, etc. Afortunadamente todas nos medio adaptamos al ritmo, decidimos quién debía bañarse primero porque tomaba más tiempo, enlistamos cuáles eran los lugares que todas queríamos conocer y cuándo lo mejor era que cada quién hiciera su plan individualmente (aunque solo ocurrió una tarde).

Fuimos pocos días, por lo que estábamos saturadas de planes y de los must que ver y hacer en la ciudad. Caminábamos de diez a doce horas al día para que nos rindiera y a veces solo teníamos una comida al día (una de las más memorables fue una pizza de rebanadas enormes que todas disfrutamos con gran alegría y placer).

Foto de Cici.

En fin, todo era con la intención de conocer lo más posible la gran ciudad. Algo que queríamos palomear en nuestra lista de deseos neoyorquinos era la de ir a bailar y salir en la noche, por lo que fuimos a un bar que nos recomendó un chavo del hotel, donde en teoría ponían música latina y se ponía bueno… todo fue en teoría, porque no había mucha gente, casi no bailaban, la cerveza y en general las bebidas eran carísimas y el 80% de la música que sonaba era hip hop… nunca supimos dónde quedó la salsa.

Después de días de caminatas exhaustivas, claramente las seis estábamos cansadísimas, por lo que tomamos solo una bebida por persona, intentamos bailar un par de cosas y regresamos a dormir, al día siguiente teníamos que madrugar para ir a Harlem y aprovechar los últimos momentos del viaje.

Después de ese viaje nunca volví a viajar con más de una amiga, por lo que recordarlo ahora, después de tantos años, me pone muy feliz y me hace pensar que de verdad el poder de la amistad y de los intereses mutuos puede lograr cosas increíbles como pasar más de tres horas en el MET y desear que el tiempo allá nunca terminara.

Diana

Lo que más me gustó de ese viaje es que todas nos dejábamos ser. Planeamos juntas nuestro recorrido y en general estábamos de acuerdo en lo que queríamos conocer, pero también nos adaptamos a los gustos de cada una. Había adictas a las rebajas, así que fuimos a tiendas; adictas a libros, fuimos a Barnes & Noble; adictas al teatro, compramos boletos para Broadway. Siempre íbamos juntas pero en cada sitio cada quien tomaba su ritmo.

Cuando fuimos al Nederlander Theatre, sentí el arrebato de comprar un boleto hasta adelante. Tuve un momento de duda pero las demás me alentaron con un alegre y contundente “¡Pues vas!”. La booklover prefirió no entrar para invertir ese dinero en libros, así que nos alcanzó después y tomó fotos de nuestro estado frenético post-obra. Algo parecido pasó en los museos: íbamos juntas pero cada quien lo recorría a su ritmo. A veces nuestros tiempos perdían equilibro, nos impacientábamos y regañábamos mutuamente. Pero el recuerdo de esas discusiones ahora me divierte. Nos enojábamos porque estábamos emocionadas. Queríamos dar el gran trago de NYC y no había tiempo que perder.

Emilia

El único viaje internacional que he realizado, por motivos ajenos a los laborales, es el viaje que hice a la ciudad de Nueva York junto a otras cinco mujeres en el año 2013. Así inició mi tradición del miedo a llegar tarde al aeropuerto, quedarme dormida en las salas de espera (y por supuesto, en el avión) y tardar en asimilar la llegada a un territorio desconocido.

Nos recibió una tarde lluviosa que nos animó a conocer la biblioteca para resguardarnos del persistente chipi-chipi. Todos los días nos levantábamos temprano, desayunábamos pan con café e iniciábamos el itinerario que usualmente terminaba alrededor de la media noche.

Caminé en cinco días más de lo que camino en un mes, comí una gran cantidad de harinas que mi cuerpo tuvo a bien no retener, en ningún momento fui presa de la ansiedad, la depresión o el insomnio. La compañía me fortalecía. Me enamoré de las calles, los parques, los museos, los atardeceres y el eclecticismo de sus habitantes.

