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Ser mujer o ser bruja: crítica a Medea de Antonio Zúñiga

Jasón (Raúl Villegas) está arrojando piedras a un balde de agua cuando conoce a Medea (Ilse Salas). Le gusta escuchar el chasquido que hacen las piedras cuando el agua se las traga. Medea lo corrige: “El agua no se las traga. Es la piedra la que penetra el agua para atravesarla hasta el fondo”. Jasón no la contradice, pero sigue arrojando rocas al balde provocando el chasquido que se mantendrá como un eco hasta el desenlace de esta nueva alianza.

Medea es un modelo de mujer inteligente, atractiva y astuta. Todo esto la vuelve una mujer inusual y, por ende, un arquetipo de bruja malvada. El cartel de la obra nos muestra su semblante con mirada incisiva, maquillaje corrido y ceño fruncido. Esa mirada nos atraviesa como la roca que penetra el agua, pero su rostro da cuenta de una lucha extenuante, no del todo ganada. La respuesta que buscamos aquí es, entonces, qué sucede en realidad: ¿el entorno nos engulle o somos capaces de penetrarlo con agudeza?

Medea (Eurípides, 431 a.C.) es uno de los dramas más emblemáticas de la Antigua Grecia. En este, el Rey Creonte ofrece su hija en matrimonio a Jasón, quien acepta y consecuentemente traiciona a Medea, su esposa y cómplice. Creonte exilia a Medea, pues conoce su fama de hechicera. Antes de partir, Medea cobra venganza y asesina a la futura esposa de Jasón y, mayor desdicha, a sus propios hijos. 

En la versión contemporánea, que desde hace poco se presenta en la CDMX a través de una adaptación de Antonio Zúñiga, Medea acepta huir con Jasón −padrote de un pueblo en México− a cambio de que él le prometa lealtad. Medea logra que mujeres se sumen a las filas de Jasón pero es traicionada cuando este acepta casarse con la hija de otro proxeneta para unir sus territorios. Medea condena a Jasón por su deslealtad y cumple la condena con sus propias manos.

La gente suele enfocar su atención en este final desbordado de pasión, furia y venganza, pero la versión de la que hablo se enfoca en las acciones que van construyendo el camino hacia ese desenlace, así como la resistencia que pone Medea al tratar de controlar su propio destino. Las mujeres convocadas por Medea, prostitutas jóvenes marcadas por el cinismo, toman el papel de un coro griego y reflejan la desesperación que siente Medea ante circunstancias que parecen determinar su  lugar en el mundo. Siguiendo esa línea, Medea refleja a su vez la frustración de un espíritu contemporáneo donde todavía se espera que la mujer responda con sumisión, en algunos casos como un velo discreto y en otros como un yugo humillante.  

¿Qué tiene que ver un personaje de la mitología griega con las reflexiones sobre la mujer de hoy? La temática se repite desde hace 2,500 años: la frustración de verse menospreciada y exiliada en un mundo que beneficia a la autoridad masculina en sus diversas dimensiones, ya sea como padre de los hijos, dueño del territorio y portador de la última palabra.

En esta adaptación contemporánea, Medea es un personaje complejo, paradójico e incómodo cuya historia expone de manera cruda un entorno en el cual las mujeres que actúan distinto a lo esperado −las que cuestionan, resisten, señalan, etc.− serán llamadas brujas.

La obra ha tenido mucho éxito entre críticos, pero hay algo que todavía me hace torcer la boca semanas después de haberla visto: Medea, el modelo de osadía, termina por definirse como opresora y asesina, alegando que sus acciones no pueden ser juzgadas sin antes comprender las circunstancias que la llevaron a ello. El personaje camina sobre una línea que podría desdibujarse para acreditar el daño que provoca alguien llevando su propio dolor como bandera.

Sin embargo, mi mayor incomodidad recae en que este montaje muestra, sin lugar a dudas, el contexto nacional habitado por la mayoría, el cual exhibe casos de humillación y menosprecio en un sistema regido por lo masculino. Las situaciones son reales, el malestar también. Podríamos hacer una larga lista de eventos en la vida diaria, de lo más simple a lo más escandaloso, en la que se evidencie que en México la equidad todavía pende de un hilo.

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Me preocupa que una reflexión como la que incita Medea pueda leerse como un modo de justificar la agresión cuando es empleada para probar un punto. De pronto ser bruja tiene nuevamente la connotación de maldad y hay un guiño hacia una violencia estetizada. ¿Acaso no hay otra manera que no sea a través del odio? Es una pregunta importante, sobre todo hoy que estamos en un momento de pugna a favor de la equidad de género. 

Ser sociedad o ser individuo

¿Cómo podemos abrirnos paso en un balde de agua? Este balde está lleno de prejuicios culturales en torno a cada género. Actualmente hay posturas políticas, manifestaciones públicas y prácticas laborales que intentan atender la equidad, pero existen otras formas de las que se habla poco para trascender las etiquetas.

Si una sociedad y sus individuos se nutren recíprocamente, entonces existe la posibilidad de incidir en nuestro balde tomando acciones coherentes a lo que queremos ver a nuestro alrededor. Hablo de los detalles cotidianos que dan cuenta de costumbres que seguimos sin reflexionar su significado a gran escala. Venimos de una educación que reproduce códigos de manera casi imperceptible, un contexto cultural con patrones que interiorizamos y se presentan inconscientemente, aunque tengamos ideas divergentes.

Esperar que el hombre pague la cuenta o que se adelante para abrir la puerta del auto, por ejemplo. No estoy hablando solo de hombres, también nos pasa a las mujeres. No habría conflicto si esto partiera de un acuerdo mutuo, pero la cuestión es que son temas que rara vez se discuten y sólo se dan por hecho. En el fondo nos muestran el legado de una tradición que otorga papeles específicos partiendo de la premisa de que la mujer es un ser que requiere protección y el hombre un sostén cuya obligación es ser escolta y proveedor.

Con eso en mente, es posible vislumbrar puntos ciegos que otorgan lugares específicos a las mujeres en una sociedad patriarcal y paternalista. Al hacerlos conscientes, podemos incidir en nuestro entorno con prácticas alternas a la convención social. De ese modo la confrontación parte del ejemplo y somos Medea desde otra perspectiva, la de mujeres observadoras que actúan de acuerdo a su propio criterio.

Esto puede ser: la disposición para contribuir a la economía de pareja, abrir sola la puerta del coche (lo cual, cabe mencionar, me gustaría poder hacer sin que mi pareja sea criticada por no adelantárseme), manejar y dejar al hombre de copiloto, ejercer una profesión sin dudas en torno a la habilidad directiva o a la maternidad, ir por nuestra cuenta a una fiesta, ser amable sin considerarlo sinónimo de debilidad, hacernos cargo del bricolaje, compartir la crianza de los hijos, descubrir que podemos subir solas el garrafón a su despachador, etc.

Estas son acciones sencillas que todavía levantan cejas de duda en algunas personas, hombres e inclusive mujeres. La extrañeza viene de nuestros prejuicios. Reconozcámoslas, reflexionemos y discutámoslo. 

Existen muchas notas que hablan de las posturas más radicales a favor de la equidad. La que yo planteo aquí no llegará a los periódicos ni a los teatros, pero creo que es igualmente importante observar los puntos ciegos para lograr los cambios que buscamos.  No se puede ser libre cuando hay expectativas o, más aún, cuando las cumplimos sin reflexión.

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