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Teatro en casa: “La Dalia Negra” de John Richman

Uno de mis viajes en el tiempo durante la contingencia por el COVID-19 me llevó hacia La Dalia Negra, obra que se presentó en el 2015 en el Foro Cultural Chapultepec de la CDMX. Eso me llevó a otro meta-viaje hacia la década de los cuarentas en Los Ángeles, momento en el que Hollywood ya estaba consolidado como una gran industria cinematográfica y los casinos y el alcohol llenaban el hueco que dejó la Segunda Guerra Mundial.

En ese contexto conocí la historia de Elizabeth Short, una joven de diecinueve años que aspiraba a ser famosa. La Dalia Negra es el apodo con el cual Elizabeth cumplió su deseo de fama, pero, a diferencia de otras memorias de Hollywood, esta historia se recibe como un trago muy amargo: la de un homicidio que nunca fue resuelto. 

El relato se estructura a través de los recuerdos de Harry, detective y veterano de guerra, con una narrativa enigmática. Obsesionado con el caso, el viejo Harry comparte con el público los detalles de su investigación a partir del descubrimiento del cuerpo de Elizabeth en un campo baldío.

El caso macabro de “La Dalia Negra” lo lleva a una lucha contra la morbosidad de los reporteros, la misoginia de la industria cinematográfica y la indiferencia de su colega mujeriego y adicto al juego. La narración del viejo Harry sirve de armazón para seguir sus andanzas cuando era joven y así reconstruir a la Elizabeth en vida, comprender su entorno y trazar un puente hacia la posible figura detrás de su muerte. 

La obra es un híbrido poco convencional entre teatro, cómic y cine que se ha ganado la atención de producciones internacionales. Sergio Villegas y Luis Lance (dirección artística y audiovisual) utilizan escenografía basada en proyecciones para hacer un tejido ingenioso entre las estéticas de la historieta y el cine negro, las cuales vieron su edad de oro durante la década que enmarca la obra.

Alejandra Ballina (dirección escénica) complementa este tejido con toques de una actuación estilizada, también típica de la época. Bajo su batuta, los actores explotan los gestos con teatralidad para comunicar sus impulsos. Los movimientos del elenco intercalan posturas dramatizadas – como las que dibujaría un ilustrador – con el paso natural de un cuerpo desplazándose en escena. 

La experiencia de ver La Dalia Negra a través de una pantalla le imprimió un toque extra a ese tejido… ¿estaba viendo una grabación producida a posteriori?, ¿un video de introducción tipo cómic?, ¿o sería que ya había empezado la obra? Sí, ya había empezado, y entonces mi atención se agudizó para tratar de imaginar cómo se veía esa muestra de cine-teatro-cómic en vivo, desde una butaca.

Al principio es difícil acostumbrarse al estilo, tanto de las actuaciones dramatizadas como de la escenografía, pero pronto pude notar que La Dalia Negra es un rompecabezas donde todas las piezas embonan admirablemente. Mientras seguía a Harry en sus entrevistas a cada sospechoso, veía personajes caracterizados a la perfección desplazándose entre distintos encuadres detrás de una pantalla semitransparente, como si leyéramos una historieta; también vi a los cuerpos de los detectives enmarcados por una proyección que simula un auto en movimiento, recreando el estilo de las películas de antaño.

El ritmo se tambalea un poco en algunas transiciones, pero la atmósfera nos mantiene atrapados con ese carrete que conjuga cine, cómic y teatro, dándole a cada uno su sitio y al mismo tiempo generando un todo escénico.  

Contar una historia como la de Elizabeth no es tarea fácil; se trata de una muerte trágica expuesta ante la mirada pública, primero en la prensa y ahora en el teatro. Esta producción se mantiene al margen del morbo, pero el texto no se va con rodeos y junto con la estética sombría de su producción (y digo “sombrío” literal y figurativamente), muestra la inhumanidad detrás del caso y el desapego de una sociedad que sólo se preocupa por el espectáculo en sus notas periodísticas, no por las vidas detrás de ellas.

Historias como La Dalia Negra en Hollywood ponen en evidencia el bombardeo mediático que reciben los crímenes de género para después ser congelados en los archivos de las autoridades.

Pese a la diferencia de latitudes y temporalidades, la obra tocó una fibra sensible en mí como miembro de una sociedad en la que los homicidios reciben el mismo trato. 

Tuve otro trago amargo al pensar que La Dalia Negra se estrenó hace cinco años pero aún mantiene una lectura paralela a la realidad nacional. De hecho, la violencia ha ido en aumento desde entonces. El 2019 registra alrededor de 35,000 homicidios dolosos.

Entre ellos, aproximadamente 4,000 son crímenes contra mujeres y solo alrededor del 25% de estos son investigados como feminicidio. El gobierno actual culpa la impunidad y la falta de autoridad de mandatarios anteriores, pero también ha fallado en reducir esos índices de violencia y sus comentarios quedan como otro ejemplo de retóricas que no van más allá de un reportaje de prensa.  

La Dalia Negra es una experiencia diferente. En general, este viaje al pasado me dejó orgullosa por el talento creativo en la industria mexicana de teatro. Lo digo desde mi postura de público virtual, pero no dudo que la experiencia teatral sea igual de satisfactoria gracias al entrecruce de artes que ofrece, tanto visuales como escénicas. 

Hay muchas maneras de consultar la oferta de teatro en línea. Algunas se publican durante un periodo determinado (lo cual viene bien a junkies como yo que extrañan la experiencia presentarse en un lugar/horario específico para ser parte del ciclo de la vida en escena); tristemente La Dalia Negra tuvo esta presencia efímera, pero hay muchas otras opciones en sitios como Cartelera de Teatro y en las redes sociales de la Agrupación de Críticos y Periodistas de Teatro: @ACPTeatro (Facebook), @ACPT_MEX (Twitter), ACPT_MEX (Instagram).

 “La Dalia Negra” de John Richman

Adaptación: Óscar Ortiz de Pinedo

Producción: Pedro y Jorge Ortiz de Pinedo

Reparto: Fernando Luján, Erik Hayser, Ariadne Díaz, Juan Ríos, Darío Ripoll, Mauricio Issac, Fátima Torre, José Ramón Berganza, Majo Pérez, Salvador Petrola y Héctor Berzunza.

Iluminación: Matías Gorlero

Vestuario: Teresa Alvarado

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