Foto: Court Prather.

El regreso, en cambio, fue un estruendo que me despertó antes de tiempo. Volví sola, de madrugada y sin efectivo, el taxista que me llevó al aeropuerto no hablaba inglés, ni yo árabe, casi pierdo el vuelo, llegué a la Ciudad de México con fiebre y náuseas, a enterarme de que mi abuelo había tenido un accidente y no podía caminar.

La llegada a casa de mis abuelos en el oriente de la ciudad me regresó a una realidad muy distinta a la de mis compañeras viajeras, a quienes hace más de tres años que no veo, ni siquiera las tengo en redes sociales y no por falta de amor, sino porque nuestros entornos e intereses son muy diferentes. Quizá el único momento en que realmente coincidimos fue en ese viaje y quizá, una travesía compartida, sea la forma más amorosa de separarte de alguien.

Gaby

Seis años después vuelvo a recordar detalles de aquel viaje a Nueva York en compañía de Marianna, Emilia, Diana, Cici e Ileana. Al buscar fotos y verlas, no sólo volvieron a mi mente momentos del viaje, sino también de ese recorrido por el que muchos pasamos, llamado universidad, pero parece que me estoy poniendo nostálgica y como si empezara a enfocarme más en las anécdotas de la universidad cuando en realidad lo que escribiré es acerca de un recuerdo de esa semana en La Gran Manzana.

Fue un día en el que el recorrido inició tomando el metro hacia Coney Island, emocionadas por pasar un rato cerca de la playa, juegos mecánicos y nuevas experiencias. Después de estar un rato sentadas en la arena, observando a nuestro alrededor y de una buena charla, nos dirigimos a los juegos mecánicos. Recuerdo claramente que también pasamos a comprar un par de zapatos, si tenían promoción ¿por qué no aprovechar?

Al llegar la hora de la comida y de regreso a Nueva York, fuimos a un restaurante y conocimos Little Italy, esa fue la comida más cara que tuvimos, la verdad es que siempre buscábamos algo barato y accesible, pero aquella vez fue la excepción, no porque quisiéramos darnos un lujo, sino porque realmente no había otro lugar más económico.

Tuvimos una comida rica, pasó el tiempo y nos dimos cuenta de que ya era tarde y regresamos con el tiempo medido para llegar a ver Newsies, obra de Broadway. Tomamos el metro, nos separamos, ya que Marianna decidió no acudir a la obra y regresar al hotel a tomar un baño relajante en la tina. El resto empezamos a correr y correr, cruzar calles y al fin llegamos a formarnos en una fila inmensa, pero seguras de que lo habíamos logrado. Entrando al teatro, nuevamente, nos dividimos porque en esa ocasión Diana fue más “pudiente” que Emilia, Claudia Ileana y yo, por lo que compró boletos más abajo.

Al terminar la obra y salir del teatro había muchos chicos guapos en carrozas para tomarlas como medio de transporte, nos vimos tentadas a tomar una y recordamos que nuestro presupuesto no era tan alto para regresarnos de esa forma, pero sí para regresar en limusina al aeropuerto. Esa, es otra historia.

Platicando con Marianna le dije que también recordaba que nos habíamos tomado una foto con alguien del elenco, pues habían salido a saludar al público y firmar autógrafos, sólo que no sabíamos quién se había quedado con esa foto y casualmente yo la encontré entre mis archivos.

Al empezar a ver las fotos muchos recuerdos vinieron a mi mente así como ciertos detalles, tal vez este texto o narración no es del todo buena o entretenida. Sin embargo, me agradó hacerla por el simple hecho de recordar aquella experiencia del viaje y de muchos otros momentos que llegamos a pasar juntas. Tal vez, en la actualidad, no haya mucho contacto con cada una de las personas que menciono. Sin embargo, creo que es una buena oportunidad para decirles que no las olvido y el cariño aún permanece.

