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Ser zurda en un mundo de diestros

Recordemos mis días de estudiante. No son tan lejanos, tomé un taller de escritura hace un año. Cada martes entraba al salón 10 y tomaba asiento ocupando dos lugares. Luego veía a cada uno de mis compañeros entrar y contenía la respiración esperando que su mirada no se posara en la silla a mi lado.

Mi atención se volvía más aprensiva cuando algún compañero entraba tarde y todos los asientos disponibles estaban lejos de la puerta, exceptuando el que estaba a mi izquierda ocupado únicamente por mi mochila. Hacía contacto visual, sonreía con mi resignación habitual y cedía el lugar de la paleta contigua. No había problema, estaba acostumbrada. Soy zurda en un mundo de diestros.

Mi vida se vuelve más interesante gracias a los pequeños retos que enfrento día a día: trabajar en esas sillas con la mesa soldada a la derecha, alcanzar con mi pulgar izquierdo el botón de “contestar” a la derecha de un teléfono móvil, usar un teléfono fijo sin enredar el cordel, evitar mancharme la mano al escribir con lápiz, usar un abrelatas, girar la llave de un grifo y un numeroso etcétera.

No es secreto que los zurdos estamos en desventaja social. Somos una minoría que oscila entre el 8 y 13% de la población mundial y parece que nuestro fenotipo es tan escaso que hemos pasado desapercibidos en algo tan nimio como la cotidianidad. Todo indica que ser una minoría zurda nunca tendrá el peso político de otras causas: no habrá marchas en Reforma por nosotros ni seremos tema de estudio en las ciencias sociales. Lejos de irritarme, todo esto me parece muy bien, pues tomo la falta de señalamiento como un voto de igualdad. 

Ahora bien, debo reconocer que la historia se ha encargado de darnos nuestro lugar. Sin embargo, nuestras menciones en el gran libro de la existencia han estado marcadas por un estigma cultural de discapacidad, oposición al orden, influencia maligna, señales de impropiedad e incluso de suciedad.

En la tradición católica tenemos una llaga de deshonra por no estar sentados a la derecha de Dios; para los inuits la condición de zurdo es señal de hechicería y en el mundo árabe una persona zurda se consideraba sucia desde el periodo pre-industrial, cuando el papel era escaso y la gente se limpiaba con la mano izquierda tras defecar.

Sin ir muy lejos, mi familia cuenta historias de compañeritos zurdos que recibían castigos al usar la mano izquierda, siendo los golpes con regla el correctivo más común. Mi madre contaba que cuando yo era bebé y ella anunciaba mi zurdera, recibió algunos suspiros de “pobrecita” como respuesta. Todavía HOY escuché en la radio el relato de un joven zurdo cuya madre lo forzó a escribir con la mano derecha amarrándole la izquierda cuando era niño.  

Afortunadamente para mí, en las últimas décadas la comunidad de neuropsicólogos ha mostrado un interés más metódico por la población zurda y −si bien los orígenes de la zurdera permanecen en la penumbra científica− ahora hay bibliografía que nos señala de manera halagadora como personas más inteligentes y creativas.

Esto último tampoco tiene comprobación científica pero, personalmente y como zurda practicante, me atrevo a sugerir que este señalamiento puede fundamentarse en nuestro hábito de adaptar recursos, lo cual despierta cierto ingenio en las personas zurdas permitiéndonos descifrar el funcionamiento en espejo de las herramientas de diestros o aprender a su usanza para poder valernos de sus utensilios.

Desde el preescolar adquirí habilidad con mi mano derecha gracias al despiste docente para con sus alumnitos zurdos: los mouse en mi clase de cómputo siempre estaban a la derecha, las tijeras del salón pellizcaban el papel si las usaba con mi mano izquierda y en los deportes adquirí un ambidestreza grandiosa porque los profesores nos ponían a patear, lanzar y botar con el lado derecho.

Me he vuelto hábil en el deporte extremo de ser zurda entre diestros. Si acaso lo único que pediría en un lobby de zurdos sería la atención de uno que otro ergonomista y una consideración más puntual en los estudios de públicos. 

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