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Un país en guerra con sus mujeres

En las marchas de la semana pasada, las mujeres nos rebelamos. Por medio de vidrios rotos y paredes pintadas les hicimos manifiesta esta guerra que quieren mantener en la sombra. Es incómodo y doloroso, pero necesario. No haremos esta revolución pidiendo permiso a quienes no nos consideran humanas.

En México solemos negar que estamos en guerra. Evitamos algunas zonas, desconfiamos de las autoridades, llegamos a una casa sin ventanas hacia la calle y cerramos con seguro una pesada puerta de metal para sentirnos seguras. Seguimos negando las guerras. Las mujeres nacemos conscientes de una de tantas, pero tampoco las nombramos. ¿Cómo hacerlo, si incluso el gobierno pretende ceguera? Para ellos se trata simplemente de un problema muy grave de seguridad pública. No importa que nos haya pasado a todas ⎯porque nos ha pasado a todas⎯, ni que la forma de operar sea la misma: las víctimas, mujeres y los perpetradores, hombres.

Los que niegan esta guerra recurren al término feminazi para referirse a nosotras. Yo les pregunto: ¿en qué momento hemos desaparecido a los hombres como los nazis a los judíos? Las que salen de sus casas y no vuelven (por razón de su sexo) son las mujeres. A las desaparecidas se les lleva a un espejo de los campos de trabajos forzados: los puteros. O patrullas. O el cuarto del novio, padre, tío, la casa y la calle. Son ultrajadas, golpeadas, violadas. No se reconocen sus derechos, comenzando por el de poder ocupar espacios públicos y terminando por el de la vida. Los hombres nos cazan sistemáticamente y quedan impunes. Repito entonces la pregunta: ¿quién realmente es el opresor?

Más que protestas, me atrevo a llamarlas un primer levantamiento del bando que antes les era silencioso. Si la violencia es necesaria para ello, bienvenida sea. No  podemos comparar la agresión del opresor con la del oprimido. Quedarnos calladas es pecar de omisión, es usar el privilegio de no temer por el cuerpo propio y despreciar el ajeno.

La voz de las marchas fue una que detiene fieramente el puño del golpeador y le dice, altiva, que YA NO MÁS. Ni una más.

Declarada ya la guerra, exhibida sin tapujos, humillado el represor, viene el contraataque. Mujeres: celebremos habernos puesto en pie de lucha, pero no demos por sentado que las cosas se quedarán así. Hay hombres enardecidos que serán más violentos y crueles a despecho de nuestra fuerza.

Es momento de organizarnos y formar una comunidad aún más fuerte que aquella de las calles. Ir a protestar no basta si no hay una reflexión posterior, si no tenemos grupos de contención y estrategias de seguridad.

No se trata de un festejo que se olvida al día siguiente, sino de una lucha que nos cala hasta lo más hondo.

En esta guerra se enfrentan feministas contra abusadores. En ella, el género y la institucionalización de la misoginia son factores clave para hacer inteligibles los eventos que la van conformando. No significa que mataremos y lincharemos a los hombres, ni que pagarán justos por pecadores.

Las mujeres no luchamos como ellos. Lo hacemos hablando con los hombres a los que amamos para que abran los ojos. Lo hacemos estudiando a mujeres, prestando nuestro hogar a quien lo necesita, acompañando a la otra a través de la denuncia y del duelo. Lo hacemos alzando el puño y lanzando diamantina al grito de ¡JUSTICIA! y no venganza. No rompimos huesos, rompimos paredes. Pero no les quepa duda: muchos no merecían ni esa mínima consideración.  

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