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¿Roles de género? Mejor de canela, por favor

Una de mis hermanas tiene un vago recuerdo que cuando era niña y jugaba fútbol con nuestros primos, una tía le decía que esos no eran juegos para una niña. Yo también recuerdo tener un vecino con el que jugaba a las muñecas y no lo bajaban de “rarito”. O como cuando llegas a un baby shower y ya sabes que si todo está en azul será niño o, por el contrario, si todo está en rosa, entonces será niña.

A partir de entonces a la niña se le regalarán vestidos, moñitos, cocinas a su tamaño, planchitas, vajillitas, muñecas, baterías para su cocinita. Mientras tanto, al niño le darán cochecitos, pelotas, juego de herramientitas, pistolitas, muñecos de acción, etcétera.

Él podrá salir a jugar fútbol con sus amigos, trepar árboles, ensuciarse y arrastrarse. Ella tendrá que jugar en el patio a “la mamá”, haciendo comida y cuidando a las muñecas, tomando el té con sus amigas o probándose el maquillaje de su madre. Tal vez en algún momento jugarán juntos, pero los adultos intervendrán con sus costumbres y prejuicios a separarlos, a quererlos dirigir hacia lo que “debe” hacer cada género.

Ya más grandes, ella se dará cuenta de la aceptación que conlleva el maquillarse, ponerse un lindo vestido, peinarse y llevar unos lindos y altos tacones. Él tal vez podrá vivir sin problemas con un par de pantalones de mezclilla, algunas playeras y un par de trajes formales.

Ella comenzará a salir con muchas personas y levantará más de un comentario y adjetivos nada agradables; él se convertirá en todo un galán por la cantidad de personas con las que sale. Si les llegan a romper el corazón, a ella le será permitido llorar, llorar y llorar y podrá ser apapachada por cuanto ser querido sea posible. Por el contrario, él llevará su dolor en silencio, porque le enseñaron a no mostrarse débil ante los demás y mucho menos llorar ya que “¡eso no es de hombres!”.

Laboralmente, ella verá que tiene más oportunidades si estudia enfermería, para secretaria o asistente o alguna docencia en niveles básicos. Para él será mejor si estudia una ingeniería, doctorado o ejerce algo que implique esfuerzo físico.

A cierta edad, la familia y la sociedad en general, comenzarán a indagar sobre su futuro, pareja, boda, hijos, hijas, familia, etc. A ella la presionarán porque su reloj biológico está avanzando y no ven claro para cuándo los embarazos. A él le dirán que necesita buscarse una pareja para ya “sentar cabeza”, que lo cuiden y lo procuren.

Cuando por fin logren tener una pareja les preguntarán por la boda, y cuando se casen, les preguntarán por los hijos o las hijas. Después del primer embarazo les preguntarán por el segundo y entonces la historia se vuelve a repetir.

Ella tendrá que dedicarse en cuerpo y alma a su casa, a atender y cuidar su matrimonio e hijos o hijas, porque le enseñaron que esas son las responsabilidades de una buena mujer, madre y esposa.

Él necesitará seguir trabajando, continuar con su desarrollo profesional, y tendrá que perderse, tal vez, momentos importantes de sus hijos o hijas, porque esas son las responsabilidades de un buen hombre: ser proveedor y jefe de familia.

Sin embargo, nadie (o casi nadie), les preguntará si son felices, ¿qué pasa si, un hombre llega al trabajo con una camisa rosa o cualquier detalle en este color solo porque le gusta? Se le tachará de homosexual (por decirlo decentemente) y será la burla tal vez durante mucho tiempo. Nadie se detiene a cuestionar el por qué un color tiende a determinar nuestro género, nuestra preferencia sexual, nuestra identidad, lo que debemos o no hacer, qué estudiar.

Los roles de género son una construcción, no son naturales

Con todo esto me refiero a los roles de género, aquellos comportamientos o actitudes socialmente establecidas y que son esperadas de acuerdo al género que nos fue establecido al nacer. Es decir, la percepción socialmente aceptada de lo que es la masculinidad y la feminidad. Cuando alguna persona no sigue estos patrones y hace algo no correspondiente a su género, es mal vista, señalada, juzgada, rechazada y en casos extremos incluso su vida puede estar en peligro. El hombre que se muestra sentimental o que queda al cuidado de una casa es visto como débil, la mujer que ejerce libremente su sexualidad y se muestra fuerte es trasgresora.

Highwater (citado en Álvarez-Gayou, 2007) sostiene que: debemos reconocer que el sexo está socializado y que cada cultura designa a ciertas prácticas como apropiadas, inapropiadas, morales o inmorales, sanas o enfermas. Constantemente estamos construyendo límites, que no tienen bases naturales. Sin embargo, continuamos viviendo la fantasía de que nuestra sexualidad es el aspecto más innato y natural de nuestro ser humano y que la conducta sexual entre hombres y mujeres está predestinada por la biología y más aún por los dictados de la naturaleza humana (1990).

Tanto en consulta como fuera de ella es muy común ver personas que viven en sufrimiento por salirse de esta normatividad, por no ser o hacer lo que los y las demás esperan, por vivir el rechazo de los padres, el bullying en las escuelas o el trabajo. Porque su realidad, su día a día, no coincide con lo que les dijeron que “estaba bien” o con lo que se supone debería “ser normal” en sus vidas.

Con esto, me atrevo a hacerles una invitación a cuestionar un poco lo que entendemos por “roles de género” y qué puede pasar si no los seguimos. A pulir nuestra empatía y ponernos en los zapatos de aquel hombre que ha decidido quedarse en casa a cuidar de su familia o de aquella mujer que ha decidido postergar su maternidad, de aquellos menores que sólo quieren jugar y explorar el mundo. O si nosotros o nosotras estamos en una situación similar debemos darnos cuenta de que un color no nos puede determinar a nosotros ni a nuestros gustos desde que nacemos, ni unos juguetes, ni viejos esquemas del siglo pasado.

Lo importante es nuestra calidad humana, el amor y nuestra evolución en seres más felices.

Este texto fue publicado en Somos fotógrafas y se reproduce aquí con permiso de la autora.

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