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Ser mujer en México: los feminicidios son la expresión máxima de la violencia contra las mujeres

Ser mujer en México: los feminicidios son la expresión máxima de la violencia contra las mujeres

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Cada día nueve mujeres son asesinadas en México. Guanajuato y el Estado de México son los estados que concentran el mayor número de de feminicidios. En 2020, los meses de enero a marzo fueron los más violentos, pues se reportaron 964 mujeres asesinadas, y esos son sólo los casos que conocemos. México es uno de los países en que el ser mujer es sinónimo de muerte, es un país donde nos matan por el simple hecho de ser mujeres. El país enfrenta una grave crisis de violencia de género que se replica en otros países latinoamericanos como El Salvador y Honduras. 

El feminicidio es el fruto final, y más violento, de toda una vida de violencia. Los feminicidios son el resultado más tangible y persistente de la violencia sistemática que aún hoy sigue cobrando la vida de miles de mujeres. Historias que se repiten una y otra vez, muertes cada vez más violentas, injusticias que se nos plasman en la piel y desigualdades que con cada generación se renuevan. El asesinato es el escalón máximo de violencia física, este tipo de violencia se completa con otros tipos como la violencia sexual, emocional, económica, laboral, institucional y psicológica.

Ser mujer nos condena, nos aprisiona y nos limita. Las mujeres deben ser rectadas, deben ser sacrificadas, deben practicar el perdón , deben ser sumisas, deben saberse vestir y ser recatadas con lo que enseñan, las mujeres deben callar sus opiniones y sus deseos, las mujeres no deben de salir de noche ni solas porque se están exponiendo.

Las mujeres no deben vestir ropa provocativa porque pueden despertar las bajas pasiones de los hombres, las mujeres decentes no frecuentan ciertos lugares, las jóvenes decentes se dejan conquistar, las señoritas decentes no salen solas, las mujeres deben darse a respetar, las mujeres deben de darse a desear…. 

Nos cuesta tanto nombrar las violencias que aún se hablaba de “crímenes pasionales”, un eufemismo que encubre una serie de violencias aceptadas y toleradas por la sociedad. Costaba nombrar la violencia, nos enseñaron que se mataba por amor y por pasión; no mencionaron el odio, no mencionaron las ganas de controlar y decidir no sólo sobre nuestros cuerpos, sino también sobre nuestras vidas y sobre nuestros destinos. Así como los golpes y las humillaciones tenían un por qué, la muerte también, si el hombre ejercía todo tipo de violencia era porque estaba recordándole a la mujer cuál era su lugar; la violencia ha tenido un papel pedagógico y hasta formativo. 

Esta violencia inicia en el hogar, es en el seno familiar donde experimentamos por primera vez las consecuencias de ser mujer.  Como un secreto a voces que todos sabían pero que nadie se atrevía a mencionar en público porque todos sabemos que “la ropa sucia se lava en casa”.

La violencia primigenia la vivimos al ver a nuestras madres, a nuestras abuelas, a nuestras primas, a nuestras tías, una violencia con la que crecimos y nos formamos, casi como una marca de nacimiento, una violencia que a veces reproducimos y mantenemos viva.

En muchas ocasiones es con las madres y los padres con quienes más se refuerzan los conceptos culturales de feminidad y masculinidad, la socialización del género se lleva al extremo en nuestros hogares. La madre encarna las actitudes, los valores, las creencias, los estereotipos, las prácticas y los supuestos que definen a una mujer, así como el padre encarna el ideal del hombre. Mas tarde, en otras esferas de sociabilidad, estos roles siguen determinando nuestras posibilidades y nuestra posición en el mundo.

Al ser mujeres cargamos con todo un estigma de cómo debemos ser, como debemos actuar, como debemos pensar, sentir, vivir. Estigma que ordena y le da sentido a la sociedad, se sabe que el rol de la mujer es cuidar a y servir a los otros; la mujer es la gran cuidadora, su lugar está en el hogar procurando que la comida este servida y la casa esté limpia, que cuide de los hijos y del marido incluso mejor que de sí misma, eso es lo que se espera de ella, es lo socialmente aceptable. “Calladita te ves más bonita” tal como dicen muchos hombres.

El hecho de que la mujer esté resguardada en su casa ejecutando las tareas domésticas mantiene el orden social y preserva la desigualdad y la opresión de género. El orden social dicta de los hombres controlen a las mujeres y que estas queden subordinadas bajo su dominio y tutela.

Las mujeres tienen que callar y hacerle caso al varón, tienen que obedecerlo y respetarlo por encima de todas las cosas, casi con la misma devoción con la que se relaciona con Dios. De no ser así, de querer revelarse, el hombre puede usar todo tipo de violencia para enderezar el camino de la mujer. Esta violencia es válida cuando se encamina a salvar a la mujer del pecado y de la ilegalidad. Este proceso de sociabilización del género es violenta y únicamente controla, oprime, subordina y domina a las mujeres; las deja a expensas de otro que tiene el poder de decidir sobre su vida. 

La subordinación se vive en lo pragmático y en lo simbólico, en lo público y en lo privado, e incluso se cuela en el marco jurídico e institucional. No hay una sola esfera social que no sea tocada por el tema del género. Incluso, la violencia contra las mujeres se preserva y refuerza con ciertas políticas públicas que no nombran ni castigan estas conductas y que, al contrario, en muchas ocasiones, las solapan o validad. El agresor es perdonado y justificado en tanto que una mujer siempre es responsable de la violencia que recibe “se lo ganó”, “se lo merecen”. Hablar de la violencia contra las mujeres es hablar de una historia de silencios y de negaciones, y hasta de verdades incomodas. 