Ileana

Era un domingo y nos levantamos temprano para ir a escuchar una misa en Harlem. Cuando vas a Nueva York todos te hablan del gospel y la devoción religiosa de los barrios aledaños a Manhattan, así que nosotras, como buenas turistas, no queríamos perdernos la música, las voces y la forma tan distinta de celebración religiosa que creímos que nos esperaba.

Sin embargo, el día anterior, sábado, fue para mí de los más agotadores. Íbamos pocos días y queríamos acabarnos la ciudad a pie. Caminamos por los sitios más emblemáticos, fuimos al Parque Central, recorrimos tiendas, calles y museos y por la noche, a pesar del dolor en los pies y el cansancio del viaje, decidimos tomar un baño y salir a bailar música latina. El domingo temprano era la misa y tampoco queríamos perdérnosla así que nos sacudimos el cansancio y salimos del hotel.

Era muy notorio cómo íbamos cambiando de zona: de Manhattan, la zona de edificios más turística, hacia los suburbios en donde vive la gente y particularmente los barrios negros. Estábamos emocionadas y listas para vivir algo único, sin embargo, las cosas no salieron como las planeamos.

Foto: Frances Gunn.

Al llegar a la iglesia en cuestión -que vimos recomendada en sitios turísticos- nos fue negado el acceso. ¿La razón? Cici traía puestos unos shorts cortos y Emilia una blusa con transparencias. Los turistas podían entrar a ver la celebración pero mientras no estuvieran vestidos de forma “inmoral”. Decepcionadas, seguimos caminando por la zona y encontramos una iglesia católica en donde tomaba misa una congregación casi exclusivamente negra y donde no habían más turistas. Nos recibieron con los brazos abiertos, cantaron y hasta el sacerdote se acercó a saludarnos. Nos sorprendió la forma tan acogedora con la que nos recibieron. Salimos contentas y listas para tomar un buen desayuno.

Marianna

Como todos sabemos viajar es un privilegio y sobre todo si se trata de viajes internacionales. El viaje a Nueva York fue el primero que hice en mi vida, en mi familia no se viaja, especialmente por cuestiones económicas. Sin embargo cuando acabé la carrera y nos pusimos de acuerdo en salir de México, me dio mucho entusiasmo saber que con ciertos sacrificios yo también podía moverme a otras geografías.

Lo que más recuerdo de ese viaje fue un día en que todas juntas cruzamos el puente de Brooklyn, caminamos esos dos kilómetros mientras comíamos helado y observábamos a las personas tanto neoyorquinos como extranjeros. Me impresionó la diversidad en Nueva York, por primera vez veía mujeres usando hijabs hermosas y con ojos impresionantes, mujeres asiáticas que vestían con una moda que nunca había visto en México y personas de todas las nacionalidades hablando inglés con distintos acentos, aunque casi en cualquiera lugar había alguien que hablaba español. Algunas personas vestían de manera excéntrica, otros mostraban riqueza y lujo excesivo en su ropa, pero también estaban las personas que vivían en la calle.

Esa tarde nos sentamos en uno de los parques de Dumbo a observar el atardecer. Creo que fue el momento en donde me sentí más alegre de estar con amigas, en otro país. También me impresioné cuando visitamos el campus de la Universidad de Columbia y me imaginé cómo habría sido poder estudiar ahí (aparte de caro, ja).

Al igual que Emilia volví a México a enfrentarme con la realidad, después del lujo de Manhattan regresé al departamento que rentaba cerca de Izazaga, en la Ciudad de México. Sin recursos pero con un montón de libros de segunda mano que me compré en Strand Books con el dinero que me prestó la mamá de mi amiga. Seguro estuve más de un mes comiendo sopas Maruchan pero agradecida de haber tenido esta experiencia, aún ahora que ya trabajamos más formalmente y tenemos ciertas posibilidades de viajar, difícilmente nuestros horarios y estilos de vida nos permitirían realizar un viaje como ese juntas.


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