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Regalos del Nevado de Toluca

Muchos fines de semana de mi infancia y adolescencia los pasé en las montañas de Monterrey. A pesar de lamentarse alguna vez por haber tenido solo niñas y ningún varón; mi padre se esmeró en enseñarnos las técnicas del senderismo: “pídele permiso a un pie, luego al otro, y así avanzas”.

Por el trabajo o lo que sea, dejé de trepar cerros. Hasta hace poco que me encontré con diversas mujeres deportistas, y me inspiraron a tomar la decisión: subir el Nevado de Toluca. Y como no es poca cosa llegar a la altitud de 4 mil 680 metros sobre el nivel del mar (msnm) que tiene el volcán, mínimo por respeto, habría que prepararse. La tarea fue subir dos de los cerros más altos del noreste de México: El Coahuilón y La Viga.

¡Inmenso y tortuoso placer! El Coahuilón es el tercer gigante más alto en esa zona del país. En el camino a su cima, a los 3mil 575 msnm, se puede disfrutar de chaparrales, bosques de pinos y abetos. El día que subimos, floreaban cactáceas, escondidas entre sotoles y agaves.

La Viga, por el contrario, es una diosa que enseña humildad de sopetón. Sus pendientes pronunciadas retan la capacidad cardiopulmonar. Llegar a su cresta, a los 3 mil 712 msnm, sin sentir “mal de montaña” es digno de celebración. Arriba domina un paisaje aparentemente desolado tras los incendios. Pero, al poner atención se logra reconocer la vida tras la muerte. Semillas germinando encima de troncos calcinados, retoños del bosque que persisten y se proclaman resilientes.

Foto de la autora.

Preparada para el Nevado

Gloriosa tras el reto en el norte, viajé al centro del país. Todo listo: el equipo de montaña, el visto bueno de mis amigas montañistas, las bendiciones de mi familia. El plan original era subir dos amigas y un amigo. Pero llegó el día y él no pudo acompañarnos. ¡Lo celebramos tanto! Dos morras “solas” pese a las advertencias “es peligroso, ha muerto gente”. Yo entregué mi plena confianza en mi guía, experta alpinista… y ha sido una de las mejores decisiones de mi vida.

Comenzamos el ascenso a las 9 am. Mientras cruzábamos el bosque de pinos, yo imaginaba traviesos teporingos brincando entre los pastos. La pendiente era suave, con algunas laderas pronunciadas. Llegamos al zacatal que pintaba de oro el valle de piedra volcánica. A un costado se levantaba una montaña cubierta de musgos y líquenes verde fosfo y ocre. Al fondo, la arista maquillada con un arenal y pecas de nieve.

Nuestra prisa era llegar a la cima antes que la lluvia. Mientras subía pensaba en mi padre y agradecía sus enseñanzas. Y entre pisadas escuchaba a Fátima, cariñosa y firme, “encaja el talón, come algo de azúcar, respira hondo”. A medio camino nos encontramos con un grupo de otras tres mujeres “solas”. Escuché a una de ellas motivando a sus compañeras. Fátima y yo gritamos para dentro de felicidad. ¡Venga, guerreras!

Continuamos el camino. Con cada paso era más difícil procesar el oxígeno. Apresuré mi ritmo, dando batalla a la fatiga y despejando la mente. Subí la cresta, cansada y con un poco de vértigo por la pronunciada caída del collado. Encontré hundidas en la nieve unas pisadas unos seis centímetros más largas que las mías. Me dieron fortaleza y me guiaron cuando el camino se desdibujaba. Para mi jolgorio y fortaleza, encontré la autoría de las huellas a unos metros de la cumbre: otras dos mujeres “solas”, armadas profesionalmente para la faena. Les compartí dichosa que hasta ese momento del día habíamos topado solo a mujeres. ¡Vamos bien, amigas!

Nevado de Toluca. 4680 msnmVolcán activo en el Estado de México, la cuarta formación más alta del país.Forma parte de la Cordillera Neovolcánica Transversal y del Cinturón de Fuego del Pacífico.

Posted by Lety Esquer on Sunday, May 5, 2019

Las rocas más grandes bailaban al pisarlas. Se acabó la música ígnea. Dí el último paso-desplante y al aterrizar y como reflejo, las lágrimas brotaron de mis ojos. Era como si el agua de las Lagunas del volcán se hubiesen evaporado y condensado en mis pestañas.

Sentí una paz inmensa. Me supe nada y a la vez todo.

Nos sentamos en la cima para apreciar la majestuosidad del cráter y los verde-azules de sus aguas. Con la mirada abrazaba cada roca, cada musgo, cada hueco y relieve del volcán. ¡Claro que esta zona tiene que ser protegida! Lo es desde la década de los 30. Su actual decreto vela por la conservación de la rosa de las nieves y las más de 600 especies de flora que ahí habitan, así como por la importancia arqueológica del sagrado Xinantécatl.

Las nubes comenzaron a envolvernos y con ellas el frenesí por bajar. Algunos tropiezos y caídas, pero ágiles como gatas, tan rápido se cae como se levanta. La victoria que había decretado contra el mal de montaña se esfumó al poco tiempo, tras la primera vomitada. La montaña hizo de las suyas y abrazando un tronco caído como yo, me llevé grandes enseñanzas.

A dar mis pasos firmes, pero sin prisa; confiada y honesta con mi capacidad, pero humilde ante la incertidumbre. Receptiva de mi cuerpo, mis latidos y los posibles riesgos a mi alrededor. Agradeciendo siempre a las grandes maestras: la Montaña que me cobija y las montañas de energía que yacen dentro de mí y de mis hermanas de cima.

¡Gracias, Vida!

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