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Yo, disolvente universal

En las esquinas nacen las larvas.

Lugar propicio. 

En las esquinas florecen las plantas de concreto. 

Se aferran.

Lugar preciso.

En las esquinas se dan los besos en el metro. 

Último vagón, mejor primero.

Entre mujeres.

Lugar seguro.

En las esquinas chocan los muebles.

Lugar con polvo.

En las esquinas de mi cabeza, síhaynohay,

rebotan los efectos del cariño conjugado.

En las esquinas de un cuarto oscuro

me replegué en la oscuridad.

Lugar sin ser: mi esquina.

Desde mi esquina atraigo al relámpago

—que si luz, si aire o si sonido—

mientras la lluvia me abraza

por el cuello y me sujeta con rudeza a la cama

donde veo pasar mi cuerpo y hago cosas

o las cosas me hacen

o las actitudes me hacen

o la tristeza me hace

o los signos me hacen

―abro cita: y qué importa si la poesía no me va a quitar la tristeza,

esta es mi explicación profunda*, cierro cita―

o todos hacemos en armonía

el cuerpo que veo frente al espejo

cada que me encuentro y me aseguro de estar completa,

es que si me ondeo el cabello me quedo sin ojos,

me desvanezco cada minuto frente a la pirita martillada

que es mi reflejo y salgo de ahí con respiración de quien

nadó, nada, nada, nada, nada, nada, nada, nada, nada

y no halla descanso del mar

que soy y en el que naufrago.  

Desde mi esquina soy un robot,

fruto del árbol de la inteligencia artificial.

Bendita mi generación, el destierro y yo somos uno mismo wo-oh-oh, wo-oh-oh.

El neurotransmisor a muchos kilómetros por microsegundo

y palpita la parte superior izquierda de esta caja y no se apaga

y ordeno: muévanse las manos y se mueven.

Corran las piernas y se van, se van lejos,

después regresan cansadas, pero ni son mías, o tal vez sí,

pero no quiero aceptarlo y me voy con ellas.

Yo floto, todo el tiempo floto.

Y sonrío por la liviandad de este cuerpo que agradezco sea mío

porque nadie lo cuida o lo destroza mejor que yo.

De esta esquina veo a quien deposita en mí su fe,

herejía pura, la tristeza es el símbolo de mi calvario,

mi evangelio y, por tanto, mi lectura obligada

cada noche

antes de intentar dormir.

Desde esta esquina veo a quienes creen que pueden gritarme sin consecuencia alguna.

Y verán que no, pero no hoy.

Del lugar propicio vengo a un lugar seguro voy

en cual las gotas sigan ruta recta tras ventana

y no lo encuentro porque no puedo quitarme

el vaho que nubla los marcos de mis ojos

ni estos diques que no filtran las aguas del huracán:

me encadenó el ventarrón y me azota en las paredes

y me rompe los ojos y sangro y me como el cascajo

chak chak chak.

Duele.

Y no voy a ceder este espacio para alguien más.

*“Las pájaras”, poema de Itzel Nayelli.


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