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Vainilla

Vainilla

Vainilla por María Guadalupe

He crecido arrullada entre la cuna formada de cerros que rodeaban la pequeña casa de madera donde viví. Ella llegó de manera inesperada, como se halla un nido de aves que ha sido tejido con finas hebras sobre la copa de un árbol frondoso. La nombramos Vainilla porque su hermoso pelaje se nos figuró de ese color. Vainilla fue abandonada por un hombre ebrio que no podía ni mantenerse en pie.

 Cuando volvimos a casa con Vainilla acurrucada en mi pecho, mi padre estaba furioso, mi madre y yo estábamos asustadas.

– ¡Hembra!, dijo él, cuando crezca el monte se llenará de esas criaturas cuscas que acabarán con mis animales. 

Pero pese a ello mi madre y yo decidimos quedarnos con ella y cuidarla.         Parecía que mi padre la odiaba, la golpeaba cada que podía y nos prohibió que la alimentáramos, dijo que si lo hacíamos nos golpearía también y nos dejaría sin comer, si ya de por sí no comíamos mucho.

A mí sus amenazas no me importaron. Con mis manos resecas por las cenizas que, con el viento alborotador, eran arrastradas como la lluvia hasta cubrir mi piel, yo sostenía a mi Vainilla y le daba de comer mis frijoles calientitos.

Una mañana, Vainilla no estaba debajo de los leños donde le hice su refugio, después de mucho rato buscándola, encontré un rastro de sangre que conducía a los matorrales, corrí desesperada. Encontré a Vainilla con su patita herida, a mi padre se le había pasado la mano. No dije nada, a mí también me asustaba mi padre y mientras mis lágrimas se desbordaban como un río sobre mis mejillas, deseé que muriera.

Tiempo después Vainilla creció tanto que casi podía subir en ella, éramos muy felices. Todos los días cuando me dirigía a la escuela me acompañaba y me esperaba hasta que saliera, al regresar a casa cuando mi madre y yo echábamos las tortillas, mi madre me dejaba escoger la más grande, la mitad para mí y la otra para Vainilla.

Una noche mi padre tuvo un enfrentamiento con el dueño de las tierras vecinas, un hombre robusto y despreciable, discutieron un rato sobre un gallo que era nuestro y que según él era suyo, el hombre sacó un machete y mi padre ya traía el suyo en la mano, de pronto el hombre soltó un machetazo hacía mi padre. Mi garganta quedó seca como los campos de milpa después de cosechar el maíz.

Un aullido penetrante fue lo último que escuché, Vainilla murió salvando la vida de mi padre. Una semana después mi padre también murió, por ingerir demasiado alcohol.

Sé que Vainilla mi perrita sigue aquí, en el aire que hace que los árboles se balanceen en el cerro.

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