Las leyes no cuidan a las mujeres y la violencia se toma como un asunto menor, no se nombra la realidad y se disfraza con eufemismos. No es acoso, es insistencia; no es control sobre la mujer, son celos; no son golpes, son momentos de frustración; no es feminicidio, es un crimen pasional.

¿Cuánto tiempo más vamos a seguir negando la realidad? La violencia hacia nosotras es una violencia histórica que repercute en todos los aspectos sociales y personales, en lo que se ve y en lo que no se ve, esta violencia nos deja heridas externas e internas. En cuanto a la violencia física se manifiesta en acoso, en hostigamiento, en intimidación, en miedo, en violaciones, en chiflidos, en miradas, en roces, en toques y hasta con la muerte.

Ser asesinadas es el final de toda una vida de violencia y opresión, el homicidio es el resultado inminente de una violencia desbordante, es como bien apunta Monserrat Sagot “es el producto de un sistema estructural de opresión. Es la forma más extrema de terrorismo sexual… es la manifestación más extrema de este continuum de violencia”. Antes de un feminicidio hubo un “las mujeres se realizan cuando se casan”, “calladita te ves más bonita”, “las mujeres decentes no se visten así”, “se lo buscó por andar enseñando de más”, “eso le pasa por puta”. Antes de ser asesinadas las mujeres atravesaron un sin número de violencias de todo tipo.

La muerte de estas mujeres ha quedado impune, ha quedado amontonada y archivada en cientos de libretas, todos esos nombres se han encarpetado y se han olvidado. Miles de vidas que se apagan, caminos que se detuvieron y sueños que no se completaron, historias que no tuvieron un final siguen sin tener una respuesta clara por parte de las autoridades y de las instituciones que no han sabido responder clara ni oportunamente a esta crisis y esta ola de muertes.

Porque hay que nombrar la realidad y decir que lo que hoy estamos presenciando es una actualización de las cazas de brujas, ahora no nos acusan de brujas, pero sí de libertinas, de fáciles y demás adjetivos que se concentran en la moral sexual de la mujer. Se castiga y condena a las mujeres por romper el canon de lo deseable y del rol de una mujer decente. El tema de la violencia que los hombres ejercen se ignora por completo, o queda justificado y validado porque la mujer hizo lo que no debía.

El sino de la mujer rebelde, de la mujer que desobedece y que no asume el rol que la sociedad le impuso es la muerte. La opinión pública no se cansa de justificar los crímenes, los periodistas, los políticos y hasta la opinión pública se convierten en jueces y con frases, que parecen inocentes, pero están cargadas con una gran connotación política, como “ella se lo buscó”, “quién la manda a estar ahí y sola”, “a las mujeres bien portadas no les pasa”. Se hacen cómplices del feminicida y culpabilizan a las mujeres de no cuidarse, de exponerse.

Ahora cargamos una sentencia doble: por un lado, la sentencia de ser mujer y por el otro, la culpa de no saber vivir en alerta constante, de pensar que podemos vivir tranquilas. La culpa es de la mujer que, aún conociendo los peligros a los que se expone, que pese a saber lo peligroso que es ser mujer y estar sola por la calle a altas horas de la noche, decide salir. Vaya insensatez, vaya locura y vaya atrevimiento. ¿Cómo aún sabiendo los peligros de ser mujer se atreve a ser libre? ¿Es que ha perdido su cordura?

¿Cuánto nos cuesta la libertad? ¿Cuánto nos cuesta tomar las riendas de nuestra vida? ¿Cuánto nos cuesta hallar otros modos de ser mujer? La culpa es nuestra por romper las cadenas, por buscar romper los roles de dominada-dominador, nuestra culpa es querer ser libres, querer tener control sobre nuestra vida, sobre nuestros cuerpos, sobre nuestras ideas, nuestros sueños, nuestros deseos, nuestros pensamientos. Estamos pagando con sangre nuestra desfachatez y rebeldía, la sociedad nos recuerda una y otra vez que el precio es alto y que no saldremos ilesas. 

¿Cuántas mujeres no llegaran a su casa hoy? ¿Cuántas madres se quedarán sin sus hijas y cuantas hijas se quedarán sus madres? ¿Cuánto tiempo más tendremos esta rabia y este miedo? ¿Cuánto dolor nos costara la plenitud? ¿Cuánta vida nos costara poder vivir plenamente? ¿Hasta cuándo dejaremos de tener miedo? ¿Hasta cuándo dejaremos de pensar que tenemos suerte de estar vivas? ¿Hasta cuándo ser mujer dejara de ser una condena? ¿Algún día el miedo se ira?

Ojalá no tengamos que seguir escribiendo de las que ya no están, ojalá un día no nos falte ninguna, ojalá un día no hablemos de desaparecidas, de abusadas, de golpeadas, de asesinadas, ojalá un día esta realidad sea sólo un mal sueño y al despertar no tengamos miedo, ojalá que dejemos de hablar de ausencias y hablemos de presencias. Ojalá un día dejemos de hablar de muerte y hablemos de vida, de sus vidas, de nuestras vidas.

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